El cambio climático merma el yarsabumga, el ‘Viagra del Himalaya’, y el Covid-19 criminaliza su comercialización

Pinceladas

La Universidad de Massachussets, en Boston, Estados Unidos, se encontró que los aldeanos que cultivan el yarsagumba, el hongo más caro del mundo, y que viven en las montañas, a 4,000 metros de altura, donde la productividad de la agricultura es baja, tienen en esa cosecha su fuente principal de ingresos. El decrecimiento del hongo impactaría severamente la economía y cultura de las personas que dependen del alimento para su subsistencia. El estudio universitario, publicado en la revista Nature, calcula que el mercado global de yarsagumba mueve entre 5 mil millones y 11 mil millones de dólares. Representa el 40 por ciento de los ingresos anuales en las zonas rurales de la Región Autónoma del Tibet… Su comercialización está sufriendo también los embates de la actual pandemia del coronavirus, el Covid-19. Su escasez  está promoviendo grupos de crimen organizado para su distribución y venta a nivel internacional.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

El cambio climático y el cultivo excesivo han puesto a un hongo del Himalaya, el yarsagumba, valuado por sus propiedades afrodisíacas, en peligro de extinción. Conocido comúnmente como yarsagumba o yartsa guaba, más coloquialmente como el “Viagra del Himalaya”, el hongo parasitario Cordyceps (Ophiocordyceps sinensis) crece y mata a la polillas tibetanas durante la fase larvaria en el subsuelo. De esta manera, un pequeño hongo brota de la cabeza de las larvas muertas para asomarse apenas unos milímetros fuera de la tierra, formando el yarsagumba. La Medicina Tradicional China (MTC) alega que el hongo, el cual es hervido para generarlo como té o sopa, puede actuar como afrodisíaco, curar el cáncer y remediar la fatiga. Estas aseveraciones médicas, sin embargo, no han sido comprobadas científicamente. Aunque el Cordyceps ha sido usado en la MTC por siglos, la demanda despegó en 1993 cuando tres corredoras chinas batieron marcas mundiales, y cuyo entrenador comentó a los medios que las atletas tenían un régimen alimenticio de yarsagumba, mediante una sopa de sangre de tortuga. El yarsagumba es cultivado en villas del Nepal que lo venden a más de 25 dólares el gramo, precio minorista que llega a dispararse hasta 150 dólares el gramo. La AFP (Agence France-Presse) publicó que el crecimiento de demanda ha provocado que los suministros de yarsagumba estén mermando, y los aldeanos que colectaban de 150 a 200 piezas del hongo en un mes están ahora recibiendo 10, 20 o 30 piezas al mes.

La agencia francesa también cita al cambio climático como la posible razón del decrecimiento de suministros de yarsagumba: las regiones donde el espécimen normalmente crece han experimentado niveles menores de nieve y lluvia mientras que las altas temperaturas han acaecido los últimos años. Uno de los pocos estudios fue conducido por Uttam Babu Shrestha, estudiante de doctorado en la Universidad de Massachussets, en Boston, Estados Unidos. Shrestha encontró que los aldeanos que cultivan el yarsagumba, y que viven en las montañas y regiones con pocos recursos naturales donde la productividad de la agricultura es baja, tienen en esa cosecha su fuente principal de ingresos. En la sinopsis de un proyecto financiado por The Rufford Small Grants Foundation, Shrestha escribió que el decrecimiento del hongo impactaría severamente la economía y cultura de las personas que dependen del alimento. El estudio, publicado el 1 de febrero en Nature, calculó que el mercado global de yarsagumba es de entre 5 mil millones y 11 mil millones de dólares. Un estudio del Economic Botany encontró que la colección de hongos representa el 40 por ciento de los ingresos anuales en las zonas rurales de la Región Autónoma del Tibet.

La recolecta moviliza a gran parte de los pueblos de la región occidental de Nepal todas las primaveras. “Esperamos tener fortuna en el 2019”

Ángel Luis Martínez Cantera, periodista español ha publicado, en medios británicos como Ceasefire Magazine y españoles como El País y El Correo, investigaciones relacionadas con derechos humanos, refugiados, comunidades indígenas, desarrollo, instituciones internacionales, políticas del Norte de África y movimientos sociales. Asia es escenario de otros trabajos. En uno de ellos nos cuenta su experiencia en el escenario de la yarsagumba, acompañada con imágenes que acompañamos a esta columna… “La primera luz del día reverbera en la cumbre del Dhaulagiri (8,167 metros), séptimo pico más alto del planeta. Mientras el sol se despereza, Gupta y su familia se preparan para el gran viaje. Su sobrina recoge madera seca. Su cuñado despluma los últimos pollos. Y su hermana termina de cocer lentejas y hervir el arroz para el Dal bhat (plato típico en el Himalaya nepalí). ‘Acamparemos 6 ó 7 días en la montaña, a 4,000 metros de altura. Casi todos viajan con nosotros. Permanecen los más pequeños y los ancianos’,  cuenta Gupta Bahadur, de 45 años, vecino de Siwang. La aldea se levanta a unos 2,500 metros de altitud y a dos días a pié de Beni –municipio más cercano con acceso a carretera–. La mitad de las casas de este pueblo de medio millar de habitantes quedarán vacías en unos días pero ahora es un hervidero de gente. Mujeres y hombres portan los víveres necesarios en sus doka (cestas de mimbre tradicionalmente atadas a la frente). Muchos cargarán montaña arriba con más de 30 kilos durante una semana. Gupta sale del establo de madera con aire serio y muestra un puñado de lo que parecen gusanos disecados descansando sobre la palma de su mano: ‘El año pasado no pudimos encontrar muchas. Es una planta muy misteriosa. Puedes buscarla en un metro cuadrado y no encontrarla, mientras otros la descubren rápido. Algunas veces no encontramos una sola pieza en una semana y otras veces recogemos 50 en un día’. Yarsagumba o ‘viagra natural’, como se la conoce en la región, es el hongo más caro del planeta. Su recolecta moviliza a gran parte de los pueblos de la región occidental de Nepal todas las primaveras. ‘Esperamos tener fortuna este año’, dice Gupta señalando a las montañas del Himalaya”.

Durante más de 500 años, el hongo ha sido codiciado por la cultura asiática debido a sus propiedades afrodisiacas y medicinales

El espécimen crece únicamente entre los 3,000 y 5,000 metros de altura, en las praderas alpinas de Nepal, India y Bután, y en la meseta tibetana. Durante más de 500 años, el hongo ha sido codiciado por la cultura asiática debido a sus propiedades afrodisiacas y medicinales. “El ophiocórdyceps sinensis [nombre científico] es muy conocido por ser un gran tónico revitalizante. Asegura el buen funcionamiento de muchos órganos del cuerpo y fortalece el sistema inmune. Al ser un regulador del sistema circulatorio, se utiliza para impotencia, el dolor de cabeza, y para mejorar la producción de sangre y esperma,” explica Jit Narayan Sah, profesor del Instituto de Estudios Forestales de la Universidad de Tribhuvan (Nepal). El biólogo describe las propiedades de este espécimen único formado de un hongo y una larva: “El parásito crece en las montañas del Himalaya durante las lluvias veraniegas y coloniza a una larva de gusano bajo tierra, momificándola durante las heladas de invierno. Pasados varios meses, una planta emerge del híbrido, dando lugar a la parte que se crece en el exterior”. El espécimen se recolecta antes del monzón, entre mayo y junio.

“Mis hijos de 17 y 20 años siempre nos acompañan en la recolecta. Es imprescindible tener buena vista, y manos pequeñas y ágiles para encontrar yarsagumba en el buki [nombre familiar dado a la zona montañosa donde se produce],” describe Ganesh Pun, comerciante de 38 años también de la aldea de Siwang. Ganesh explica que la larva que yace dentro de la tierra es la que tiene valor en el mercado. Cuanto más grande es ésta, más pequeña es la planta que crece en el exterior. Al riesgo que suponen las condiciones geográficas y climatológicas en el Himalaya, se une la dificultad para dar con el ejemplar. Ganesh lleva una década comerciando con la especie exótica y describe cómo se organiza la recolecta: “Hay comités encargados de controlar el acceso al terreno. Se establece que cada persona pague 250 rupias (2 €) para entrar, y una cantidad máxima de yarsagumba a recolectar por individuo.” Él y el resto de miembros del comité recaudan estos aranceles y los destinan a fines sociales, como ayuda a la pequeña escuela de Siwang.

La ‘fiebre’ de esta especie única pudiera acabarse, con consecuencias devastadoras para el ecosistema del Himalaya y la economía local

Pero no todos los municipios de Nepal se organizan de la misma forma. Los vastos altiplanos de los distritos occidentales de Rukum y Dolpa son conocidos por dar la mejor clase de yarsagumba. Y estas semanas se ven invadidos por miles de tiendas de campaña. “El precio de entrada a los pastos incrementa anualmente. El año pasado, los locales pagaban 1,000 rupias (10 dólares) y los visitantes 1,500 (15 dólares), además de un extra por mulas y caballos. Todos los comerciantes están obligados a pagar 10,000 rupias (100 dólares) de impuestos al gobierno,” detalla Raj Kumar, comerciante en la cercana localidad de Maikut, mientras abarca con sus brazos marea de aldeanos que se ven arrastrados por la fiebre del oro de esta especie única. “Esto no sucedía antes. Hace veinte años la gente recolectaba individualmente y una pieza se vendía por un par de rupias como mucho”. A finales de los 90, la comercialización de la especie no contribuía en modo alguno a la economía nacional nepalí, ya que su recolección, uso, transporte y exportación estaban prohibidos en base a la Ley Forestal de 1993 y su Regulación de 1995. El boom por el ‘viagra del Himalaya’ comenzó a raíz de la despenalización en 2001. Su comercio, generalmente en su forma no procesada, aumenta exponencialmente y el gobierno ingresa alrededor de 5,1 millones de rupias anuales, según la prensa local. Pero no son ni los recolectores ni el gobierno los que sacan más beneficio en el negocio del hongo medicinal, sino los comerciantes en el punto final de venta. Normalmente un intermediario compra un kilo de yarsagumba por un precio medio de 1.7 millones de rupias y puede llegar a venderlo por 3 millones en Katmandú. Para cuando el codiciado ejemplar llega a Shanghái (China), su precio se puede disparar a 100 dólares por gramo.

Una investigación científica publicada el año pasado en la revista especializada Conservación Biológica señala que el al auge económico de China ha situado el mercado global de la yarsagumba entre los 5 y 11 mil millones de dólares por año. El estudio, del que se hizo eco la revista ‘Nature’, desvela también que la cosecha del ejemplar exótico se ha reducido en los últimos años y con él también su comercio, en más del 50%. Los investigadores atribuyen esta caída drástica a la sobreexplotación y a la ausencia de regulación específica en torno a la recolección y comercialización internacional de yarsagumba, amén de las consecuencias derivadas del calentamiento global de la tierra. Y advierten que sin la intervención del gobierno, pronto se acabará el boom de esta especie única, dando lugar a consecuencias devastadoras para el ecosistema del Himalaya y la economía local. Kalyan Gauli, director del departamento de Biodiversidad, Ecosistemas y Cambio Climático de la Red de Asia para Agricultura Sostenible y Biodiversidad (ANSAB) en Nepal, cree que no hay evidencia sólida para aseverar que el incremento en la demanda de yarsagumba pueda incurrir en daño ecológico, pero señala que tanto población local como expertos ya han observado impactos negativos debido a la acción del hombre.

Algunos aldeanos han sido asesinados por intentar irrumpir en la recolección de otro pueblo sin el permiso correspondiente

La escasez normativa no sólo da lugar a una recolección desmesurada sin tiempo para regeneración biológica del suelo, sino que también produce desigualdad de beneficios entre la población local. El propio doctor Gauli asegura: “Los ingresos varían mucho entre los comerciantes locales. Algunos se ven obligados a pagar algunas tarifas ‘informales’ a oficiales corruptos o bandas criminales locales.” Ragu Chitra, comerciante de hierbas en Katmandú, cuenta los problemas asociados con el mercado negro de la especie: “A un comerciante le confiscaron 5 millones de rupias por no tener licencia. Era una banda criminal haciéndose pasar por policía. También hay robos y asaltos violentos. Incluso algunos aldeanos han sido asesinados por intentar irrumpir en la recolección de otro pueblo sin el permiso correspondiente”. Desde hace varios años no han dejado de salir a la luz robos y crímenes relacionados con el preciado espécimen. En 2011, un tribunal de Nepal condenó a 6 personas a cadena perpetua y a otros tantos a penas de prisión por el robo y asesinato de recolectores de la codiciada planta.

“Buscar yarsagumba es peligroso,” insiste Manita Garthi. Ella y su hermana Kapila, de 13 y 15 años respectivamente, perdieron a su padre durante la cosecha. “Dicen que un bloque de hielo se desprendió y nunca encontraron el cuerpo. Se lo tragó la montaña,” explica la mayor de las niñas. En la última década, cuatro niños de la escuela de Siwang han quedado huérfanos tras la época de recolecta. “Los aldeanos necesitan este dinero para sobrevivir. Es un viaje duro para los niños que van con sus familias y que pierden clases, pero recuperaremos estas lecciones durante días festivos,” se excusa Devkota Shora, profesor de primaria en el pueblo. Como cada año, la única escuela de la aldea permanecerá cerrada durante estos días, cuando más de la mitad de los niños acompañen a sus familias en la búsqueda del hongo medicinal. Los habitantes de Siwang saben que hay un paso entre encontrar fortuna o el infortunio. “La montaña es implacable. El año pasado tuvimos que enterrar a un aldeano en la misma montaña. Estaba recogiendo yarsagumba cuando resbaló y cayó 5 metros,” cuenta Dham Bahadour mientras termina de hervir roksy (vino local). “Esto ayuda a combatir el frío, la fatiga, el mal de altura… y da suerte,” sonríe señalando el vaso. Dham saldrá con la expedición de Siwang por décimo año consecutivo a recolectar yarsagumba. A buscar suerte. A encontrar su fortuna.

“No entendemos que se niegue el cambio climático. La evidencia científica es muy fuerte”, comentan los expertos de la ONU en Polonia

Un informe científico ha acabado por convertirse en uno de los grandes escollos de la cumbre del clima de la ONU, que este año se celebra en Katowice (Polonia). El IPCC, el panel de expertos que asesora a la ONU en asuntos de calentamiento global, es el responsable del documento. Y Thelma Krug (São Paulo, 1951), la vicepresidenta del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, por sus siglas en inglés), ha acudido a la cumbre a presentar sus resultados. “Es un desafío muy grande y el cambio no tiene precedentes en la historia”, dice sobre la transformación necesaria para cumplir con el Acuerdo de París. Cuando se cerró ese acuerdo en 2015, los 200 países que forman parte de la convención de la ONU sobre cambio climático encargaron un informe al IPCC sobre la posibilidad de que la subida de las temperaturas a final de siglo se quede solo en 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales (ahora estamos en un grado de aumento). Ese documento se presentó en octubre en Corea del Sur. Sin embargo, dos meses después, EE UU, Rusia, Arabia Saudí y Kuwait están bloqueando su asunción en la cumbre de Katowice. No están dispuestos a que, literalmente, se “acoja con satisfacción” un informe que urge a tomar medidas drásticas.  

¿Qué le parece que los países no encuentren un encaje para el informe del IPCC? “El IPCC fue invitado por esta convención de cambio climático en 2015 a elaborar el informe, y lo entregamos en 2018 como nos solicitaron. Fue un desafío muy grande entregarlo en ese pequeño espacio de tiempo, pero hicimos nuestra parte desde el punto de vista científico. Lo más importante es que todos los países, incluso los que aquí ahora han mostrado preocupación, aprobaron el resumen y aceptaron el informe en octubre. Eso es lo más importante para el IPCC, porque con eso podemos avanzar e informar. Todos los países estuvieron de acuerdo, aunque es importante decir que después de la aceptación del informe tres países hicieron comunicados expresando preocupaciones”.

¿Qué tres países eran? “Los mismos”. EE UU, Arabia Saudí y… “Egipto. Hicieron declaraciones que están en las actas de la reunión de octubre. Por eso no ha sido una sorpresa ahora. Pero lo más importante para nosotros era la aceptación del informe y esto se hizo en octubre. Ahora ya es una decisión política”. ¿No le parece que desde el ámbito político se niega la evidencia científica? “No creo. Porque los mismos países que están ahora aquí estaban en octubre allí y expresaron su aceptación del informe. Aquí es más una cuestión de encontrar el lenguaje. Los países buscan un lenguaje en el que se sientan cómodos. Y estamos hablando de 195 países que tienen diferentes visiones. Esto no implica que la ciencia se rechace o no se acepte”. ¿Hay malestar entre sus compañeros del IPCC? “Entendemos que desde el punto de vista científico hicimos nuestra parte. Ahora no nos importa mucho lo que pasa, lo importante es que durante la cumbre estamos teniendo un espacio increíble para difundir los resultados del informe. Perseguir el objetivo de 1,5 grados es mucho más difícil, mucho más impactante. Y necesitará transiciones muy significativas. Tal vez un coste algo mayor. Pero lo beneficios son tan grandes. Nos va a costar mucho más no hacerlo, por los fenómenos extremos que son cada vez más intensos y frecuentes… Estamos hablando de vidas humanas. ¿Qué coste tiene eso? Creo que aquí todos lo tienen asimilado, pero, claro, será una revolución. Y esto lleva un poco de tiempo tal vez”.

“Sería muy complicado imaginar que mis nietos y su generación no tengan una posibilidad de vivir en el planeta por el cambio climático”

¿Cree entonces que se puede lograr mantener el calentamiento por debajo de 1.5 grados? “Es un desafío muy grande y el cambio no tiene precedentes en la historia. En el informe señalamos que es posible. Es decir, no es imposible. Es el lenguaje que utilizamos. Pero se necesitan cambios muy intensos. Si se toman como ejemplo los países en desarrollo se ve que tienen muchas oportunidades de crecer de una forma muy diferente, muy distinta. Para los países desarrollados los cambios son más dramáticos por su sistema energético”. ¿No le asalta el pesimismo cuando ve que las emisiones de CO2 mundiales volverán a crecer en 2018? “Es un poco deprimente, porque sabemos desde hace mucho tiempo de la necesidad de reducir las emisiones intensamente, pero entendemos que aquí ya se está interiorizando la necesidad de una mayor ambición. Yo creo, particularmente, que los países van a hacerlo. Creo que el informe del IPCC también pone de relieve la necesidad de cambios en los estilos de vida, de las personas, de la contribución de cada uno. Creo que el cambio empieza con nosotros”.

Es decir, ¿que no es una cuestión solo de los Gobiernos que discuten aquí, en Katowice? “No solo. Es importante el cambio en la forma de consumir. Si cambiamos nosotros, la industria tendrá que cambiar también. Estamos hablando de una transformación tan importante que la ciudadanía, no solo los Gobiernos, tiene que pensar en cómo cambiar. La responsabilidad también es de los individuos, de las personas. Los cambios y las ambiciones ocurren de arriba para abajo y de abajo para arriba”. ¿Es usted optimista? “Lo soy. Porque sería muy complicado imaginar un futuro si no, es decir, pensar en que mis nietos y su generación no tengan una posibilidad de vivir en el planeta porque sufrirán unos impactos del cambio climático que ya estamos viendo hoy. Con las inundaciones, las olas de calor… Parte de estos fenómenos son por el cambio climático. Creo que el informe de evaluación del IPCC de 2021 nos dará más conocimientos sobre la atribución de los fenómenos extremos al cambio climático. Y esa será una diferencia. Porque ya no se podrá decir ‘esto ya ocurrió en el pasado, es lo mismo…’. Será más difícil. Muchos de los problemas que vemos hoy ya están atribuidos al cambio climático”.

¿El negacionismo se queda cada vez con menos espacio? “No entiendo cómo se puede negar el cambio climático. La evidencia científica es muy fuerte. Tú ves los informes del IPCC y mostramos incertidumbres. Pero son muy claros sobre las áreas en las que las incertidumbres son grandes y donde son pequeñas; y conforme la ciencia avanza vamos haciendo las incertidumbres cada vez menores. Si no actuamos, en el futuro nos criticarán, nos van a culpar. Y será mucho más difícil para las futuras generaciones revertir esto. ¿Por qué trasladar a las futuras generaciones, a nuestros hijos y nietos, un trabajo que hoy es difícil pero no es imposible?”.

Esta última pregunta de la científica brasileña Thelma Krug ha llegado a través de los mass media a todos los rincones del mundo incluidas las reservas del hongo yarsabumga, el ‘Viagra del Himalaya’.

El Viagra azul, un efecto secundario que se convirtió en una descarga de felicidad universal al llegar hace 20 años a las farmacias

Hace dos décadas, una pequeña pastilla azul llegó a las farmacias para combatir la disfunción eréctil y revolucionó las alcobas de medio mundo. Desde jóvenes con miedo al gatillazo hasta septuagenarios sexualmente activos, hablamos con los felices y complacidos consumidores anónimos del Viagra… Nació como un fracaso. Lo que se intuía como un simple alivio fue una revolución. Así surgió el Viagra. Fue un efecto secundario que se convirtió en una descarga de felicidad universal al llegar hace 20 años a las farmacias. Y a las alcobas. Cuando sus precursores, comandados por el premio Nobel estadounidense Robert Furchgott, buscaban remedio a las enfermedades cardiovasculares con el sildenafilo, se dieron cuenta de que apenas producía efectos sobre la angina de pecho, pero sí de bulto en el pene de quienes lo tomaban. Apesadumbrados pero medio sonrientes, intuyeron que podían alargar muchos sueños… Uno suele rehuir la entrada en los hospitales. Cada cual tiene sus razones. Pero el deber llama para el aniversario de los 20 años de la llegada del Viagra a España y ahí que nos presentamos en el 12 de Octubre para consultar al doctor Javier Romero Otero. Es toda una autoridad en urología. Cuando lleva cinco minutos de conversación específica, divulgativa, directa y adornada a base de dibujos instantáneos con todo tipo de vasos sanguíneos y aparatos reproductores bien marcados sobre el folio en blanco, mira de reojo y tira diagnóstico: “En los años en que se ha asentado el Viagra, aparte de la disfunción eréctil, ha cambiado el paradigma de otras enfermedades, como las cardiovasculares. Quienes presentan síntomas de lo primero es muy probable que en dos años o así puedan padecer problemas de corazón. Así que quienes llevan vida sedentaria y van sobrados de peso quedan sobre aviso…”.

Agradecida la prevención, fuera del despacho recapitulamos: ¡el Viagra fue la bomba! Lo han comprado 66 millones de personas en todo el mundo, según el laboratorio Pfizer, y solo en España, calculan, ha favorecido 50 millones de relaciones sexuales desde su aparición. La marca pionera se forró inicialmente: de los 100 millones de dólares previstos para el primer año pasó a 1,000. Resultó ser el primer potenciador a escala global. Luego se le unieron otras marcas con distintos efectos y fórmula -Levitra, Cialis…- para elegir lo que más convenga. Incluso los genéricos en los últimos años, a un precio mucho más asequible, junto a los timos por Internet. Aunque en Pfizer ahora afronten el bajón por culpa de un mercado mucho más variado, el laboratorio ya ha pasado a la historia como pionero.

Además, con el tiempo, el medicamento mutó también hacia sus propósitos iniciales y transformó el diagnóstico de la disfunción eréctil. Lo hizo pasar del terreno de la enfermedad psicosomática al campo coronario de nuevo, porque comenzó a verse como síntoma de problemas cardiovasculares. Bien… Si es así, ¿por qué, tal como cuenta un varón activo con 70 años -nadie quiere dar nombres a su experiencia en este reportaje, salvo los expertos-, los de su quinta aún tienen reservas para probarlo? Más si, como dice Ramón Abascal, urólogo también del hospital Central de Oviedo, “está claro que la medicina ha dado más gustos que disgustos”.

Este hombre de 70 años anduvo sin ayuda hasta los 62. “Empecé a fallar en 2012”. Por entonces tenía pareja estable, pero como monógamo propiamente no se le puede calificar. Ahora tampoco abusa, aunque lo ha probado casi todo en el campo de la disfunción, aparte del Viagra: “Todos producen el mismo sofoco. Pero para relaciones estables viene mejor el Cialis. Mientras que para esporádicas, el Levitra”, aconseja hecho todo un oráculo. “Aunque, bueno, yo con cuatro o cinco veces a la semana voy que chuto, no soy de los que andan dando el salto del tigre”. ¿A la edad que tiene? Inevitable recordar a Luis Buñuel cuando en sus memorias confiesa que estaba deseando llegar a ciertos años para librarse de la tiranía del deseo: ¿Qué hubiera sido del maestro en la era del Viagra? Misterio.

Sin embrago, con nuestro amigo septuagenario se impone la naturalidad sin aditivos doctrinarios ni traumas oscuros. Pertenece a una generación que creció preparándose para que un día la fiesta se acabara. Había que aprovechar lo máximo entre los huecos que dejaba la mala conciencia de las primeras masturbaciones con obligada penitencia de confesión, una expectativa de matrimonio y el ocaso. Él ha tratado de rebelarse contra esa hoja de ruta. Por eso, cuando conoció el invento que en octubre de 1998 se introdujo en España, lo recibió como un milagro.

En España han tenido lugar 50 millones de coitos gracias al viagra, calcula el laboratorio Pfizer

Aquel primer año batió marcas pese al precio: se vendieron 1.5 millones de pastillas a 7,000 pesetas (42 euros) la caja de cuatro unidades de 50 mg. Una buena acogida para un país en el que se calculaba que dos millones de hombres sufrían disfunción eréctil. Las ventas aumentaron el año siguiente a velocidad desaforada, con un incremento del 60% en los siguientes 12 meses. Nada más aparecer, como quien dice, entre 40,000 y 50,000 españoles optaron por probar. “Ha cambiado la vida de mucha gente. Hablan de jóvenes suficientemente preparados, pero resulta que ahora los jubilados también nos sentimos suficientemente preparados”, comenta nuestro setentero. “A mí el viagra me ha venido muy bien. Me ha aportado mucha seguridad, por eso me resulta raro que a algunos de mi quinta les produzca reparo, sientan que si lo toman les puede dar algo. Claro que a muchos los comprendo. Cuando llevas 35 años casado, a lo mejor lo que falla es la libido, no otra cosa. Y no es que yo sea Tarzán, a ver si me entiendes. La perspectiva que te pone por delante es como la de las nuevas tecnologías. Uno no queda condenado. Con este invento, a cierta edad, tú decides cuándo parar, no tu cuerpo”.

Lo llamativo es cuando aparecen datos de consumo precoz. El remedio, que se había concebido para edades avanzadas, se extiende sin freno entre los jóvenes. Una paradoja implícita a su descubrimiento como efecto secundario. Así como el equipo de Furchgott entendió su eficacia contra la disfunción eréctil y se olvidó de su propósito inicial, los veinteañeros y treintañeros lo utilizan como un seguro infalible ante las sorpresas inesperadas de la noche en edades donde debería instalarse la despreocupación. El Viagra ha roto las fronteras de la edad, aunque este aspecto espante a los médicos, a los sexólogos, a los responsables de la salud pública. Fue también una prueba. Después pasó a ser un hecho. Ahora, entre muchos menores de 40 se ha convertido en hábito.

“Hoy cualquier buen camello contemporáneo que se precie ofrece Viagra como mercancía junto a otros productos”. Lo comenta un catalán de 40 años con trabajo nocturno que comenzó a probarlo a los 31. “Me lo ofreció gratis un familiar que era visitador médico”, confiesa. Aquello tenía visos de parecer un test de mercado premeditado. Él empezó en plan lúdico con el Levitra. “Era mucho más agresivo que el Cialis, con el que estoy ahora. Viene bien para las primeras citas, cuando no conoces a la persona. Por una cuestión psicológica. A la segunda o tercera puede que ya no te haga falta. Lo que más me gusta es la erección continuada, en plan extended versión, y que puedes liberar tu cabeza de la presión. Elimina el pudor, te hace sentir más viril”.

Aunque también, en lo que afecta al Levitra, dice, hay que andar con ojo. “Los efectos no deben llevar a engaño ni a que crean que eres un superhéroe. Al fin y al cabo, es una forma de doparse que te hace muchas veces sentirte confundido. ¿Es esto real?, te preguntas. Y no sabes responderte bien”. Por si acaso, nuestro trabajador nocturno confiesa poco a la otra parte si se mete la dosis o no. “Aunque cuando ya vas cogiendo confianza lo puedes llegar a comentar: ‘Esta noche, pastillita, ya verás’. Como una forma de amor incluso, de generosidad compartida y complicidad dentro del juego de pareja”. No es lo que algún médico le ha dicho a otro hombre de 64 años que quiere compartir su experiencia: “Un urólogo me contó que al recetarlo en consulta contrastaba la sonrisa de ellos con la cara de terror de ellas, calibrando quizá cierto exceso de pasión”. Él lo probó hace siete años porque los efectos secundarios de otro medicamento le producían bajón. “Fue poco tiempo, pero muy útil. Soluciona el problema cuando se presenta. Ahora, desde luego, puede producir un priapismo sospechoso. La mujer con la que estaba entonces lo detectó. Pero he de decir que venían a ser erecciones nada molestas. Un descubrimiento, vamos. Para mí, el Viagra ha sido un pequeño hito que ha hecho feliz a mucha gente. Te metes algo para poder llegar a más lugares y conocer otras cotas. De hecho, supongo que también habrá dado pie a muchas infidelidades, aprovechando las ganas”.

Infidelidad, maldita palabra. O viceversa. Casi integral, específica e identitaria dentro del mundo gay. Como tal se define quien nos ofrece el siguiente testimonio: 58 años y jamás osó acostarse con una mujer. “Como dicen mis amigos norteamericanos, soy un gay gold star”. Por no dar, no debió ni consentirle un beso a su única novia cuando ambos tenían 21 años: “Le dije: ‘Mira, no. Me gustan los hombres”. Y eso no se estilaba mucho en el pueblo norteño donde creció. Quizá por eso no le costó apenas adaptarse al ritmo de la capital. “Los gais, ya sabes: primero follar y luego ya, si eso, hablamos”. El sexo es el centro. Y en su caso, la penetración activa es fundamental. La única opción. “En eso pesa la infancia en el pueblo. Es cuestión de educación. Nos sentimos más machos. Nosotros la necesitamos; un pasivo, no lo creo. En mi generación esa distinción era importante. Ahora no tanto. Son mucho más versátiles”.

Comenzó a tomar las píldoras por recomendación de un psicólogo. “Los homosexuales de mi quinta somos algo neuróticos. Todo se encadena. La inestabilidad lleva al alcohol y de ahí a la disfunción. Comencé a tomar las pastillas y me producían náuseas, dolor de cabeza. Llegan los problemas de orgullo. Y, claro, también si se lo comentas a tu pareja, él puede pensar que puede ser un problema suyo, que no te excita o atrae lo suficiente. Al contrario también. Si tienes un amante más joven y casado con una mujer, como es mi caso, no se lo digo. ¿Dónde queda la autoestima?”. Para él, la diferencia entre tomar y no tomar afecta. Prefiere seguir disfrutando del juego. “No someterme todavía a la eutanasia sexual, como dice un amigo. Pero tampoco me frustraría perder el deseo. Dejé de fumar, dejé de beber y ya no practico sexo tanto como practicaba. El tiempo lo lleno cocinando o yendo al cine”.

“Lo que más me gusta es que elimina el pudor y la presión, te hace sentir más viril”, comenta un hombre de 40 años

También parece cierto que en el mundo gay el efecto de una pastilla nunca se desaprovecha. “La urgencia la resolvemos sí o sí. Sabes que entras a las cinco en una sauna y puedes salir a las nueve de la noche. Siempre encuentras algo. Por no hablar de las aplicaciones. Yo no soy muy aficionado porque están acabando con los sitios de ambiente. Pero para un apretón sirven”. Otro aspecto donde aprecia el declive de esos locales es en una afición que no se daba entre los de su generación: “A los gais de mi edad no nos gustaba el fútbol, pero ahora entras en cualquier local de Chueca y están poniendo un partido. Hay sitios en los que, cuando aparezco, salto: ‘Pero ¿qué bar de maricones es este?”.

Puede que dentro del mundo gay se hable tanto de sexo como de sexualidad. Ana Flora Álvarez, terapeuta sexual, sabe por sus trabajos de campo a diario que entre los heterosexuales no ocurre. “Sobre todo, entre los hombres. Nosotras sí tratamos la sexualidad. Si supieran que la mayoría de las mujeres somos clitorianas antes que coitales, necesitarían menos Viagra y lo reemplazarían por más trabajo de boca y manos”. También tiene reproches para ellas: “La masturbación no se da con la frecuencia ideal en las mujeres. Si no conocemos bien nuestro cuerpo y nuestros puntos erógenos, tampoco podremos transmitírselo a ellos”. Se cansa de advertirlo en sus terapias de grupo o sus reuniones de tupper sex, con todo tipo de artilugios propicios para la fantasía táctil.

Para fantasías, Estefanía, pocas. Lleva 20 de sus 51 años ejerciendo en la calle por el centro de Madrid. Su clientela oscila entre los veinteañeros y los octogenarios. En el bolso mete cada mañana preservativos y viagra. “La consigo porque me la procura un farmacéutico a cambio de un servicio”. Lleva mucha rabia encima. Desde niña: “Yo que no quería hacer el amor salvo con la persona que realmente quisiera, mira dónde he acabado”. En el oficio, dos hijos muertos y enterrados lejos y otro al que mantener. “No hace nada en la vida, pero si no le mando dinero y no me quiere hablar, yo ni duermo”. Así sobrevive ella amargada, pese a que muchas veces, más que sexo, lo que procura es psicología: “Lo del Viagra muchas veces es cabeza. Los jóvenes van a lo que van, pero con las personas mayores hay que tener paciencia. Contratan el servicio, se toman la pastilla, se dan una vuelta y regresan. Muchos tienen esposa, por no contar casi todos, que yo les digo: ‘Si usted tiene su mujer, ¿a qué se viene acá?’. Me dicen que por morbo, así que yo les finjo. En la calle hay hombres que no le dan importancia a la belleza, sino al trato”. Aunque también abundan peligros: “Algunos viejos que con el Viagra exigen hacerlo a pelo porque creen que sienten más profundo. Yo jamás trabajo así. Es para darles un cuascazo”.

Para pocos trotes anda este nuevo invitado a compartir sus experiencias con 65 años. Accede con gusto, porque presume de ser un experto provisto de 10 dedos y lengua. En su caso, el exceso de alcohol y drogas le llevaron demasiado pronto a tener problemas: “Con 45 años me di cuenta de que no me respondía bien ese amigo con quien tan maravillosamente me había entendido siempre: mi pene”. Un psiquiatra le dio el remedio. “El deseo no había desaparecido; las ganas, menos”. Pero el efecto tampoco fue tan deslumbrante como para otros: “Me dio confianza, pero el sexo, a veces, pasaba sin pena ni gloria”. Lo tomaba a hurtadillas. En alguna ocasión, precipitadamente. “Entonces me veía abocado al bendito onanismo. Otras funcionaba como un enorme afrodisiaco. Ahora ando retirado; si vuelvo a encontrar pareja, recurriré de nuevo a ello y dejaré mi vida de ermitaño”.

Si no fuera porque esta mujer de 52 años residente en Cataluña empujó a su pareja hacia el Viagra, también él llevaría quizás una existencia de retiro. Pero ella siempre confió en el poder de la pastilla para prolongar sus relaciones, aunque tuviera sus decepciones: “Al abrir el maletero del coche de mi exmarido, descubrí bajo la alfombrilla esa que cubre la rueda de repuesto un paquete de Viagra. Si lo utilizó conmigo, no lo noté. Puede que fuera con otras…”. Aun así, no le tomó manía al medicamento. Al contrario, una vez divorciada y metida en otra relación, decidió utilizarla como regalo. “Mi pareja me invitó a un fin de semana romántico en las montañas. Era un poco chapado a la antigua. Yo no tenía ni idea de si lo había utilizado o no, el caso es que a mí él me encantaba y estaba decidida a disfrutar de su compañía”.

Fue a la farmacia y se asesoró. La noche pedía cena íntima y descorche de vino. “Te traigo un detalle, ábrelo”. Había envuelto el paquete casi con lazo. “¿Qué es?”, preguntó él. “Lo que llaman el éxtasis de la vida”, respondió ella. Se lo explicó con tacto, por si acaso se sentía ofendido en su virilidad, y él aceptó. Cuando llevaban una copa de vino y se disponían a servirse la segunda, él frenó. El alcohol estaba contraindicado para los efectos. Así que agua. Bailaron… “Entonces yo noté que aquello hacía efecto”, comenta ella, “por el roce”. Aun así, yo me di cuenta de que la cara le cambiaba de color. Siguieron, pero al entrar la madrugada el tono rojillo de los calores era morado: “Como el del vino tinto. ¡Coño! Me asusté. ¡Ay, Dios…!”. Para colmo, se le había inflamado un testículo.

Pero no entraron en pánico. Se fue al baño, leyó los efectos secundarios y se calmó. No le hizo ni caso a los síntomas. La experiencia había merecido la pena: “Había roto su apatía y descubierto una especie de fuego interior que permanecía apagado. Le salió el hombre”, comenta ella. Ni discutieron la conveniencia de seguir o no seguir tomándola. Aquello rompió un tabú en él y abrió un mundo para esta mujer madura que, con un divorcio a cuestas, tiene toda una segunda vida de plenitud por delante. 

La maldición de la ‘Viagra del Himalaya’, el elevado precio de la yarsagumba lleva la codicia y el crimen a los valles de Tíbet y Nepal

La impotencia sexual ha pasado de bendición a lacra en el Himalaya. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Detrás está la yarsagumba, el hongo medicinal más caro del mundo. La medicina tradicional china le atribuye desde hace cinco siglos propiedades curativas de diversos cánceres, asma, dolores de cabeza y dentales y otros problemas, pero su fama global viene de su supuesta capacidad para resucitar la líbido. La fiebre por la viagra del Himalaya ha llevado la cizaña a las montañas nevadas, un tradicional y aislado remanso de paz enclavado entre Tíbet, Nepal e India. La yarsagumba o cordyceps sinensis es un raro hongo que parasita a las larvas de las polillas y se desarrolla en ellas hasta momificarlas y adquirir una forma alargada de menos de cinco centímetros. Solo crece entre los 3,000 y los 5,000 metros de altitud y necesita temperaturas heladoras. Su reputación medicinal ha crecido en la misma proporción que su cotización. Un kilo pasó de costar 4.5 euros en 1992 a 1,061 euros en el 2002. Hoy ya supera al oro: por un gramo se pueden pedir hasta 110 euros. Cientos de comerciantes tibetanos cruzan cada año ilegalmente la frontera nepalí para comprar a los locales la yarsagumba que venderán en China o el resto del mundo.

No extraña, pues, que la yarsagumba se convirtiera en los últimos años en la salida laboral de muchos campesinos y ganaderos de una las zonas más pobres del planeta. En un buen día pueden superar los ingresos mensuales medios. Así que cuando llega la recolección en la temprana primavera previa a las lluvias del monzón, jóvenes y mayores de las zonas dedicadas a la yarsagumba, como las del distrito de Dolpa, en el oeste nepalí, emprenden el éxodo a las montañas y dejan durante un mes pueblos fantasmas con negocios y escuelas cerradas.

Con el negocio también han llegado la codicia y los crímenes. Nueve hombres que alcanzaron las montañas desde las zonas más alejadas fueron asesinados por 39 aldeanos que protegían su territorio en junio del 2009. Los atacaron con cuchillos y palos y arrojaron sus cuerpos a los barrancos. Recientemente hubo dos muertos en otro de los frecuentes enfrentamientos por el control de las zonas más abundantes en yarsagumba. La gravedad del cuadro ha obligado a intervenir al dalái lama, quien ha recordado que «la violencia es contraria a las creencias y la conducta de los que creen en el karma y Buda».Los expertos han alertado de que la sobreexplotación del hongo amenaza con un desastre ecológico. La revista científica Nature aseguraba recientemente que su comercio cayó a la mitad entre el 2009 y el 2011 por su creciente escasez. El estudio, confeccionado con entrevistas a 200 cosechadores, señala que cada vez pasan más tiempo en la montaña y regresan con menos hongos. La desesperación empuja a los lugareños a llevarse todo lo que encuentran y, según los investigadores, el 95 % de los hongos recogidos no han alcanzado la madurez reproductiva, por lo que no han dispersado aún sus esporas. La desaparición de la yarsagumba, advierten, provocaría un aumento significativo de las polillas que afectaría gravemente a todo el ecosistema de la zona.

Los más viejos del lugar recuerdan que la tradición budista prohíbe recoger la yarsagumba y hablan de maldición. Katmandú no levantó la prohibición hasta el 2001 y desde entonces ha promovido un negocio que mueve cada año entre 3,700 y 8,100 millones de euros, según un estudio reciente publicado en Biological Conservation. También ha aprobado un impuesto de 20,000 rupias nepalesas (147 euros) por kilo, que engorda sus arcas. Suficientes rupias para desatender a los supersticiosos.

El yarsagumba –¿una bendición o una maldición?- ha generado tensión entre los miembros de algunas comunidades del Himalaya. La parte de la cadena montañosa del Himalaya que se extiende en la frontera entre Nepal y el Tibet, es uno de los lugares más remotos y hermosos del mundo. Cada año, miles de turistas vienen a participar en las caminatas del circuito de Annapurna. La ruta diseñada los lleva a escalar montañas cubiertas de nieve, a más de 5,000 metros de altura. Ese paisaje inhóspito y apartado ha sido el hogar de las comunidades budistas que, por siglos, han desarrollado sus propias actividades agrarias y comerciales. Pero, en los últimos años, esta pacífica región ha sido manchada por los celos, el crimen y el asesinato.Todo tiene que ver con la yarsagumba, el pequeño, frágil y momificado cuerpo de la oruga de una polilla del Himalaya que ha sido invadido por hongos, y al que se le atribuyen propiedades medicinales.

Cuando la gélida noche cae en la localidad de Humde, en el Himalaya, Sangay Gurung y su esposa se acurrucan cerca de la hoguera para preparar su cena: una mezcla de arroz y vegetales. Gurung calificó como pecaminoso comercializar con yarsagumba. Sangay me dice que me puede vender yarsagumba. Tiene en su poder un poco de la codiciada sustancia porque su hijo la ha recogido. Pero, no es algo que lo hace feliz. “Consideramos que es un pecado comerciar yarsagumba”, indicó Sangay. “En nuestra cultura budista no se nos permite recolectarla, esa es nuestra tradición. Mis abuelos me lo dijeron y yo los obedecí. Tengo 53 años y nunca la he recogido. Pero la generación joven es diferente. Ellos no creen ni en pecado ni en religión. Ellos están haciendo dinero con ella”.

“La yarsagumba es conocida como un estimulante inmunológico, así como también como un gran afrodisíaco”, destaca antropóloga médica

En los últimos 500 años, los chinos le han atribuido al yarsagumba (cuyo nombre científico es Cordyceps sinensis) poderes afrodisíacos. Se puede encontrar en los pastos de la cordillera del Himalaya, por encima de los 3,500 metros de altura, y tradicionalmente se recolecta a inicios de la primavera, antes de las lluvias de monzón. Cada año, cientos de comerciantes tibetanos cruzan ilegalmente la frontera para comprar yarsagumba en Nepal. Su objetivo es vender la sustancia en China. El yarsagumba es hallado en estas remotas montañas del Himalaya. Un kilo puede llegar a costar hasta 10,000 dólares estadounidenses. Las propiedades medicinales de la yarsagumba son numerosas”, señala Carroll Dunham, una antropóloga médica que ha trabajado en Nepal desde hace 25 años. “La yarsagumba es conocida como un estimulante inmunológico, así como también como un gran afrodisíaco”. Funciona de una manera muy similar al viagra. Se le considera útil para mejorar casos de impotencia sexual”, explicó la experta.

Esto se traduce en que la yarsagumba se ha convertido en la más valiosa materia prima de esta remota región, en la que las oportunidades económicas no abundan. El producto es tan lucrativo que el gobierno distrital implementó un sistema de concesión de permisos para quienes quieran recoger yarsagumba. En algunas áreas, los permisos son más costosos para los extranjeros. En otras regiones, los foráneos tienen prohibido buscar la droga. Para algunos aldeanos, la recolección de yarsagumba se ha transformado en un generador de bienestar. Para otros, sólo ha traído miseria. Samma Tsering insiste en que su hermano es inocente. En junio de 2009, siete hombres de las zonas bajas de la región de Gorkha, en Nepal, que intentaron recolectar yarsagumba fueron asesinados por un grupo que quería proteger su territorio. Los hombres fueron atacados con palos y cuchillos y sus cuerpos fueron lanzados a los barrancos montañosos.

“Implicó una gran operativo. Más de 80 policías fueron desplegados en ese caso”, recuerda Nal Prasad Upadhay, funcionario a cargo de la investigación. Dos cuerpos fueron recuperados en dos lugares muy difíciles de penetrar. La policía tuvo que utilizar cuerdas para acceder a esos sitios. Los cinco cuerpos restantes no los pudimos hallar”. Treinta y seis hombres de la remota localidad de Nar fueron arrestados por el crimen y todavía están a la espera de un veredicto. En la región montañosa, no existe una prisión lo suficientemente grande para tenerlos detenidos. Por eso, las autoridades tuvieron que habilitar una oficina en la villa de Chame. 19 individuos permanecen detenidos en la prisión improvisada de Chame. En los últimos meses, 17 individuos fueron dejados en libertad bajo fianza. El resto está detrás de alambres de púas, jugando cartas y baloncesto y a la merced de sus familiares para que les traigan comida. “Creo que a mi hermano lo dejarán libre muy pronto”, indica Samma Tsering, quien visita la prisión diariamente. “Siempre que me reúno con él me dice que no ha hecho nada malo”. Desde que su hermano fue arrestado, la vida de Samma se ha concentrado en apoyarlo.

Debido a que la mayoría de los hombres de este poblado están en prisión, no hay quien que trabaje el campo. “Nuestra tierra es estéril ahora”, indicó. “No hay quien are los campos, por eso no hemos producido nada por dos años. Las mujeres que conocen el trabajo de los hombres están, de alguna manera, tratando de hacer algo, pero la mayoría no puede”. Este año 2020 se prevé que se pronuncie un veredicto sobre el caso. En marzo, comenzó la temporada de recolección de yarsagumba, a la vez del coronavirus Covid-19. Cientos de vecinos recorren las montañas en busca de la valiosa droga con un objetivo en la mira: hacer una fortuna. Para muchos que viven en esta zona, la yarsagumba es una pandemia. Recuerdan un antiguo refrán budista que advierte que la yarsagumba no trae más que mala suerte.

@SantiGurtubay

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