Acaben con los de enfrente

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Signos

Los credos son dogmas, claro. Y los dogmáticos son fanáticos en algún grado. Creen en los milagros de las doctrinas. Miran la vida desde otros ojos. (Todo es en blanco y negro, como el maniqueísmo bíblico, o nazi, o sionista, o comunista, o financiero.) Hacen, de sus filias y sus fobias, la lucha del Bien y el Mal. El poder político es el de Dios o el del Diablo, según el obcecado rito (en el gobierno o la oposición) que se profese. Mis correligionarios o simpatizantes son todos santos de la cruzada de la justicia contra los herejes malditos. Todo en mi bando es sagrado; todo en el otro es pecado capital, ceguera, retroceso. Lapidar es la misión. Nada, absolutamente nada, en aquél, vale un centavo, nada. Que se muera, que se hunda todo, si el fin del enemigo nos hace ganar los escombros sobrantes, los restos del naufragio.

El sectarismo medieval es el de todos los tiempos. De las pestes prerenacentistas a las posmodernas, las militancias retrógradas apuestan a la misma cosa: ganar a cualquier precio. Y cada vez son más los que se ceban en el exceso, en la miseria moral químicamente pura. Pero en medio, y sin pudor ninguno, plantan, en la demagoga defensa de sus ‘causas’, sus respectivas banderas ‘por el bien de todos’. Y así, entre la ironía y las descalificaciones mutuas, va quedando en saldo lo que menos sirve: la mala fe de los legionarios de la intriga. ¿No caben la relatividad y el eclecticismo?, ¿la mínima sobriedad de que nadie se equivoca en todo y siempre hay verdades alternativas necesarias en la otra orilla? ¿No existe la posibilidad de los puntos intermedios, algún puente?, ¿la inteligencia objetiva y desapasionada que media en los contrastes?

Las ideologías y los partidismos están dejando de ser serviciales al trabajo social y civilizatorio. Los códigos escolásticos y las apuestas refractarias a los criterios libres se están convirtiendo en anclas del pensamiento, el humanismo y la evolución. Buscar con lupa nimiedades y partículas de nada, y estallarlas cual bombas incendiarias y al servicio del propagandismo y el oportunismo de la coyuntura, es lo de hoy, y es de los tiempos de la Edad de Piedra, sólo que, ahora, cuando el mundo parece parado en la última esquina, es más patético que nunca ver a los picapedreros iconoclastas afanados en el derribo de las estatuas mientras -dijera Octavio Paz- sus perritos incontinentes las orinan.

Un extremismo fantoche, sentencioso y verborreico es el que se mandan los forajidos de un bando y otro del poder, cual meros grupos de choque. Da náuseas, por ejemplo, escuchar a los neofranquistas escupiendo fango contra todo y en defensa, claman, ‘de todos los españoles’. Y lo mismo en México con sus iguales. (El mandato es genocida y sólo ‘ellos’, sus contrarios, tienen la lámpara en la oscuridad del holocausto.)

La opinión pública ha sido convertida en un vasto estercolero. Se opta por la militancia esquizofrénica, por la consigna visceral, por el anatema y la censura apocalíptica. Son excepcionales -e intrascendentes- los enemigos de la intolerancia y la exclusión, las voces independientes, sin personalismos específicos y eternos, sin estridencias ni revanchismos ni asonadas. ¿Esto puede no estar bien, pero aquello sí o quizá?, no, nunca; esos juicios de la relatividad posible no tienen cabida en este laberinto de infalibles.

Si no es conmigo es en mi contra, es el dilema de los tiempos, como las rupturas cesaristas, o fascistas, o golpistas. El Santo Oficio cabalga de nuevo. Y en el año de la peste puede verse, cual la óptica prudente y mesurada no quisiera, cómo tantos de quienes tanto han sido maltratados por las minorías ganadoras de todas las crisis, vuelven a aplaudirlas. Ha pasado en Alemania, en Italia, en Centroamérica, el Caribe y casi toda América del Sur.

“El mundo sólo da vueltas”, decía Úrsula. Y la ‘hojarasca’ se puebla de zombis arrastrando, sin ver su estela en la penumbra del ocaso, sus largas colas de puerco.

SM

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