
Signos
Marín naufraga entre unas indefiniciones presidenciales que más favorecen los bien fortificados intereses de los peores enemigos de los ciudadanos -en un sistema político y electoral donde lucran sin escrúpulos ni contenciones las cúpulas de los más nocivos grupos de poder-, como los dueños de los partidos Verde y del Trabajo, que tanto apremian a una Presidenta de la República que se advierte cautiva de los mismos (en tanto no parece tener autonomía de gestión parlamentaria ni de definición electoral, pese a sus altos índices de popularidad), y quien más allá de un redundante discurso sobre la pulcritud moral y constitucional y etcétera etcétera, no prueba que, en un país de alta incivilidad y de una cultura política que sigue siendo dominada por los poderes reales (y cuando en los Estados se sigue imponiendo el albedrío absoluto de los Gobernadores y los Alcaldes sin que se oigan las voces representativas de la dirigencia claudista del poder federal ni su puño sobre la mesa cuando es necesario frente a los excesos locales de la corrupción, como la complicidad gubernamental y de las Fiscalías con el crimen organizado, o las perversiones de la reforma judicial condicionadas por la delincuencia política dominante en las Entidades), también dispone de recursos fácticos alternativos del nivel de su superior investidura para someter a tal panda de vividores, la que, a falta de esa autoridad, se mofa de la alianza con ella y su partido, y la obligan a negociar y aceptar sus condiciones.
Dar la impresión de que se negocia con los verdes la gubernatura sucesoria de Quintana Roo, por ejemplo, o mantener la discreción a toda costa y confundir sobre sus preferencias por la candidatura cuando más bulle el caldero de las vísperas, es indicativo de debilidades: O la Presidenta no tiene un candidato propio y confiable en torno del cual pueda pronunciarse mediante todos los recursos de la comunicación política disponibles (mensajes inequívocos, interlocuciones con los poderes locales, enviados, representantes y otras formas de hacer notar un posicionamiento inequívoco y determinante), o no sabe cómo hacer valer los recursos fácticos de su liderazgo político. Porque no se tiene que violentar la ley para hacerse ver y valer. Y se sienta en cambio un precedente de debilidad cuando más se requiere probar que los índices de aprobación presidencial no derivan de la popularidad obradorista heredada, y que las sonoras derrotas frente a los ‘aliados’ del Verde y del PT y los saldos fallidos de las recientes reformas electorales serán cobradas sin más concesiones políticas ni candidaturas de ninguna especie. Que la rapacidad política será, en efecto, castigada, y la regeneración moral dejará de ser, por fin, un cuento chino.
SM