
Signos
¿Guerrero, Sinaloa, Tamaulipas o Quintana Roo, son entidades mejor gobernadas que Guanajuato, Querétaro, Coahuila o Nuevo León? Las primeras cuatro son de Gobiernos morenistas y las segundas cuatro de opositores. (Otras son gobernadas por morenistas que han sustituido a expriistas conversos y ahora correligionarios suyos, como en Oaxaca, donde el Gobernador Jara y el exGobernador Murat se acusan mutuamente de ser corruptos, narcos y los peores enemigos de los oaxaqueños.) ¿Hay una diferencia notoria de calidad verdadera entre unos y otros?, ¿o entre los 24 (de los Estados y de la Ciudad de México) del partido presidencial y su aliado Verde -como tal o encubierto como si lo fuera, cual el caso de Quintana Roo- respecto de los ocho opositores? ¿Cuánto hay de virtuosismo gobernante en el consistente dominio morenista y cuánto de milagrería electora? ¿Por qué el Verde, aun siendo aliado de Morena, se tiene que pintar de guinda, como en Quintana Roo, para ganar, y por qué por peores que sean los del oficialismo las tienen todas a su favor en las urnas contra cualquiera de sus competidores mejores o menos malos?
El ‘Milagro del Tepeyac’ es un cuento chino inventado con propósitos de oprobiosa evangelización y sometimiento indígena (y el obradorismo nunca le ha exigido al Vaticano que se disculpe por eso, como sí al Estado español por las atrocidades de la Conquista, aunque los conquistadores liberaron a unas naciones indias de las atrocidades de otras) como bien supieron el Virrey De Mendoza y el Obispo De Zumárraga, y como lo sostuvo, aun cuando se enriqueció con esa leyenda apócrifa, el Abad Von der Shulenburg, fundador de la nueva Basílica de Guadalupe, quien fue destituido como Abad por andar divulgando que lo de la Guadalupana y el Tepeyac de Juan Dieguito era mentira mientras durante más de tres décadas fue su gran negocio. Y después de quinientos años, el milagro y la idolatría guadalupanos siguen arrodillando a millones de fieles convencidos de que la Virgen obra la subida al cielo y la transformación benéfica de las vidas y los destinos de los creyentes y el bienestar de los menos socorridos por la suerte, y que creer y rezar son más poderosos que pensar y conocer, y que basta un prejuicio compartido y popularizado para asumirlo como verdad absoluta más allá de toda prueba, y hacer de sucesos como el del asesinato de Colosio, por ejemplo, perfectas conspiraciones y crímenes de Estado que, como tal cosa, sólo pueden objetar los tontos, los que le buscan los tres pies al gato de la única e incontrovertible verdad: fue Salinas, punto, digan lo que digan Aburto y los testigos reales de los disparos y los hechos.
De tales fieles creyentes en la inmaculada certeza de los milagros está hecho en gran medida el guadalupano morenismo elector que atribuye a la magia mítica de la influencia y el fulgor carismático del macuspano Andrés Manuel, el milagro de una regeneración nacional de la que, en su nombre y con su venia, son capaces de cumplir, en cada una de sus encomiendas, todos aquellos candidatos y gobernantes y proféticos representantes de su causa por la renovación moral en la Tierra. Y el mito apostólico se hace fuerte contra las más probadas y objetivas evidencias, las de los oportunismos y los arribismos más ruines, de las más alevosas emboscadas y las máscaras más siniestras de procaces criminales de la política asociados con el ‘narco’ y principales promotores de la violencia, la inseguridad y el delito, y confiados y seguros hasta la burla y el cinismo -a menudo confeso entre los suyos- de que su obradorismo militante y milagroso los salvará de todo intento de verdadera justicia.
Y así, el mito guadalupano se tradujo en siglos de convencida creencia en la transformación. ¿Cuánto durará el convencimiento mayoritario sobre el mito obradorista de que el fin de la corrupción y el cumplimiento de la regeneración nacional son posibles votando una y otra vez por los personajes que el partido decida que se pongan la tilma guinda con la estampa en la memoria de la figura inmortal de López Obrador y los programas del Bienestar?
(Hoy día, incluso, ese milagro produce otro subrogado: hay gobernantes morenistas que ya se sienten poderosos e invencibles en sus feudos gracias sólo a sí mismos, porque se les atribuye a ellos y ellos se la creen, la gloria infame de dominar en los procesos electorales y de imponer a quienes ellos y sus amigos del ‘narco’ quieran en las posiciones de elección que quieran. El milagro elector macuspánico obra, incluso, el suceso histórico de que sus beneficiarios directos, los primeros ganadores guindas, se sientan dueños de su propio poder político y de la fuerza dinástica de crecer en sus cacicazgos por encima de su enanismo y sus congénitas mediocridades. Creen que la gente va a las urnas por ellos, los nuevos todopoderosos de la tilma guinda, quienes eligen a sus candidatos, los peores y más nocivos de la comarca. Se olvidan de que le deben ese milagro al nuevo Tepeyac, el de Andrés Manuel.)
SM