
Signos
Se acabó la política en México. Se acabó el debate nacional. Se acabó la defensa real de idearios e identidades ideológicas. Se acabó la propuesta de programas y contenidos diferenciados de representación popular. Se acabaron los proyectos de revisión y cambio estructural de las realidades concretas. Se acabó la virtud negociadora y la sensatez del intercambio civilizado con la diversidad propia y la opositora.
Queda la satanización vulgar contra los traidores absolutos, de parte de los defensores de la honestidad y el compromiso moralizador absolutos. Queda la protesta y la movilización en defensa de la soberanía, del Estado de derecho y de la delincuencia política propia, contra los vendepatrias que convocan al imperio estadounidense para combatir al crimen organizado y a la delincuencia política que lo protege. Queda la mierda demagoga de acusaciones mutuas sin valor ninguno, ni siquiera en el modo y el verbo de decir las cosas. Queda la superficialidad sentenciosa y enemiga de toda pedagogía y de todo sentido crítico defensor y esclarecedor de sus verdades frente a la masividad de la diversa opinión pública y a la capacidad comprensiva de todos los juicios y todos los criterios, más allá del maniqueísmo y de la necia sordera militante. Queda el barullo de la nada, donde se apuesta por el circo bufo de una propaganda ñoña de antagonistas estridentes, donde el valor de gobernar, de legislar, de informar, de convencer y procurar el desarrollo general y la justicia es lo de menos, y cuya insolvencia gestora y cuya incapacidad institucional para ejercer el liderazgo del Estado desde las investiduras públicas de cada cual pretenden ocultarse bajo el tapete del panfleto acusatorio contra el de enfrente y desde la impertinencia defensora del inmaculado idealismo propio.
¡Qué país!, diría Virgilio.
SM