El coronavirus, ¿el fin del orden mundial de Donald Trump?

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El Bestiario

Tras la muerte de Mao Tse Tung en 1976, China ha tenido un crecimiento económico espectacular. Mucho se ha hablado del llamado ‘milagro chino’. Y, quizás, no se prestó la atención necesaria hasta hace relativamente poco. Después de un ambicioso plan de reformas acometido durante las décadas de los ochenta y mediados de los noventa, China entró en la Organización Mundial del Comercio. “El mensaje de Adam Smith atrae mucho a los chinos, no en poca medida debido a su palpable similitud con el pensamiento chino tradicional acerca de la economía y la sociedad. Un resultado sorprendente de la transición de China hacia el capitalismo es que China encontró una forma de volver a sus raíces culturales”, remarca el economista Ronald Case en su libro, ‘Cómo China se volvió capitalista’. El gigante asiático ha vuelto a saltar a la primera línea de la política internacional mostrando su predisposición a ayudar a Italia y España en su lucha contra el Covid-19. También por su modelo de gestión de la crisis. Esta política china entra dentro de un  período de auge y expansión por todo el mundo, con el sur de Europa como centro estratégico. El coronavirus y las consecuencias económicas y políticas -con un previsible shock económico, si cabe, mayor que el que la economía mundial experimentó durante la gran recesión de 2008- será utilizado por China para aumentar lo que muchos de sus detractores ya han calificado como ‘neocolonialismo económico’. La Unión Europea es débil y lo saben. China conoce a la perfección las potencialidades de la globalización y sus defectos: solamente espera a cómo evoluciona Europa tras la pandemia para acrecentar su influencia y peso en la política internacional. Y lo tienen muy bien estructurado.

Robert D. Kaplan ha sido uno de los más y mejores estudiosos del auge chino: libros como ‘La venganza de la geografía’, sus numerosos artículos en publicaciones de prestigio como The National Interest, Foreign Affairs o The Atlantic o, sin ir más lejos, su reciente ‘El retorno del mundo de Marco Polo’, son fundamentales para entender la fractura de la globalización en la política actual. El estadounidense apenas necesita presentación para los amantes de la política internacional. Enric Juliana lo bautizó como el ‘anti-Fukuyama’ y con razón. La anarquía que viene, una de sus obras más aclamadas, sigue siendo el libro de política internacional más importante y polémico de las últimas décadas. Su gran mérito como analista es el de haberse desligado de las élites académicas de su país y haber viajado directamente a las zonas de conflicto. Kaplan es más un viajero, un cruce entre Kapucinski, Graham Greene, Bruce Chatwin o de Joseph Conrad, que de Samuel P. Huntington o Francis Fukuyama. En ‘El retorno del mundo de Marco Polo’ explica una de las grandes iniciativas que el país está llevando a cabo para expandir su poder por todo el mundo: la iniciativa ‘Belt and Road’. Con este proyecto, China busca replicar la Ruta de la Seda que Marco Polo llevó a cabo en el siglo XIII, conectándola con todo el continente asiático, penetrar en Asia Central, el Mediterráneo oriental y en el océano Índico.

“China no es el desafío, sino más bien el Imperio chino”, escribe Kaplan. “Es un imperio basado en carreteras, ferrocarriles, oleoductos y puertos de contenedores cuyos caminos por tierra se hacen eco de las dinastías Tang y Yuan de la Edad Media, y por mar, de la dinastía Ming de finales de la Edad Media y principios del período moderno. Kaplan radiografía perfectamente las intenciones de China estudiando para ello su historia imperial: “Debido a que China está en el proceso de construir la mayor marina terrestre de la historia, el corazón de este nuevo imperio será el océano Indico, que es la carretera interestatal de energía global, que conecta los campos de hidrocarburos de Oriente Medio con las conurbaciones de la clase media de Asia Oriental”. Mediante las operaciones de crédito y las infraestructuras, China está controlando el continente. Además, sus excelentes relaciones con Irán, Pakistán y Afganistán pueden ayudar, en palabras del autor, a “pacificar más la zona que Estados Unidos debido a su proximidad geográfica”. Como la industrialización siempre genera conflictos, el desarrollo de la región de Sinkiang está generando problemas al país. La cuestión de los uigures musulmanes se está convirtiendo en una estaca clavada en su corazón. Por eso, la iniciativa ‘Belt and Road’ busca “fintar y sortear las reivindicaciones políticas de esas volátiles regiones donde viven sus minorías y pacificarlas por la vía económica”. El poder ‘blando’ de China también tiene como objetivo unir al separatismo uigur musulmán y a los islamistas del sur y el centro de Asia, de Oriente Medio. Este problema está siendo de difícil gestión para el país y muestra hasta qué punto la globalización está menoscabando la integridad territorial de muchos países en auge industrial: “Los uigures no tienen una autoridad bien definida, ni una jerarquía culta con la que China pueda mantener una comunicación permanente; en cualquier caso, son un elemento de agitación venidera que puede desestabilizar al país a la más mínima catástrofe”, finaliza el autor. Quizás esta sea la gran prueba de fuego de China como superpotencia.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

“También esta pandemia pone de relieve las diferencias entre el modelo productivo europeo y el chino. Durante décadas, las empresas europeas lo fiaron todo a la lógica de la rentabilidad. Lo prioritario era ganar dinero y abaratar los costes de producción. Como explica Esteban Hernández brillantemente en un artículo publicado en El Confidencial titulado ‘’Todo será muy distinto tras el coronavirus: los cambios que vienen’: “Si las empresas producían en China, conseguirían productos mucho más baratos, porque los salarios eran bajísimos y las regulaciones y las normativas inexistentes, y por tanto los beneficios aumentarían. Esa tendencia se puso de moda, dio forma a la globalización, y trajo consigo la debilidad económica de las clases medias y de las trabajadoras de los países occidentales, que se compensó un tiempo vía crédito, hasta que el grifo se cerró y nos quedamos con el desnudo descenso en nuestro nivel de vida”.  Este artículo es especialmente bueno porque enfatiza en aspectos tan esenciales como la disminución del ahorro de las clases medias. Desde las instituciones de la Unión se enfatizó en que estos desequilibrios del mercado se podrían parchear mediante exportaciones. Pero con la crisis de la globalización tampoco ha sido la solución: “Además, puso al descubierto la debilidad de las estructuras estratégicas de los Estados, cada vez más dependientes del exterior para casi todo, lo que la crisis sanitaria también ha puesto de manifiesto”, escribe Hernández.

Otro periodista español, Alejandro Zambudio, en la revista cultural Jot Down que se edita en Madrid, considera que esta tendencia ha creado mercados internos muy débiles. La creencia en la Unión Europea de que el capital tenía que seguir circulando, fluyendo, benefició a China, que se nutría del capital occidental. Solo tenían que satisfacer las demandas de producir más por menos dinero. Los chinos imitaron el modelo económico occidental -en materia de know-how, sobre todo- para reforzar su mercado interno, planificando y centralizando más su economía, sobre todo los sectores estratégicos. Europa ha sido demasiado idealista en términos económicos. Lo pagó en 2008 y, seguramente, lo pague ahora. Reino Unido se ha salido de la Unión Europea porque tiene una industria fuerte. Alemania también podría hacerlo. España, por ejemplo, no. “En España tenemos un mercado interno con problemas endémicos -paro estructural, una deuda pública que consume el 100% del PIB, exportaciones frágiles que se concentran, en su mayoría, en Europa Occidental, escaso crecimiento en potencias económicas del futuro- y una economía desfasada. Desde los ochenta hasta la actualidad, el tejido económico español ha pasado por complejas fusiones bancarias, abandonando la economía real, y una incapacidad por parte de los gobiernos de cambiar el modelo productivo. La crisis del coronavirus convertirá a España en un Estado aún más débil en esa parcela. Conforme pasan los días y uno lee diarios y páginas webs, las diferencias y las costuras el proyecto europeo quedan de manifiesto.

En la Unión Europea la libertad individual se erigió como el pilar de nuestras constituciones, complicándose con nuevos actores

Los ministros de Economía de España, Francia e Italia se ‘plantaron’ ante la insolidaridad de Austria, Alemania y Holanda. Los primeros demandan un plan de choque mucho más eficaz: la emisión de unos ‘coronabonos’ con los que hacer frente de forma conjunta a los gastos de la crisis; los segundos solo plantean que acudan al fondo de rescate. Pedro Sánchez y Giuseppe Conte, presidente español e italiano, rechazaron el criterio de Alemania y los países del norte de acudir al fondo de rescate basándose en que, a diferencia de lo que sucedió en 2010 o en 2012, las causas son de fuerza mayor y no tienen su origen en el incumplimiento del déficit público marcado por Bruselas. ¿Consecuencias? Otra Europa partida en dos como hace diez años. En general, la integración económica en la Unión Europea ha predominado sobre la integración política, porque la unión económica fue considerada menos sensible a la soberanía nacional, y ofrecía más beneficios a corto plazo. Francia y Alemania argumentaron que la nueva Europa iba a ser próspera después de los desastres de la Segunda Guerra Mundial, y que todos aportarían su granito de arena al gran edificio europeo. Pero esto conllevaba una serie de sacrificios. La Unión Europea empezó a erigirse como una sociedad mercantil: quien más aportaba, más poder decisorio tenía. No se llevó a cabo una verdadera integración política: se fio todo a la economía como elemento de unión. Y cuando esta ha fallado, la asimetría política de la Unión ha quedado de manifiesto; su complejísima estructura burocrática  ha contribuido a ampliar el problema. ¿Un New Deal para Europa como demandan muchos? Francamente, observando las posiciones de los países escandinavos, de Holanda y Alemania, no parece que sea una opción que contemplen.

Uno de los grandes éxitos de China, Corea del Sur o de Taiwán en la gestión de esta epidemia radica en su modelo de sociedad. Mucho más colectiva que la nuestra, en Occidente. En Europa, la libertad individual se erigió como el pilar de nuestras constituciones. Con el paso del tiempo, la complejidad de la sociedad civil incluyó a nuevos actores que demandaban más derechos y planteaban más retos a los Estados occidentales. Occidente es vertical; Asia, jerárquica. Pese a su modernidad económica y tecnológica, sigue conservando su culto a la tradición. Su tejido social es tan monocromático como un cuadro de Rothko.

Los valores confucianos son indispensables para explicar la respuesta unitaria y rápida de los países asiáticos al Covid-19

Marcus Rothkowitz, conocido como Mark Rothko, fue un pintor y grabador nacido en Letonia, que vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos. Ha sido asociado con el movimiento contemporáneo del expresionismo abstracto, a pesar de que en varias ocasiones expresó su rechazo a la categoría “alienante” de pintor abstracto.​ En 1925 inició su carrera como pintor en Nueva York de modo autodidacta. En torno a 1940 realizaba una pintura próxima al surrealismo y plagada de formas biomórficas Su estilo cambió y comenzó a pintar grandes cuadros con capas finas de color. Con el paso de los años, la mayoría de sus composiciones tomaron la forma de dos rectángulos confrontados y con bordes desdibujados por veladuras. Son frecuentes los grandes formatos que envuelven al espectador, con la finalidad de hacerle partícipe de una experiencia mística, ya que Rothko daba un sentido religioso a su pintura. Al final de su vida sus cuadros son de tonalidades oscuras, con abundancia de marrones, violetas, granates y, sobre todo, negros. Varias sus obras están expuesta en MoMA, el Museum of Modern Art, situado en el Midtown de Manhattan Nueva York, en la 11 West con la calle 53 y entre la Quinta y la Sexta Avenida. Es una visita obligada si llega a La Gran Manzana, The Big Apple.

Los valores confucianos son indispensables para explicar la respuesta unitaria y rápida de los países asiáticos a esta catástrofe. Particularizando en el modelo chino, la definición más acertada sobre la pirámide social china se la he leído a Yan Xuetong, un profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Tsinghua, de Pekín, en una entrevista que le hicieron en Global Times: “Los antiguos filósofos chinos nos dicen que el orden de un sistema social, sin importar si es doméstico o internacional, se basa en una relación jerárquica entre sus actores. Las relaciones absolutamente iguales dan como resultado el caos. Cualquier forma de organización requiere la existencia de líderes y subordinados”! Lee Kuan Yew, el padre espiritual de la nueva Singapur, el hombre que llevó a su nación a ser uno de los países con el PIB más alto del mundo en la década de los noventa fue claro: “Los occidentales aprecian las libertades individuales, pero mis valores, como asiático de influencia cultural china, abogan por un gobierno que sea honesto, eficaz y eficiente”. Valores como la eficacia y la eficiencia de Kuan Yew, así como las referencias al sacrificio colectivo, son contrarios al individualismo y hedonismo occidental. Esto último se ha podido observar en las drásticas medidas que China ha tomado para luchar contra el virus. El poder ‘pastoral’ del Partido Comunista es aceptado de buen grado por sus ciudadanos. Confían en su Estado. En casos como este se ve perfectamente cómo el Partido Comunista ha penetrado en todas las esferas de la sociedad y ha desarrollado la habilidad de aniquilar la voluntad interna del sujeto. Sus dirigentes saben que si se liquida la voluntad interna de un sujeto, hay una persona menos de la que preocuparse. Los países asiáticos han destacado en su gestión del conflicto porque han entendido el enorme poder del Big Data en la actualidad, sobre todo China. Occidente cierra fronteras; Asia, analiza los datos y los aplica a sus sistemas sanitarios.

Del ‘último hombre’ de Fukuyama, de Europa y Norteamérica, al ‘primer hombre’ de la Antigüedad, del asiático, musulmán o africano

Leyendo ‘Psicopolítica’, de Chul-Han, uno se da cuenta de que la tiranía del Big Data, de la inteligencia artificial, y en esa apabullante red de espionaje y terror que ha construido el Estado chino, penalizando y castigando a sus ciudadanos según su comportamiento. China no tiene ningún problema en diferenciar entre buenos y malos ciudadanos. Como Günther Jakobs cuando desarrolló su teoría del ‘enemigo’ para explicar el derecho penal de autor, el gigante asiático distingue entre ‘buenos’ y ‘malos’ ciudadanos. Los primeros tienen todos los derechos del mundo; a los demás se los expulsa de la sociedad. La muerte civil de los totalitarismos del siglo XX en todo su esplendor en este frío y cínico siglo XXI. El Big Data “permite adquirir un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación. Se trata de un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo. Con el análisis de datos, el futuro se convierte en predecible y controlable”, sentencia Chul-Han. En gran parte del sudeste asiático se cumple el esquema central hobbesiano de sacrificar ‘libertad por seguridad’. Es curioso cómo el coronavirus está poniendo a prueba los grandes mantras de Occidente: estamos pasando del ‘último hombre’ de Fukuyama, propio de Europa y Norteamérica, al ‘primer hombre’ de la Antigüedad, que nunca abandonó a las culturas asiáticas, musulmanas o africanas.

Por último, el confucianismo ama la vejez; Europa profesa el culto a la juventud. Aleksandr Solzhenitsyn, el gran intelectual ruso, observó en sus viajes por el viejo continente esta tendencia. Escribió que “los niños idolatrados desprecian a sus padres, y cuando envejecen un poco intimidan a sus compatriotas. Las tribus con un culto ancestro han perdurado durante siglos. Ninguna tribu sobreviviría mucho tiempo con un culto juvenil”. Occidente ha disfrutado de décadas de confort, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Se fortaleció el Estado de bienestar y, en las últimas décadas, la libre circulación de personas y capitales por Europa. Hace tiempo que los Estados europeos dejaron de ser democracias militantes. Y, de alguna manera, es normal. A medidas que demos por hecho el progreso, la indolencia ciudadana será mayor. Y la sensación de desarraigo respecto de sus élites todavía más.

La estrategia de Estados Unidos con China quizás sea la misma que la que mantuvieron durante el siglo XX con la Unión Soviética

El peor error que pueden cometer Europa y Estados Unidos es reducir la lucha contra China a una batalla ideológica. A diferencia del siglo XX, en el que autodenominado ‘mundo libre’ pugnó contra la Unión Soviética también por una cuestión de valores -la democracia, la libertad del individuo, el libre mercado de Occidente, contra el ‘hombre nuevo’ del socialismo-, la rivalidad con China inmiscuye a un Estado que no tiene reparo alguno en regalar esa parte de la contienda a Estados Unidos y a Europa. Las élites del Partido Comunista son conscientes de que Estados Unidos y Europa les llevan ventaja en ese sentido. Como la percepción de Occidente sobre su país no va a cambiar en ese sentido, han decidido focalizar la batalla en el ámbito político y comercial. La guerra comercial entre Estados Unidos y China adquirirá otra dimensión tras esta tragedia del coronavirus. La primera guerra fría mostró en todo su esplendor los grandes avances del poder industrial de los Estados mediante batallones de tanques y grandes puestas en escena de las fuerzas terrestres. En esta nueva fase del conflicto entre China y Estados Unidos se usarán drones, chips de silicio y programas para cortocircuitar las comunicaciones del adversario. Para Kaplan, “la globalización unificó el mundo y creó nuevas clases medias a través del libre comercio y el intercambio de ideas. En la actualidad, dividirá al mundo en diferentes ámbitos políticos, comerciales, de consumo y tecnológicos”. Después de todo, la globalización nunca fue una orden de seguridad libre de conflictos, sino que ha logrado que estos tengan más repercusión mundial: “La globalización ha forjado un mundo más claustrofóbico y más ferozmente disputado: un mundo en el que cada territorio todavía importa y donde toda crisis interactúa con todas las demás como nunca antes”.

La estrategia de Estados Unidos con China quizás sea la misma que la que mantuvieron durante el siglo XX con la Unión Soviética: esperar a que los fallos del sistema chino y sus contradicciones internas salgan a la luz y exploten. También desean que la clase media china siga expandiéndose y sofisticándose cada vez más hasta que demanden cada vez más derechos y libertades y pongan a prueba la fortaleza del régimen chino. Esa es la teoría que manejan los halcones del Partido Demócrata. Sin embargo, un importante sector del Partido Republicano maneja la opción de tener que contrapesar el poder chino mediante las armas. Cada vez más son los altos mandos de las fuerzas armadas de Estados Unidos quienes piden una presencia más activa de Estados Unidos por la zona del Pacífico y abandonar, paulatinamente, Oriente Medio.

Nueva lucha de clases, esta vez entre ciudadanos y nacionalismos estatales o periféricos vinculados a la patria, emerge el Estado nación

No sabemos cuáles serán las consecuencias del coronavirus, pero sí que se puede decir que sus consecuencias geopolíticas afectarán especialmente a Europa. El Estado nación emerge de nuevo y pone de manifiesto la debilidad actual de los organismos supranacionales como la Unión Europea. Esta pandemia también ha servido para cuestionar un orden mundial que solo el islam radical se ha atrevido a desafiar. Y, mientras las élites occidentales hablan de la globalización con el mismo celo con que la Unión Soviética defendía las bondades del marxismo, tanto en Europa como en el resto del mundo, surge una nueva lucha de clases, esta vez entre ciudadanos y nacionalismos estatales o periféricos vinculados a la patria y a las tensiones de la vida urbana en el siglo XXI. Sin embargo, Occidente aún persiste en esa idea de la globalización como idea emancipadora del resto de los pueblos cuando esta, realmente, lo único que ha hecho ha sido acentuar las diferencias entre Estados y regiones. Ante la amenaza de la modernidad, hemos visto cómo los Hermanos Musulmanes, el Estado Islámico o Boko Haram han emergido con muchísima fuerza, desafiando nuestros valores. El progreso que trajo la globalización no es deseable en según qué regiones o continentes del mundo. El terrorismo y la agitación no obedecen tanto a una amenaza al poder político como sí una agresión hacia las culturas y valores de esas zonas. Sobre esto ya  escribió el propio Kaplan en ‘La anarquía que viene’ y ‘Viaje a los confines de la tierra’ hace más de veinte años. Parece casi una profecía.

Las élites occidentales sienten cada vez menos lealtad ante los pasaportes o los documentos de identidad. Ignoran los sentimientos de unas masas deseosas de un nuevo ‘catecismo’ que simplifique la complejísima sociedad del siglo XXI. Las relaciones internacionales tienen más de William Shakespeare que de procelosos trabajos académicos; y Occidente a menudo ignora la tragedia shakesperiana de la vida, así como los mundos caóticos de Antón Chéjov cuando viajaba por el interior de Rusia y observaba a los campesinos de su país. Las relaciones internacionales no se pueden analizar solamente observando ‘la realidad’ desde cómodos despachos  situados a más de mil kilómetros de las zonas de conflicto. El lienzo en el que se dibujan las pasiones humanas también cuenta mucho; por eso, tanto la historia como la literatura, nos ayudan a entender cómo funciona la política. A menudo, Occidente reduce a una cuestión de ‘derechos humanos’ la política de cada nación o región cuando cada país afronta procesos históricos y culturales distintos a los de Europa y Estados Unidos. Así, cuanto más caótico se vuelve el mundo, más desconcertadas están nuestras élites. Porque el conocimiento cultural e histórico, con todas sus verdades desagradables que se encuentran en la historia y la literatura es algo que, desde mi punto de vista, hace tiempo dejamos atrás. La memoria histórica como piedra angular del edificio de la historia y de la identidad de los pueblos ha sido desechada por décadas de triunfalismo europeo y norteamericano. Y cuando eso sucede, estamos desprotegidos ante la barbarie.

El vídeo del ahogamiento de George Floyd, nueve minutos gritando “I can’t breathe”, no sorprendió a los afroamericanos

El presidente estadounidense huyendo a su búnker de la Casa Blanca es un suceso con regusto a Bastilla y a guillotina. Esto ocurría en plena pandemia, apenas hace unas semanas atrás. El ejército protegiendo Washington D.C, la capital del país, suena a distopía, y el toque de queda en veinticinco ciudades, a aparente disparate, casi inconcebible en una democracia en tiempos de paz. Los saqueos, la brutalidad de la policía y los excesos verbales de Donald Trump han conseguido que muchos piensen lo que el filósofo y líder afroamericano Cornel West, considerado heredero intelectual de Martin Luther King: que Estados Unidos, como sociedad, es un experimento fallido. Por duro que resulte el vídeo del ahogamiento de George Floyd, casi nueve minutos de ahogamiento por un policía a un detenido que gritaba “I can’t breathe”, no sorprendió a los afroamericanos. Era una prueba más de las muchas que circulan a diario entre la comunidad negra. En 2013 ya eran tantas que se agruparon bajo el hashtag #BlackLiveMatters, las vidas negras importan, y dando así origen a un movimiento implicado en la denuncia de los abusos policiales sobre la población negra. Pero lo que tocó los corazones americanos negros para echarse a las calles fue el emotivo vídeo de Stephen Jackson, exjugador de la NBA. “They have killed my bro, everybody knows he was my twin”. Muchos hombres y mujeres afroamericanos se sintieron profundamente identificados con el sufrimiento provocado por la muerte de Floyd. Porque en un vecindario negro tener un “brother” o una “sister” significa contar con un amigo íntimo, una relación de protección, apoyo y defensa mutua. Especialmente útil para avanzar en los estudios y no caer en el dinero fácil de la delincuencia, o ser víctima de la violencia policial o la de las bandas. El último vídeo emitido por George Floyd cuando estaba vivo refleja esta realidad: “no puede ser que los muchachos negros se acuesten con las rodillas temblando por los matones armados de nuestros vecindarios”. Lo ha contado el cine independiente afroamericano desde que se estrenó ‘Do The Right Thing’ de Spike Lee en 1989, además de todos los vídeos de hiphop, rap y resto de músicas negras contemporáneas.

Las personas negras ocupan la mayoría de los denominados ‘trabajos esenciales’, un estudio de principios de abril le ponía cifras para demostrar que eran mayoría en estos puestos. Fue publicado al mismo tiempo que comenzaba a saberse que el ritmo de contagio por coronavirus entre afroamericanos se multiplicaba por tres, y el de muertes por seis. Esta semana su probabilidad de morir por coronavirus ya es el doble respecto al resto de la población, incluso en aquellos estados donde demográficamente son minoría. El motivo no es solo que desempeñen trabajos muy expuestos al contagio. Los centros de test y control se han situado mayoritariamente en vecindarios blancos. Y al tener más bajos salarios su cobertura médica también es menor, por lo que tienen más dolencias crónicas como hipertensión y obesidad, que aumenta la mortalidad por coronavirus. Antes de que empezaran las protestas ya había cuarenta y tres millones de personas en el paro en EE UU, y más de la mitad de ellas eran de raza negra. El polvorín estaba servido.

El presidente aseguró que fue al búnker de la Casa Blanca, ‘La toma de la Bastilla’,  para ver cómo era, no porque quisiera refugiarse

Donald Trump corrió a refugiarse en el búnker de la Casa Blanca acompañado por sus servicios secretos. Estaban lloviendo bengalas y botellas de agua congelada rompían los cristales del edificio, saltando desde el otro lado de la verja. Se apagaron las luces del exterior, y los alrededores quedaron iluminados solo por coches en llamas y la sacristía de la iglesia de Saint John, a la que habían prendido fuego. A partir de ese momento las protestas se dividieron en tres hechos que han corrido paralelos: la narrativa de Trump vía tuits, los saqueos y quemas violentas, y las manifestaciones pacíficas. Mientras lanzaba su discurso a la nación, las fuerzas de seguridad dispersaron con gases lacrimógenos a una multitud pacífica para que Trump pudiera acudir caminando a la iglesia de Saint Johnn y hacerse una foto con la biblia en la mano. Un mensaje claro para sus simpatizantes y votantes, seguido de un tuit donde aseguraba que nadie había hecho tanto por los negros como él desde Abraham Lincoln (que también fue del partido republicano). Fue también una reacción política al acto de su opositor, Joe Biden, que se había reunido con los líderes afroamericanos. Paralelamente las redes se llenaban de vídeos donde la policía actuaba con brutalidad contra manifestantes pacíficos y muchas veces inmóviles, usando gases lacrimógenos y hasta explosivos.

La guerra o había hecho más que comenzar. En una llamada a los cincuenta gobernadores de los estados los llamó idiotas, acusándolos de estar dando una imagen de debilidad, y llegó a proponerles que pidieran la asistencia del ejército para frenar las protestas. Algo que Donald Trump solo podría hacer invocando una ley de 1807, la de Insurrección, empleada por última vez en los disturbios de Los Ángeles en 1992. La violencia y destrucción de entonces estuvo focalizada en aquella ciudad, pero ahora son hay trescientas cincuenta ciudades en las que se producen protestas, unas cuarenta en estado de sitio, y la mayoría con actos violentos. Lanzar el ejército contra ellas no parece una forma de rebajar la tensión. Especialmente porque los saqueos se centran en individuos robando zapatillas deportivas, y en grupos organizados que se llevan electrodomésticos de alta gama. Y una minoría de exaltados que prenden fuego a edificios.

Las unidades militares desplegadas en Washington volvieron a sus bases, y el jefe del Pentágono aseguró que no es buena idea usar el ejército, salvo en casos excepcionales. El mismísimo presidente Trump, quien será reelegido o no, el próximo 3 de noviembre, en las elecciones presidenciales a, llegó a asegurar que fue al búnker para ver cómo era, no porque quisiera refugiarse allí. La toma de la Bastilla acaba con un tuit que parece una broma, aunque en realidad es un intento de dominar la narrativa del conflicto. En cualquier caso la tensión se ha reducido, por el momento.

Un jugador de fútbol americano llamado Colin Kaepernick puso una rodilla en tierra antes de un partido, mientras sonaba el himno nacional

Los deportistas de élite han desempeñado un papel fundamental en estas protestas. En realidad llevan haciéndolo desde 2016, cuando un jugador de fútbol americano llamado Colin Kaepernick puso una rodilla en tierra antes de un partido, mientras sonaba el himno nacional. Cuando al final del encuentro los periodistas le preguntaron, afirmó que protestaba por la opresión de los afroamericanos y por los abusos policiales. La interpretación de su gesto fue casi unánime en todo Estados Unidos: había insultado a la nación, a su ejército, a sus símbolos. Y lo había hecho un héroe nacional, que es lo que son allí los jugadores estrella, que además lucía un peinado afro como signo de su orgullo de raza. Kaepernick atentaba contra la imagen del negro bueno, esa que encontramos reflejada en los impecables trajes de Sidney Poitier en ‘Adivina quién viene a cenar’, o en el Will Smith de ‘En busca de la felicidad’. No puede ser que el ejemplo para los muchachos afroamericanos, que miran al deporte como uno de sus pocos ascensores sociales, fuera un activista. La liga NFL canceló su contrato de trescientos doce millones de dólares, no ha podido volver a jugar, y durante un tiempo fue objeto de la ira tuitera de Trump.

Pero este verano del Covid-19, policías y militares han puesto una rodilla en tierra en muchas ocasiones para apaciguar los ánimos de los manifestantes. Para declarar que están a su servicio, al de una misma nación y por encima de diferencias de opinión o raza. También los deportistas de raza negra se han manifestado, especialmente los de la liga NBA. LeBron James, una de sus figuras más destacadas, ha recordado que no había habido nada ofensivo en el gesto de Kap (Kaepernick). Dejando caer que el escarmiento recibido por la NFL obligó a muchos a callarse. El único equipo al que no se había permitido opinar eran los Knicks, propiedad de James Dolan, amigo de Donald Trump. El club enviaba una carta asegurando que ellos no estaban cualificados para emitir una opinión sobre la muerte de Floyd. Era un mensaje a sus jugadores para que se callasen. Tan impopular que el mismo jueves Dolan tuvo que enviar un correo electrónico aclarando que él sí condenaba el racismo. Ese es el mejor indicador de que las protestas han surtido efecto, y que reformar la policía es algo percibido como necesario para la mayoría de estadounidenses. Trump puede perder o ganar las elecciones de noviembre, pero no serán las protestas violentas las que le aparten del poder, sino los votantes. Aunque ganara Joe Biden, su perfil es de un conservador y no se prevé que traiga grandes reformas sociales.

Los negros enseñan a sus hijos cómo tratar con la policía para no morir, y los blancos confían en no tener que adivinar quién viene a cenar…

Hasta noviembre quedan apenas 70 días, algo más de dos meses, falta saber cómo expandirán estas protestas los contagios por coronavirus, y si el presidente convence de que es un líder apto para la reconstrucción económica y para asegurar la seguridad de los blancos frente a los negros que saquean sus negocios. Una frase muy celebrada por sus seguidores en Twitter, “When The Looting Starts, The Shooting Starts” (cuando empieza el saqueo, empieza el tiroteo) tiene su origen en una llamada a la violencia contra el Movimiento por los Derechos Civiles de 1967. Nunca ha ocultado del todo su racismo, ni su simpatía, o al menos su tolerancia, por el movimiento supremacista blanco. Y eso le ha beneficiado electoralmente. La prensa americana teme todavía que el presidente sea capaz de invocar la ley de Insurrección y lanzar al ejército contra los ciudadanos. Y ganar.

Justo en el otro extremo Barack Obama ha llamado a aprovechar las protestas y convertirlas en algo más grande, una imitación del Movimiento por los Derechos Civiles. Desde luego hay paralelismos históricos. Una imagen tan potente como el asesinato de George Floyd fue la de Emmet Till en 1955, linchado por silbar a una mujer blanca, y también dio la vuelta al mundo. Además fue el origen de protestas que condujeron al movimiento del que Martin Luther King sería uno de los líderes más destacados. Y que impulsó el fin de la segregación racial en 1964, y el voto para los negros un año más tarde. “Aquel movimiento y aquellas leyes dejaron desequilibrios pendientes que traen disturbios cuando la situación económica empeora. Los padres negros se ven obligados a enseñar a sus hijos cómo tratar con la policía para no ser asesinados. Y, digámoslo también, muchos blancos, incluso blancos bienintencionados, confían en no tener que adivinar quién viene a cenar…”, recuerda el periodista Martín Sacristán, en una columna en Jot Down titulada ‘Estados Unidos arde, pero no se quema’.

Los padres de ‘only children’ exhiben las fotos de sus niños rollizos en la esperanza de encontrarles una buena mujer con la que casarlos

Empieza el año de la rata para los chinos de China y para los de todo el planeta. La rata de metal reinará sobre el 4717 de su cómputo que ha dado comienzo el día 25 de enero de 2020 del nuestro, aunque vivimos bajo el mismo sol y nos mece la misma luna. Las televisiones nos mostraban su jolgorio, cabalgatas incluidas, en los telediarios del mediodía y de la noche. Los entrevistados nos contaban que lo celebran bailando y comiendo, reunidos con la familia y fusionando los menús de su país de origen con los de su país de acogida lo que da a entender que son todavía de primera o segunda generación y que toman el pato laqueado con fanta de naranja. Las crónicas festivas se compaginaban con otras amenazantes sobre un virus, con nombre de realeza, que llega a Europa procedente de una ciudad inaudita y superpoblada. Los corresponsales en el país asiático transmiten noticias de los monumentos clausurados -hasta que pase el susto- y también unas imágenes sorprendentes de miles de excavadoras construyendo un par de hospitales de urgencia en los que atender a las víctimas de la epidemia. ¿Qué clase de hormigón habrán inventado que es capaz, por lo que se ve, de fraguar en minutos? ¿Qué clase de edificios son capaces de levantar en una semana? ¿Dónde han estudiado esos ingenieros y arquitectos? Son preguntas que nos venían a la mente ante semejante despliegue de medios y de la abundancia de mano de obra que, sin embargo, no plantea cuestión alguna debido a su aparente exceso. La situación era muy alarmante pero nos daba una lección insuperable de laboriosidad.

En la noche del día de su Año Nuevo, un programa de citas televisivas reúne a dos chicas, una de ellas pekinesa, que confiesa ser hija única en busca de experiencias y que acepta enrollarse con otra que ya tiene novia pero que es poliamorosa. La china vive con naturalidad extraordinaria la doble pista de pensamiento que le permite pertenecer en México o en España a una avanzadilla del mundo sexual que se avecina y, por otra, ser la modosita hija de una familia tradicional cuando vuelve a casa con papá y mamá. Al otro lado del planeta, en los parques de Shanghái, ciudad cosmopolita por excelencia, los padres de ‘only children’ se sientan en banquitos a exhibir las fotos de sus niños rollizos en la esperanza de encontrarles una buena mujer con la que casarlos: no hay tantas chicas como chicos y muchas de las que hay, que también son hijas únicas, no quieren complicarse la vida. La población sigue creciendo en proporciones geométricas, como ya advirtiera Malthus en su día, pero los jóvenes de ciudad prefieren vivir sus vidas. Los mimos y la superprotección han hecho crecer, también en China, la egolatría en las nuevas generaciones, por lo menos de los urbanitas; cabe que los rurales vayan un paso atrás y sigan generando más población que acabará emigrando a los núcleos urbanos pero eso no se percibe en un viaje programado en el que solo da tiempo de echar una ojeada a lo que hay de nuevo junto a los cascarones del pasado. Los guías jóvenes lo cuentan en las pausas para comer y en los viajes de autobús hasta la taquilla de la Gran Muralla: no quieren enredos de vida, quieren disfrutar y no aceptan las presiones de sus propios padres que desean fervientemente convertirse en abuelos.

‘Las habitaciones de la muerte’, un documental grabado subrepticiamente en 1995 por un equipo del canal británico Channel 4

Las políticas del hijo único no contaban con el narcisismo como regulador de la natalidad: es lógico, el futuro lo pensamos en el presente y no concebimos otras mimbres para lo que será que las que tenemos ahora con lo que es. Se planifica y después se corrige o se vuelve a planificar, pero la vida lleva una evolución que se va trenzando en el aquí y el ahora y solo queda observar y/o aventurar análisis con los que algunos pueden, por cierto, ganarse bien la existencia. Resulta bastante curioso: la política del ‘sempai’ o del hijo único se implantó, con carácter radical, en el año 1979. El poder coercitivo del Estado, apoyado en su capacidad punitiva, estableció, para las poblaciones de cierta entidad, que cada pareja criara un vástago solitario que, como sabemos, se prefirió varón en la mayoría de los casos por aquello de la tradición. Lo que nos llegaba a los occidentales sobre el exhaustivo control de los nacimientos ejercido mediante esterilizaciones quirúrgicas o químicas, los abortos selectivos en la era de las ecografías y los abandonos de bebés en cualquier lugar tuvo su colofón con la emisión de ‘Las habitaciones de la muerte’, un documental grabado subrepticiamente en 1995 por un equipo del canal británico Channel 4, haciéndose pasar por miembros de una ONG.

En España, Documentos TV, el programa de Pedro Erquicia, lo emitió la noche del 19 de octubre y, en esa ocasión más que ninguna otra, los Carmina Burana que acompañaban a la cabecera resultaron en verdad apocalípticos: contemplamos atónitos un horror impensable al que siguió una ola de solidaridad tal que disparó el número de adopciones de esas pobres criaturas, niñas en su mayoría, procedentes de Dios sabe qué genealogías de miseria y de dolor. Esas secuencias angustiosas abrieron los ojos a los comunes mortales sobre una situación abominable para el sentir occidental. Me refiero a la gente de a pie, de los normales. Mala propaganda para un régimen cerrado y estricto.

En las grandes ciudades chinas haya centros comerciales gigantes -malls- cuyas tiendas venden lo mismo que en Madrid, Londres o Milán

A esas alturas los dirigentes comunistas iban asumiendo que más hijos no son más brazos para trabajar sino más bocas que alimentar e iban cediendo a la evidencia de que andaban atrapados en la contradicción entre un mundo ideal -en el que los medios de producción fueran de propiedad estatal- y una economía real que se colaba por las costuras -fronteras físicas e ideológicas- que conducía, sin solución de continuidad, a un capitalismo feroz. Y se estaban haciendo viejos sin muchas perspectivas de renovación generacional. Las presiones se aflojaron y se abrió la mano a los dos hijos por familia pero la burla del destino apareció en forma de negativa visceral: los jóvenes hijos únicos en edad de procrear habían sido criados como tesoros, daba igual las posibilidades económicas de sus padres, y no querían compromisos. Y las nuevas generaciones tienen comportamientos similares en cualquier parte del mundo, incluidos los chinos, por más que tengan prohibido el acceso a Google o solo dispongan del local WeChat como émulo del universal WhatsApp. Las cosas han cambiado muy rápidamente y hoy no resulta sorprendente que en las grandes ciudades haya centros comerciales gigantes -malls- cuyas tiendas venden lo mismo que en Madrid, Londres o Milán, a los que tienen acceso todos aquellos que puedan pagar y que en las estaciones suburbanas de metro haya mercadillos de chinos repletos de imitaciones de diferentes calidades y precios, atiborrados de turistas.

En los años previos a las Olimpíadas de Pekín de 2008 las autoridades habían planificado, entre otras cosas, un cambio en las pautas de comportamiento ciudadano para hacerlas más acordes con los usos occidentales y, como consecuencia de aquellas políticas educativas, ya no se ve a chinos escupiendo ni tirando las colillas al suelo o a cualquier parte, es decir, lo consiguieron bastante. No hay nada como una buena programación de la educación, como ya dijera en su momento Jordi Pujol, el ex presidente de la Generalitat de Catalunya, la comunidad autonómica española, procesado ahora junto a su esposa y sus hijos por corrupción. La evolución de esas conductas hacia la occidentalización ha sido rapidísima en algunos aspectos, aunque en otros conservan sus más puras tradiciones, por ejemplo: siguen siendo chillones y escandalosos al punto de que si no somos capaces de distinguir por su semblante un grupo de chinos de uno de japoneses en una visita turística en la que coincidamos con ambos grupos, el elevado volumen de las voces inclinará la balanza hacia el lado de los continentales sin dejar espacio alguno para la duda.

Su genética no justifica que los chinos millennials luzcan unos quilos de más, los jubilados que visitan la tumba de Mao son flacos en su mayoría

No quieren tener hijos pero todavía no tienen perro o, por lo menos, no se ven amos y canes paseando por las calles: afirmaría sin temor a equivocarme que están en la etapa preperrito, la transición del niño al animal humanizado. Los pocos perros con correa que se ven por las aceras y los parques arrastran a señoras de cierta edad o a provectos caballeros pero les delata que no son de razas extrañas ni llevan identificación segura en forma de collar vistoso ni trajecitos a juego con el del dueño/a, son simples perros de compañía. Demos tiempo al tiempo, que todo se andará. Lo que resulta llamativo de la gente más joven es la cantidad de ellos que se están poniendo gordos. Su genética no justifica que cada vez en mayor número los chinos millennials luzcan unos quilos de más porque, por poner otro ejemplo, los jubilados que forman las larguísimas colas para visitar la tumba de Mao son flacos en su mayoría, da igual que sean altos o bajos, y casi todos tienen la barriga hacia dentro dando la sensación de que se encorvan un poco hacia delante. No es así con los jóvenes, muchos de ellos delgados y atléticos (runners), hay que decirlo, pero se ven circulando por las grandes ciudades bastantes ejemplares con sobrepeso.

Y si el arte es el reflejo de la sociedad que lo crea (obvio) no hay mayor exponente en este caso que la obra del escultor Mu Boyan, nacido en 1976 en Jinan, capital de la provincia de Shangdong (noreste de China), hijo único de una familia trabajadora y urbana. La obra de Mu Buyan tiene casi siempre como protagonista a un gordo seboso, joven, desnudo y en posturas imposibles, de tamaño gigante o diminuto. Erróneamente se le ha comparado con Fernando Botero (Medellín, 1932) pero su filosofía es totalmente distinta. Botero representa personajes inflados, no gordos, sus figuras poseen un lenguaje artístico muy personal detrás del que se adivinan perfectamente las que serían sus características reales: no son siempre de naturaleza gruesa aunque lo parezca y no lucen michelines. “Los gordos de Mu Buyan son reales y hablan, entre otras cosas, del cambio en la mentalidad de los chinos de calle ahora capitalistas. Si la gordura ha representado tradicionalmente la abundancia de la vida y el buen sentir, en estos tiempos puede ser interpretada en clave de brecha social: los gordos reflejarían en sus carnes el acaparamiento de recursos por parte de los ricos a costa de las clases sociales más desfavorecidas…”, afirma la periodista Laura Mínguez en una crónica donde nos avisa que ‘Los chinos se están poniendo gordos’.

“Mientras en Occidente el sobrepeso se ha convertido en una sobrecarga física negativa, en Oriente simboliza la salud y la prosperidad”

Elegimos el punto de vista, como ha ocurrido siempre en la historia; la interpretación es patrimonio del que mira y del que analiza y, en ese sentido, es muy interesante el libro de reciente publicación ‘Dios salve el arte contemporáneo’, de Óscar García García, publicado por la editorial Paidós en 2019.  El autor hace un interesante repaso del arte contemporáneo y de alguno de sus artistas clasificándolos según los siete pecados capitales. Los gordos de Buyan ocupan, por derecho propio, el capítulo de la gula. Afirma Óscar García que “mientras en Occidente el sobrepeso se ha convertido en una sobrecarga física negativa, en Oriente simboliza la salud y la prosperidad” para añadir más abajo que “Boyan, al igual que la gran mayoría de los artistas chinos contemporáneos, busca reinterpretar los cánones milenarios de sus antepasados”. Fusión de antigüedad y modernidad o reflejo de un nuevo canon social, las esculturas de Boyan se hallan en espacios públicos epatando con el entorno, una tendencia volumétrica que ya iniciara Henry Moore (Inglaterra, 1898-1986). La diferencia, sin embargo, apunta al objeto: mientras la obra de Moore se integra en el entorno natural con sus formas orgánicas y abstractas, la obra de Buyan, hiperrealista, se dirige directamente al entorno social, a las personas a las que representa o vapulea; quizá tiene únicamente el ánimo de divertir, como ocurre con la obra del escultor Ramón Conde (Orense, 1951), también hiperrealista. Boyan ha participado en la exposición Sculpture by the sea que se celebra anualmente, desde 1996, en la primavera australiana, a lo largo de la costa de Sidney donde se instaló ‘Horizonte’ (2018) uno de sus gordos más conocidos.

La orondez se está integrando en el paisaje; la crítica religiosa, la médica o la estética que han presidido el pensamiento sobre el único de los pecados capitales que se puede observar a simple vista, como recuerda Óscar García en su libro, van dejando paso a la aceptación en la diversidad y al olvido del canon único de belleza. En la Beijing Fashion Week y en la Shanghai Fashion Week en las que tradicionalmente han desfilado las grandes marcas europeas y americanas, se ha visto desfilar alguna modelo curvy con diseños nacionales. El gigante chino Alibaba está patrocinando la inclusión de la moda genuinamente china en la pasarela de Milán. Los chinos cosen por encargo la mayoría de la ropa que usamos en este lado del planeta pero ellos están creando también la suya propia. Algo está cambiando y una vez más la expresión artística nos lo está contando, sea a través de la escultura, de la moda o sea a través de la literatura. Como siempre ha sido.

En la novela ‘1984’ de George Orwell, era la pantalla de TV la que espiaba, hoy en Internet queda constancia de todo lo que hacemos

Los estadounidenses siguen comprando millones de ejemplares de la obra ‘1984’ del escritor inglés George Orwell. Esta inquietante novela, escrita a mediados del pasado siglo XX, parece describir el 2020. La claustrofóbica fábula del totalitarismo nos impacta pues reconocemos lo que describe. El pasaje de los dos minutos de odio parece anticipar cómo se comporta la muchedumbre hoy en las redes. El doble pensamiento, mantener dos ideas contradictorias al mismo tiempo. La Policía del Pensamiento. El Ministerio del Amor, que se ocupa del dolor, la desesperación y aniquila a todo disidente. El Ministerio de la Paz que desata la guerra. Las máquinas dedicadas a escribir novelas que producen pornografía con la que sobornar a las masas. Orwell nos abrió los ojos a cómo funcionan los regímenes totalitarios. Pero hoy podemos hacer una lectura diferente de ‘1984’, con una aprehensión ansiosa y utilizando la obra para medir hasta qué punto nosotros, nuestras naciones y el mundo nos hemos situado en la carretera al infierno que describió el escritor británico. ¿Profético? Posiblemente.

Los pedidos del libro de Orwell aumentaron un 9.500% desde el inicio de la presidencia de Donald Trump, según la editorial Penguin. Un libro publicado el 8 de junio de 1949, escrito en un paisaje golpeado por una guerra total en un país hambriento, agotado y gris, se siente ahora mucho más relevante que nunca antes, porque ‘1984’ también nos arma. El libro, con su desconcertante comienzo, (“Era un luminoso y frío día de abril, y el reloj daba la una de la tarde”), define las características típicas de la tiranía moderna. Winston Smith, el protagonista, trabaja como censor en el Ministerio de la Verdad, en una constante revisión de la historia para adecuarla a las circunstancias y alianzas del presente. Él y sus compañeros son controlados como parte de la masa por el omnisciente Gran Hermano. En ‘1984’ la pantalla de la televisión te observa y todo el mundo espía a todo el mundo. La obra supuso una denuncia de los regímenes totalitarios. En la actualidad son las redes sociales las que recopilan cada gesto, cada compra, cada comentario que hacemos en Internet y alimenta una presencia omnisciente en nuestras vidas capaz de predecir todas nuestras preferencias.

Basada en las elecciones de los consumidores, con el usuario como la mercancía con la que se comercia, la recolección de esas preferencias para las campañas políticas está distorsionando la democracia. Orwell entendió que los regímenes opresivos siempre necesitan enemigos. En ‘1984’ mostró cómo estos pueden crearse arbitrariamente atizando las emociones de la gente a través de la propaganda. Pero en su descripción de los ‘dos minutos de odio’ también previó cómo actúan las multitudes digitales. Obligado, como todos los demás, a contemplar la violenta grabación con ese título, Winston Smith se da cuenta de que lo horrible de los ‘dos minutos de odio’ no era que a uno lo forzaran a tomar parte, sino que era imposible sumarse… Un espantoso éxtasis de miedo y sed de venganza, un deseo de matar, torturar, machacar rostros con una maza parecía fluir a través de todo el grupo de asistentes como una corriente eléctrica. Ahora todas las organizaciones políticas, religiosas y comerciales se dedican a alimentar sentimientos. Sorprendentemente, Orwell identificó la colusión voluntaria en el odio que semejantes movimientos puede incitar. Y por supuesto, su Winston lo nota consigo mismo. Como podríamos notarlo nosotros mismos. En la novela era la pantalla de TV la que espiaba. Hoy en Internet queda constancia de todo lo que hacemos.

El nacionalismo y el populismo del siglo XXI operan a través de la activación de la más peligrosa de las emociones como es el resentimiento

Luego está el icónico dictador de Orwell, el Gran Hermano, absurdo y aterrador en igual medida. Las raíces del relato de Orwell están en las luchas entre los gigantescos ‘ismos’ que deformaron el siglo XX. Luchó como voluntario contra el fascismo en la Guerra Civil Española, convencido de que el pacifismo era un lujo pagado por otros, pero comprendió lo vacías que estaban las promesas del comunismo cuando el grupo antiestalinista en el que combatía fue capturado por la facción partidaria de José Stalin. Fue testigo de primera mano del autoengaño de los verdaderos creyentes. Hoy hay otro abanico de ‘ismos’, como el nacionalismo y el populismo, que operan a través de la activación de la más peligrosa de las emociones, el resentimiento. Y allá donde se mire en el mundo contemporáneo, hombres autoritarios ocupan posiciones de poder. Comparten la necesidad de aplastar a la oposición, un fanático terror al disenso y el autobombo. Los grandes hermanos dejaron de ser una broma y ahora se pavonean por el mundo. Pero el mayor horror en la distopía orwelliana es el sistemático despojo del significado del lenguaje. El régimen se propone erradicar muchas palabras y las ideas y sentimientos que significan. Su verdadero enemigo es la realidad. La novela ‘1984’ habla de una sociedad en la que se adultera la historia de acuerdo a la conveniencia del partido único gobernante. Las tiranías intentan hacer imposible entender el mundo real y buscan sustituirlo con fantasmas y mentiras. El audaz primer acto de disidencia de Winston Smith había sido ocultarse de la vista de la cámara que todo lo veía para escribir un diario en el que reflejar su propia visión de sí mismo y de su mundo interior. Sabe que su acto de escribir lo abocaría a la pena de muerte si es descubierto. Cuando finalmente sucumbe a la tortura confiesa que “dos más dos es igual a cinco”. Había descubierto que realmente pueden “meterse dentro de ti” y que “algo se muere dentro de tu pecho, quemado, cauterizado”.

El terror en ‘1984’ es la aniquilación del yo y la destrucción de la capacidad para reconocer el mundo real. No hay relativismo casual en la obra de Orwell. El autor entiende perfectamente lo duro que es que las cosas sean como deben ser. Sin embargo, su historia hace identificar el terror de un mundo en que la gente tiene cada vez menos y menos palabras para usar y su pensamiento está distorsionado por las ideologías. En todas partes del mundo en que imperan las tiranías ‘1984’ está prohibida, pero, por supuesto, circulan copias piratas. Y las ventas han aumentado también en países considerados democracias estables. En India y en Reino Unido, en China y en Polonia, el público está volviendo a ‘1984’. En Estados Unidos se vende cada vez más, a medida que la gente busca una manera de afrontar la realidad del gobierno de Donald Trump.

‘1984’ no puede entenderse sin la personalidad de su autor. No puede separarse la obra de Orwell de su autor. Se le ve cada vez más como una especie de santo, pero cuánto se reiría de las estatuas con su figura que están apareciendo. Su visión sobre las feministas, que no sobre las mujeres, los vegetarianos y otros grupos difícilmente pasarían la prueba hoy día. Pero hablamos de un hombre que vivió de acuerdo a sus convicciones. Quiso ser pobre a toda costa, combatió por lo que creyó que era lo correcto, fue incondicionalmente generoso y cordial con otros escritores, y, aun así, se enseñó a sí mismo a mirar al mundo aunque no fuese como a él le hubiera gustado. Nunca fue obediente y desenterró para nuestra mirada lo peor de sí mismo. Su distante integridad resulta única. No es solo el hecho de que vivamos en un mundo transformado por la perspicacia de Orwell acerca de lo que da forma a la opresión, sino que ‘1984’ es también un manual para tiempos difíciles. El conocimiento es una forma de fortaleza y a todos se nos está poniendo a prueba.

Joe Biden eligió a Kamala Harris como la candidata demócrata a vicepresidente de Estados Unidos. “Es una luchadora por los desfavorecidos y una de las mejores funcionarias públicas del país”, indicó el ex vicepresidente de Barack Obama en su cuenta de Twitter a la hora de realizar el anuncio. Minutos después, Harris se expresó también a través de su cuenta de Twitter: “Joe Biden puede unir al pueblo estadounidense porque se ha pasado la vida peleando por nosotros. Y como presidente, él va a construir unos Estados Unidos que estén a la altura de nuestros ideales”. Harris, la única mujer afroamericana en el Senado de Estados Unidos, ha marchado en las calles y ha patrocinado una nueva legislación de reforma policial en el Congreso, y además ha sido una enérgica defensora del cambio social y una feroz crítica del presidente Donald Trump. La senadora por California, nacida de padre jamaiquino y madre india, ya se había convertido en una aliada clave del Biden, dispuesta a desafiar al mandatario republicano en las elecciones del 3 de noviembre. Millones de estadounidenses y de ciudadanos demócratas de todo el mundo desean que Donald Trump, el presidente de los 200.000 muertos por el COVID-19 y millones de contagiados, en el epicentro mundial de la pandemia, deje la Casa Blanca.

Con su reelección por otros cuatro años, ‘La terra trema’. Hay películas como ‘La tierra tiembla’ que nos acompañan en todo nuestro devenir existencial. Filmes cuyas imágenes quedan grabadas en nuestros corazones y que, en cualquier época de la vida, vemos con los ojos emocionados del recuerdo. ‘La terra trema’ (1948), de Luchino Visconti (1906-1976), es unas de esas mágicas obras que logra alcanzar lo que sólo las creaciones maestras alcanzan: derrotar al olvido. Este hito del cine cuenta una historia muchas veces contada, pero con la belleza, la sencillez y la hondura que únicamente los genios como Visconti son capaces. Se trata de una película donde unos seres humanos luchan contra las injusticias que les infligen otros individuos. En la lucha se persigue la libertad y la dignidad. ‘La terra trema’ constituye una de las piedras angulares del cine italiano de posguerra junto con ‘Roma, ciudad abierta’ (1945), de Roberto Rossellini, y ‘Ladrón de bicicletas’ (1948), de Vittorio de Sica. Todas ellas se encuadran dentro del movimiento cinematográfico conocido como neorrealismo, tan importante en la cultura europea y universal del siglo XX.

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