“El Covid-19 es un castigo que Alá hace recaer sobre los no musulmanes de Europa Occidental y Norteamérica”

El Bestiario

Un ‘think tank’, cuya traducción literal del inglés es “tanque de pensamiento”, laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico, centro de pensamiento o centro de reflexión​ es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora, cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos. Los ‘think tanks’ suelen ser organizaciones sin ánimo de lucro, y a menudo están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas o de otro tipo. Normalmente en ellos trabajan teóricos e intelectuales multidisciplinares, que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Defienden diversas ideas, y sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos y Europa Occidental. Además de promover la adopción de políticas, entre las funciones que cumplen los ‘think tanks’ están las de crear y fortalecer espacios de diálogo y debate, desarrollar y capacitar a futuros paneles políticos en su toma de decisiones, legitimar las narrativas y políticas de los regímenes de turno o los movimientos de oposición, ofrecer un rol de auditor de los actores públicos y canalizar fondos a movimientos y otros actores políticos. En Madrid, la capital de España, una de las metrópolis de la actual pandemia. Existe el ‘think tank’ Real Elcano, donde han seguido trabajando. Tres de sus investigaciones las hemos utilizado para esta columna: ‘Covid-19 y bioterrorismo’, de Fernando Reinares, director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos; ‘La crisis del coronavirus y el estatus internacional de China: cuando la geopolítica y la política doméstica no van de la mano’, de Mario Esteban, investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, y ‘Estados Unidos frente al Covid-19’, de Carlota García Encina, investigadora principal del Real Instituto Elcano.

Pongámonos por un momento en la mente de un ideólogo o de un estratega que pertenezca al mando central de alguna importante organización yihadista. Bien podría tratarse de una de las dos organizaciones yihadistas con liderazgo reconocido, estructuras descentralizadas y alcance global, cuyos respectivos repertorios de violencia colectiva tienen en común el hecho de que otorgan preferencia al uso sistemático del terrorismo. Es decir, podría tratarse tanto de Al-Qaeda como de Estado Islámico. Pues bien, puestos en la mente de ese ideólogo o de ese estratega al que aludo, consideraríamos plausible que actualmente esté contemplando a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, desde algún lugar situado en, por ejemplo, el sur de Asia, en Oriente Medio o en el oeste de África, cómo la pandemia del Covid-19 está alterando drásticamente el funcionamiento ordinario de las instituciones políticas y el normal desenvolvimiento de la sociedad civil en países que definiría, textualmente, como territorio de guerra dominado por infieles y que corresponden al mundo occidental. “La extensión y la letalidad del Covid-19 están poniendo de manifiesto que ni en el nivel nacional, ni en el europeo, ni en el global, estábamos en condiciones de reaccionar adecuadamente”.

No nos costaría demasiado imaginar, puestos en la mente de ese ideólogo o de ese estratega yihadista, que estos días estuviese además pensando en cómo los atentados del 11 de septiembre de 2001, pese al excepcional impacto que tuvieron, no impidieron que la inmensa mayoría de los estadounidenses, aun sobrecogidos por tan inesperado acto de megaterrorismo, continuasen con sus rutinas cotidianas sin que se clausuraran empresas ni se cancelaran espectáculos. Tampoco se nos antojaría raro que discurriese sobre cómo, pese a su alta letalidad y a la indudable conmoción que ocasionaron, los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid o los del 7 de julio de 2005 en Londres no derivasen en una perturbación tan severa de la vida social y de las economías nacionales. Ni nos resultaría extraño que diera vueltas a cómo el enorme impacto de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París no hizo que los ciudadanos franceses se confinaran temerosos en sus hogares durante semanas o que las autoridades cerraran escuelas, universidades, salas de concierto, hoteles y restaurantes.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Es muy probable que ese ideólogo o estratega yihadista esté convencido de que la pandemia que se extiende por Europa Occidental y Norteamérica es un castigo que Alá hace recaer sobre los no musulmanes. Puestos en su mente, sin embargo, podemos entender con facilidad que esté mascullando si, una vez que Occidente supere la crisis del coronavirus que en estos momentos observa a través de la prensa online y de las aplicaciones de mensajería instantánea, incluso sin conocer todavía cuáles serán la duración y los efectos finales de la misma, no sería posible volverlo a sumir en otra que conllevara su irreversible decadencia. Una nueva crisis derivada no ya de una gran epidemia o una pandemia desencadenada a partir de un brote natural sino mediante la liberación intencionada de patógenos virales suficientemente dañinos y contagiosos. Ello causaría decenas o centenares de miles de muertos y un pánico en millones de personas que, agravado por el carácter provocado de la propagación de la enfermedad, desbarataría los fundamentos del orden social occidental. Eso es bioterrorismo.

Pero un ataque bioterrorista de esa magnitud, similar o mayor en sus efectos sociales y económicos a los que está produciendo el Covid-19, requiere de unos medios que, como el ideólogo o el estratega en cuya mente nos hemos puesto reconocería, no están hoy al alcance de las organizaciones yihadistas. Aunque tanto al-Qaeda cuando tenía su base en Afganistán, como Estado Islámico mientras impuso su califato en Siria e Irak, han mostrado interés en utilizar con propósitos terroristas bacterias o toxinas, cabe deducir que si no lo han conseguido es debido a su incapacidad para aunar el conocimiento, los materiales y la infraestructura necesarios. Es improbable, más aún respecto a la obtención, multiplicación y diseminación de patógenos virulentos, que estas condiciones cambien a corto plazo, aunque serán distintas si esas organizaciones yihadistas movilizan una masa crítica de extremistas con formación o experiencia científica, consiguen acceso a recursos tecnológicos en laboratorios, se establecen en nuevos santuarios o negocian acuerdos con algún proveedor estatal. “Las medidas de protección necesarias ante una pandemia como la que estamos viviendo y las que nos prepararían ante otra derivada de un ataque bioterrorista coinciden en gran parte”. Ahora bien, ¿acaso un ataque bioterrorista diseñado para ocasionar una gran epidemia regional o una pandemia que, como la del Covid-19, previsiblemente incida con especial intensidad sobre las sociedades occidentales no pondría en peligro la vida de los propios terroristas o de musulmanes residentes en ellas? El ideólogo o estratega en cuya mente nos hemos puesto tendría respuestas que dar a esta pregunta. En primer lugar, definiría como acto de martirio la muerte de cualquier yihadista que pereciera tras haberse implicado directa o indirectamente en el ataque. En segundo lugar, aduciría que, antes de llevar a cabo el ataque, su organización cumpliría con la obligación religiosa de instar a los infieles a que se conviertan y de advertir a los musulmanes que emigren hacia territorios del islam. Por último, siempre podrá acudir a algún conocido doctrinario salafista que alegaría un hadiz como prueba literal de que no hay transmisión de enfermedades infecciosas sin permiso de Alá, de que el contagio de una persona sana por otra infectada sólo ocurre si es voluntad de Alá. Añádase a todo ello que los actores individuales y colectivos del yihadismo global cuentan desde 2003 con un edicto religioso que justifica la utilización de armas de destrucción masiva si disponen de ellas y no pueden derrotar a los infieles por otros medios.

Los terroristas inspirados por la ideología del salafismo yihadista no son los únicos supremacistas que han aspirado a utilizar el bioterrorismo

La realidad del Covid-19 y la generalizada zozobra que está produciendo en un buen número de naciones occidentales, además de la crisis ocasionada en China, de donde procede el brote de ese coronavirus, o de la inquietud en distintos países de otras regiones del mundo, nos sitúan frente a la amenaza real de una pandemia de origen natural y diseminada involuntariamente. Pero también nos emplaza a reflexionar sobre la amenaza potencial de una epidemia a escala regional o de una pandemia derivada del bioterrorismo. La probabilidad de que una organización yihadista consiga preparar y ejecutar un ataque bioterrorista comparable en sus resultados a la enorme crisis del nuevo coronavirus desencadenada por una masiva infección que tiene en Europa Occidental el epicentro de su transmisión, es baja. Pero la realidad del Covid-19 permite vislumbrar su posibilidad, incluso como amenaza existencial. Sin olvidar que los terroristas inspirados por la ideología del salafismo yihadista no son los únicos supremacistas que, en las últimas décadas, han aspirado a utilizar el bioterrorismo.

Las medidas de protección necesarias ante una pandemia como la que estamos viviendo y las que nos prepararían ante otra derivada de un ataque bioterrorista coinciden en gran parte. Esas medidas, basadas en la prevención, la detección y la respuesta, muy especialmente en lo que atañe a la existencia de vacunas que permitan contener y mitigar la propagación de un virus, pero también a la cobertura de los sectores sociales más vulnerables y al mantenimiento de la seguridad pública, exigen programas de anticipación y emergencia diseñados de manera coordinada en el ámbito nacional, que en escenarios tan interconectados como el de la UE han de ser complementados con iniciativas regionales a su vez enmarcadas en una estrategia global. La extensión y la letalidad del Covid-19 están poniendo de manifiesto que ni en el nivel nacional, ni en el europeo, ni en el global, estábamos en condiciones de reaccionar adecuadamente. Extraer lecciones de lo que está pasando será fundamental para afrontar otras pandemias, incluidas las imaginables como bioterrorismo. El estratega o el ideólogo yihadista en cuya mente nos acabamos de poner también extraerá las suyas.

La diplomacia de China siembra dudas sobre el origen del virus, dando pábulo a teorías conspiratorias que apuntan a EE UU

En contra de lecturas algo apresuradas que concluyen que la crisis del coronavirus reforzará la influencia internacional de China, un análisis más completo lleva a pronosticar un impacto más bien negativo sobre su posición económica y política en el mundo. “Más allá del efecto sobre los equilibrios internacionales de poder derivados del impacto directo del coronavirus en China, el desarrollo de esta pandemia puede tener un mayor efecto sobre el lugar que ocupa el gigante asiático dentro de la comunidad internacional que sobre el de otros países”. Ser el origen del Covid-19 y haber actuado con falta de transparencia en el momento inicial será aprovechado por EE UU para redoblar su campaña sobre los riesgos de que las cadenas de valor de las empresas dependan demasiado de un país inseguro y las dudas acerca del liderazgo que puede jugar en la gobernanza global un país tan opaco. Por eso las autoridades chinas están intentando compensar ese relato con muestras de su supuesta eficacia en el control de la epidemia, la colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la solidaridad sanitaria en algunos países europeos como Italia o España (algo facilitado por la actitud poco proactiva de Estados Unidos y de la Unión Europea hasta el momento). A nivel interno, también parecen equivocadas las previsiones iniciales que apuntaban a una pérdida de legitimidad del régimen. Al contrario, es probable que incluso se refuerce la posición del Partido Comunista, y si no lo hace será porque la economía se deteriora, pero no por causas políticas. Paradójicamente, en las democracias occidentales sí podrían producirse crisis de gobierno debido el daño económico y la gestión misma de la enfermedad.

Más allá del efecto sobre los equilibrios internacionales de poder derivados del impacto directo del coronavirus en China, el desarrollo de esta pandemia puede tener un mayor efecto sobre el lugar que ocupa el gigante asiático dentro de la comunidad internacional que sobre el de otros países, debido a que el Covid-19 se originó en Wuhan. Esto no ha pasado desapercibido para múltiples actores dentro y fuera de China, que se preguntan por el papel que han jugado las autoridades chinas en el origen y gestión de esta crisis, aunque lamentablemente esto derive en ocasiones en alegaciones infundadas, como que el virus había sido creado en un laboratorio chino. En este contexto, en Pekín están particularmente preocupados por dos cuestiones: el lugar de China dentro de las cadenas globales de suministro y su imagen internacional. “En esta coyuntura cobra una enorme importancia la batalla por la narrativa sobre la crisis del coronavirus”.

Donald Trump anima a sus empresarios a reducir su dependencia de China, diversificar proveedores y relocalizar su producción en EE UU

En China, al igual que en el resto del planeta, hay una gran intranquilidad sobre los efectos económicos de la crisis del coronavirus. Aunque gran parte de este debate pivota en torno al impacto sobre el ritmo del crecimiento económico a corto plazo, a las autoridades chinas también les inquietan los efectos estructurales a medio y largo plazo sobre el lugar que ocupa su país en las cadenas globales de valor. La Administración Trump ha animado constantemente a las empresas norteamericanas a reducir su dependencia de China, a diversificar proveedores y a relocalizar sus actividades productivas en EE UU, y ha impulsado este proceso mediante una guerra comercial con China que también ha afectado a las empresas de terceros países que producen en este país. Todo ello ha tenido un impacto negativo sobre la economía china, que creció en 2019 medio punto porcentual menos que en 2018. En este marco, la crisis del coronavirus contribuye a erosionar todavía más la posición de China como fábrica mundial, proporcionando munición a quienes cuestionan la fiabilidad del gigante asiático como base productiva, alegando que presenta múltiples dificultades que no se dan en las democracias avanzadas. Además, esta crisis añade una dimensión securitaria nueva a esta controversia, muy vinculada en los últimos meses al desarrollo de las redes 5G, y que apunta ahora también a los riesgos de depender de China para la provisión de medicamentos y suministros médicos.

En esta coyuntura, cobra una enorme importancia la batalla por la narrativa sobre la crisis del coronavirus. De ahí que, una vez que lo peor de la emergencia sanitaria en China ha quedado atrás, las autoridades de este país hayan pasado a la ofensiva para difundir una interpretación que contribuya a mejorar su imagen internacional. Cuando las noticias sobre una nueva enfermedad originada en Wuhan comenzaban a copar los medios de todo el mundo, el foco se ponía frecuentemente sobre dos cuestiones que dejaban en mal lugar a las autoridades chinas. En primer lugar, el origen de la enfermedad, derivado de prácticas alimentarias que eran legales a pesar de constituir una amenaza evidente para la salud pública. En segundo lugar, la estrategia de ocultación con la que se intentó gestionar en las primeras semanas la terrible amenaza sanitaria que se estaba gestando en Wuhan y cuya víctima más célebre fue el médico Li Wenliang. Esta falta de transparencia, que según algunos informes también se tradujo en presiones para que la OMS (Organización Mundial dela Salud) minimizara esta amenaza, ha generado una vez más dudas sobre el papel que puede jugar en la gobernanza global un país tan opaco como China.

El coronavirus evidencia los efectos negativos que están teniendo las tensiones entre Washington y Pekín para la comunidad internacional

Este escrutinio internacional sobre la responsabilidad de las autoridades chinas en el origen del Covid-19 y su respuesta durante las primeras semanas desde la aparición de esta enfermedad, no hará más que agudizarse a medida que las contundentes repercusiones sanitarias, económicas y políticas de esta crisis vayan golpeando los diferentes rincones del planeta. De ahí el empeño de la diplomacia china por sembrar dudas sobre el origen del virus, criticando a los medios occidentales por dar por sentado que se originó en China y dando pábulo a teorías conspiratorias que apuntan a EE UU como el origen del virus. Asimismo, la retórica oficial china subraya la eficacia en la gestión de las autoridades chinas como el elemento clave que ha permitido una rápida contención de la epidemia dentro del país y que el resto de los países tuvieran más tiempo para preparar una respuesta antes de que la enfermedad alcanzase su territorio. “China se presenta como un actor clave en la lucha de la comunidad internacional contra el coronavirus”. Desde este punto de vista, China se presenta como un actor clave en la lucha de la comunidad internacional contra el coronavirus por su colaboración con la OMS, su conocimiento sobre la enfermedad, su experiencia en la contención del Covid-19, sus medidas para mantener a flote la economía global, y su cooperación práctica con otros países gravemente afectados. En este último punto, destaca, por el momento, el envío de un equipo médico y 30 toneladas de material médico a Italia. España ha sido el siguiente ejemplo tras las gestiones de la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, con su homólogo chino. También hay que subrayar la contribución de la diáspora china, que en España se está movilizando en múltiples lugares para facilitar mascarillas a la población y, especialmente, a personal sanitario y policía.

Esta colaboración práctica es muy apreciada por los líderes y por la población de los países afectados y puede contribuir a la mejora de la imagen de China en estas zonas, que son, potencialmente, aquellas donde más se podría deteriorar dicha imagen. Además, la velocidad de la respuesta internacional de China contrasta con la lentitud de la UE y el unilateralismo de la Casa Blanca, cuya máxima expresión ha sido, por el momento, el intento de reclutar a virólogos alemanes de la Universidad de Tubinga para que trabajen en exclusiva para EE UU. En este sentido, cuanto menor sea la movilización de los actores tradicionales para afrontar la crisis del coronavirus fuera de sus fronteras, mayor será la visibilidad que adquiera la ayuda China y su apreciación como socio privilegiado. Aquí, teóricamente, se podría abrir una ventana de oportunidad para China por reforzar sus vínculos bilaterales con los países europeos en detrimento de EE UU, pero su recorrido probablemente será limitado por dos motivos. Primero, porque no es esperable que China destine a Europa una gran cantidad de ayuda, dados su panorama macroeconómico y el sentir de su opinión pública. Segundo, porque los países miembros de la UE seguirán manteniendo lazos más estrechos con EE UU que con China en materia económica y de seguridad.

Malestar popular con Xi Jinping por ocultar la aparición del COVID-19, reprimir a quienes intentaban informar y reaccionar de manera tardía

Merece la pena profundizar un poco más sobre el papel de EE UU, pues el coronavirus supone una evidencia más de los efectos negativos que están teniendo las tensiones entre Washington y Pekín para la comunidad internacional. La Administración Trump decidió reducir sustancialmente la cooperación con China en materia sanitaria, lo que afectó al personal de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades desplegado en China. Esto ha evitado que hayan podido desempeñar un papel más significativo en la fase inicial de lucha contra el coronavirus, como sí hicieron en 2002 y 2003 frente el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS). Es más, cualquier salida a la crisis económica global en ciernes será mucho más compleja si no hay una respuesta coordinada internacionalmente, lo que parece difícil en el actual clima de desconfianza entre estas dos potencias. En cuanto a los efectos políticos dentro y fuera de China de la gestión de la crisis del coronavirus, la situación es mucho más ambigua y es bastante más probable que genere desafíos al liderazgo de gobernantes democráticos que al régimen del Partido Comunista de China. Es más, este último podría ver consolidada su posición. Estamos ante una situación paradójica, pues las autoridades del país cuya imagen puede verse más deteriorada por la crisis del coronavirus parecen correr menos riesgo de ver erosionado su liderazgo que sus contrapartes de otras latitudes.

En China ha habido un importante malestar popular con las autoridades por intentar ocultar la aparición del Covid-19, reprimir a quienes intentaban informar de ello y reaccionar de manera tardía a la aparición de esta enfermedad. Numerosos medios y analistas se hicieron eco de esta situación fuera de China apuntando la posibilidad de que fuera el preludio de una ola de presión popular que conseguiría avances significativos en el derecho de acceso a la información y en la libertad de expresión en este país. Esta era la narrativa que a mediados de febrero inundaba las cabeceras de medio mundo, presentando el coronavirus como el Chernóbil chino. Sin embargo, un mes después, China está en vías de superar completamente esta pandemia, la población china ha incrementado su exposición a nuevas tecnologías que pueden usarse para el control social y las comunidades chinas asentadas en varias de las democracias más desarrolladas del mundo comparan positivamente las medidas aplicadas en China para atajar el coronavirus frente a las que se están aplicando en los países donde habitan. Esto no quiere decir que la crisis del coronavirus no pueda erosionar la posición de las autoridades chinas, pero lo haría debido al deterioro que pueda provocar sobre la situación económica en el país, cuyo calado aún está por ver, no por una demanda directa de mayores libertades civiles o derechos políticos. “Esto hace que sea más factible que el Covid-19 acabe generando crisis de gobierno en países que son más plurales políticamente que China”.

Esto contrasta con la situación en las democracias occidentales, cuyos líderes necesitan para mantenerse en el poder el apoyo de una ciudadanía menos dispuesta que la china a sacrificar derechos y libertades individuales en nombre de la seguridad y que cuenta con otras opciones políticas a las que brindar su apoyo en caso de que sus dirigentes no contengan eficazmente la emergencia sanitaria. Esto hace que sea más factible que el Covid-19 acabe generando crisis de gobierno en países que son más plurales políticamente que China, aunque dichos gobiernos también podrían recibir réditos electorales gracias a una gestión exitosa de esta pandemia. Estos efectos pueden ser particularmente relevantes en las próximas elecciones estadounidenses y en el Reino Unido, donde Boris Johnson está tomando medidas que se apartan de las seguidas por la mayor parte de los países europeos y que podrían tener consecuencias dramáticas. El Covid-19 le contagió, llevándole hasta la UCI en grave estado, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Mientras la pandemia se expandía por Asia, Europa y EE UU, el presidente norteamericano parecía desconectado de una crisis global

Después de semanas de hacer ignorado la posibilidad de que el Covid-19 se propagara por EE UU, el gobierno estadounidense se prepara por fin para hacer frente a una emergencia nacional. La estructura federal da a los estados las competencias en seguridad y salud, que implementan y gestionan, mientras que el gobierno federal les da el apoyo financiero y las directrices. Lo que sí ha descartado Washington es liderar cualquier esfuerzo internacional para atajar la propagación del nuevo virus y hacer frente a las consecuencias. Políticamente también están surgiendo las primeras consecuencias, con los demócratas que han visto trastocadas sus primarias, mientras que Trump busca garantizarse su reelección a pesar de la crisis. Han pasado varias semanas desde que acabó el juicio del ‘impeachment’ contra Donald Trump y casi ocho desde el primer caso de Covid-19 en EE UU. La absolución del presidente, gracias a la mayoría republicana en el Senado, le otorgó de una forma tácita poder más que suficiente como para seguir actuando como había hecho hasta entonces. Durante las semanas posteriores al juico político, atacó a jueces y fiscales por condenar a su amigo y ex asesor Roger Stone; echó al embajador estadounidense en la UE y al director para Asuntos Europeos del Consejo de Seguridad Nacional; obligó a otros a renunciar a sus puestos por haber colaborado en la investigación del ‘impeachment’; y echó al director en funciones de Inteligencia Nacional por avisar de los esfuerzos de Rusia para interferir en las elecciones del 2020. Mientras, el coronavirus se expandía por Asia y Europa y también por EE UU, pero Trump parecía desconectado de una crisis global que empezaba a tener forma.

Extrañaba su prudente actitud inicial dada su reconocida fobia a los gérmenes. Todo respondía a una estrategia política que prefería ignorar la información y los consejos de los expertos para evitar cualquier molestia a los mercados. Una estrategia con la que tampoco se quería incordiar a China, con la que Washington acababa de alcanzar un acuerdo comercial, llamando demasiado la atención sobre el virus o sobre sus errores de gestión. Además, su propia reelección también quería cuidarla. Creó, eso sí, un Cuerpo Especial para el Coronavirus con el objetivo inicial de informar y hacer un seguimiento del brote en China, con quien afirmaba que estaba trabajando muy de cerca. De hecho, el gobierno estadounidense envió varias cajas con ayuda al país asiático y prometió 100 millones de dólares de ayuda a China y demás países afectados. Mientras, preparaba nuevas evacuaciones de ciudadanos estadounidenses desde Wuhan.

Había pasado ya un mes desde que el nuevo virus llegara a EE UU, pero el riesgo, según la Casa Blanca, seguía siendo mínimo

Donald Trump presionó a sus propios funcionarios para que quitaran hierro al asunto y algunos incluso advirtieron de la oportunidad que se abría para la economía estadounidense porque la crisis desencadenada en China podría traer de vuelta algunos empleos. Prefirió, además, dejar varado un crucero frente a la costa de California en vez de desembarcar a los pasajeros y tratarlos, para que los infectados no computaran en la casilla de EE UU. Afirmaba una y otra vez que el virus estaba bajo control y que cualquier idea contraria era un “bulo” de los Demócratas, que comenzaban a criticar su gestión frente a la expansión del Covid-19. Había pasado ya un mes desde que el nuevo virus llegara a EE UU, pero el riesgo, según la Casa Blanca, seguía siendo mínimo para los estadounidenses. Sin embargo, a nivel local se empezaban a cerrar algunas escuelas y universidades, y se limitaban o suspendían las reuniones públicas.

El 11 de marzo la OMS declaró la pandemia a nivel mundial por el Covid-19, momento en el que Donald Trump decidió pivotar y declarar, desde el Despacho Oval, la guerra al “virus extranjero”. Echó la culpa primero a China y después a la UE por propagarlo –sin expresar solidaridad por lo que estaba pasando en lugares como el norte de Italia– e insistió en el “bajo, bajísimo, riesgo para los estadounidenses”. La declaración estuvo impregnada de un severo tono nacionalista, quizá no el más adecuado después de haber tenido que cambiar radicalmente de postura. Animó al Congreso a aprobar un recorte en el impuesto sobre la renta, advirtió a la gente de más edad que tuviera cuidado y evitara viajes no esenciales, y prohibió los vuelos de Europa a EE UU, una medida que posteriormente tuvo que clarificar y rectificar en algunos puntos (como que la prohibición afectaba también a las mercancías). No fue capaz de explicar la escasez de pruebas diagnósticas en el país y no habló sobre cómo debían prepararse para afrontar lo que se les venía encima. En vez de llevar la calma, su discurso desde la Casa Blanca aumentó la confusión en los mercados y entre los viajeros estadounidenses y los líderes internacionales.

Dos días después, declaró la emergencia nacional porque ya no podía infravalorar al “virus extranjero” que había trasladado el campo de batalla a su frente interno. La situación de emergencia nacional está diseñada para acelerar el apoyo federal a estados y localidades que habían comenzado a combatir la enfermedad, con la liberación de 50,000 millones de dólares de fondos federales, que se sumarían a los 8,300 millones de dólares para apoyar a las personas que se quedaran sin empleo como consecuencia de las medidas restrictivas que a nivel local se estaban implementando y que el Congreso tenía pendiente de aprobar. El fondo de emergencia se proporcionaría a través del Stafford Act, una ley federal que rige los esfuerzos de ayuda ante desastres naturales que, a diferencia de las pandemias, suelen afectar a una región concreta y no a todo el territorio. La decisión de tomar este paso era, además, una admisión tácita de los errores cometidos.

La economía es ahora principal preocupación para Donald Trump, es año electoral y su buena marcha parecía garantizarle la reelección

La Reserva Federal anunció seguidamente el recorte de los tipos de interés a prácticamente cero junto con otra serie de potentes medidas. Desde entonces la respuesta de la Administración ha ido escalando peldaños, presentándose un segundo paquete de estímulo de 850,000 millones de dólares que dé alivio a las aerolíneas, a las pequeñas empresas y a los contribuyentes, y un tercer paquete en la que trabaja el Congreso y que cuenta con el apoyo de la Casa Blanca, con el que se puede alcanzar una cifra record de miles de millones de dólares, incluido un cheque de 1,000 dólares a cada estadounidense. Se trata de sacarlo adelante con el apoyo del Partido Republicano, que tiene la responsabilidad de compartir las decisiones presidenciales en esta complicada situación. Desde entonces las apariciones del presidente de EE UU reflejan un cambio radical ante esta crisis, con un semblante mucho más serio, advirtiendo sobre la prolongación de la crisis y sobre la recesión económica que se les viene encima. La economía es ahora su principal preocupación, sobre todo porque es año electoral y su buena marcha parecía garantizarle la reelección.

La capacidad y el papel del gobierno federal en EE UU en una situación como esta no son los mismos que los de China o de muchos otros países occidentales. La Décima Enmienda a la Constitución de EE UU reserva a los estados las competencias sobre seguridad y salud pública. Son los estados, por tanto, lo que gestionan la seguridad y salud, que se ejecuta localmente bajo un mosaico de leyes y regulaciones que varían de jurisdicción en jurisdicción, mientras que el gobierno federal da apoyo, principalmente financiero. Algunas ciudades como Nueva York y Boston, tienen grandes presupuestos y regulaciones muy claras, e incluso experiencia en epidemias. También es cierto que una gran mayoría de EE UU tiene menos suerte a nivel local, con agencias que cuentan con poco presupuesto, poco personal y poca experiencia. Es precisamente en tiempos de crisis cuando grandes y pequeñas localidades se apoyan más que nunca en el Gobierno federal, porque necesitan no sólo sus fondos sino también sus directrices.

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, estableció la primera área de contención, la Guardia Nacional controló el aislamiento

En las primeras semanas desde el primer caso confirmado en EE UU, los líderes estatales y las instituciones sanitarias locales tomaran la iniciativa para frenar la propagación del Covid-19, junto con un dinámico sector privado y sin olvidar el compromiso cívico de los estadounidenses. Antes de que Donald Trump declarara oficialmente la guerra al Covid-19, corporaciones, universidades e iglesias se habían puesto a la vanguardia de los esfuerzos nacionales, activando duras medidas. Decenas de facultades y universidades, desde Berkeley hasta Harvard, cerraron; líneas aéreas como Delta y American Airlines informaron sobre la reducción de los vuelos internacionales; y las residencias de ancianos recomendaron prohibir las visitas de amigos y familiares. En New Rochelle, el gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, estableció la primera área de contención en el país, desplegando a la Guardia Nacional para controlar la zona de aislamiento. Algunos estados declararon la emergencia independientemente de la declaración de emergencia nacional que les permitía movilizar recursos ya y actuar rápidamente. San Francisco lo hizo el 25 de febrero, seguida de otras ciudades que declararon la emergencia sanitaria: el 29 de febrero lo hizo el estado de Washington, California el 4 y, de forma escalonada, le siguieron Maryland, Kentucky, Utah, Nueva York y Florida, estos dos últimos el 7 de marzo. Trump lo hizo el 13 del mismo mes.

Amazon restringió los vuelos a China de sus empleados a finales de enero y, posteriormente, los vuelos no esenciales dentro de EE UU. También donó un millón de dólares –al igual que Microsoft– a Seattle para mitigar los efectos económicos. Google anunció que sus trabajadores podrían trabajar desde casa inmediatamente después de que California declarara el estado de emergencia. Le siguió Facebook. Ambas compañías se reunieron con la OMS para hablar sobre posibles respuestas y proveyeron fondos al fondo de respuesta solidaria Covid-19, lanzado por la OMS junto a la Fundación de Naciones Unidas y la Fundación Suiza de Filantropía. La Fundación Bill y Melinda Gates ha prometido 100 millones de dólares para la investigación y tratamiento del nuevo virus, y docenas de compañías farmacéuticas e institutos de investigación se han agrupado para acelerar el desarrollo de una vacuna. Varios líderes civiles en EE UU tratan de difundir en el país la importancia más que nunca de defender los valores “americanos”, y de resistir la xenofobia y el racismo ante la llegada del coronavirus.

Tras minimizar riesgos, anteponiendo las “corazonadas” del presidente a la información de los expertos, la emergencia nacional llegó tarde

La respuesta estatal y local era, por tanto, la esperada con una estructura federal como la de EE UU, lo que no ampara, sin embargo, la desconcertante respuesta del gobierno nacional. Los errores de la Casa Blanca abarcan desde la retórica hasta la organización. Tras minimizar los riesgos, anteponiendo las “corazonadas” del presidente a la información de los expertos, la declaración de emergencia nacional llegó tarde; la decisión de prohibir los viajes desde Europa excluyendo inicialmente a Reino Unido e Irlanda creó incertidumbre y mucha preocupación porque demostró que la respuesta de la Casa Blanca se guiaba más por cuestiones exclusivamente políticas que por evidencias; y las colas y el caos en los aeropuertos estadounidenses tras las primeras restricciones aéreas, con cumplir con la recomendación de la “distancia social”, mostraba falta de coherencia y mucha improvisación por parte de la Administración. Se aseguró que a todo el mundo se le iba realizar una prueba diagnóstica cuando no era posible; se afirmó que estaban muy cerca de la vacuna cuando aún faltan meses, y se anunció que Google tenía una página web para hacer pruebas diagnósticas cuando era una idea aún sin implementar. Mientras algunos estados llevan días pidiendo al gobierno federal que les ayude ante la escasez de batas, guantes y mascarillas, se les dijo a los gobernadores que buscaran la manera de conseguir ventiladores y respiradores porque el gobierno federal no los iba a proporcionar. El gobernador Cuomo, por su parte, imploró el apoyo federal para construir hospitales temporales ante el desbordamiento de la red hospitalaria del estado, porque solo el estado federal tiene la capacidad y los recursos para convertir residencias universitarias e instalaciones gubernamentales en hospitales.

Uno de los principales fracasos a nivel federal ha sido la gran escasez de pruebas diagnósticas. Aquí hay que tener en cuenta dos componentes. Por un lado, los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) –la principal agencia federal de salud– insistieron en hacer sus propias pruebas diagnósticas rechazando las que la OMS había aprobado y distribuido al resto de países desde enero. En principio no era una tarea excesivamente complicada ya que China puso inmediatamente a disposición de cualquiera la secuencia del virus que permitía a los laboratorios elaborar rápidamente los test. Una vez que los CDC obtuvieron la primera prueba diagnóstica tuvieron que esperar a la aprobación por parte de la Food and Drug Administration (FDA), que no se obtuvo hasta la primera semana de febrero, y una vez que comenzó a utilizarse resultó ser deficiente. Otros laboratorios estatales y compañías privadas comenzaron a hacer test propios para Covid-19, pero sin la aprobación reguladora de la FDA no podían ser utilizados y, en cualquier caso, la información que se desprendiera de ellos no se tendría en cuenta. En suma, se estaban perdiendo unas semanas muy valiosas.

Las prácticas y los procedimientos se han ido perfeccionando en previos brotes, como el de la tuberculosis, la H1N1 y el Ébola

Pero incluso si la primera prueba diagnóstica de los CDC hubiera salido bien, los problemas de escasez hubieran continuado. El gobierno ha buscado desde el principio una estrategia que perseguía una mínima realización de pruebas, consistente con el mensaje político que estaba enviando a la opinión pública de que los riesgos eran mínimos. La situación que se generó fue la del desconocimiento sobre la magnitud real del Covid-19 en EE UU, lo que con toda probabilidad retrasó la implantación de medidas necesarias basadas en una realidad seguramente mucho más sombría. La Administración dejó así de lado uno de los principales ingredientes de la solución: los datos de los test y la información necesaria para saber dónde hay que dirigir la ayuda. La FDA, finalmente, ha levantado las barreras en términos de concesiones, abriendo la posibilidad a que los laboratorios de los hospitales puedan desarrollar sus propios test y comiencen a utilizarlos. Están por ver las consecuencias en la salud de los estadounidenses de este grave retraso.

El Covid-19 es un virus nuevo, pero la respuesta tanto a nivel local, estatal, nacional e internacional no lo es y, por lo tanto, en términos de planeamiento y preparación resulta bastante familiar. Las prácticas y los procedimientos se han ido perfeccionado en previos brotes, como el de la tuberculosis, la H1N1 y el Ébola. Cada una fue una oportunidad para aprender algo nuevo. Sin embargo, los signos de alerta de que EE UU no estaba preparada para afrontar una pandemia de estas características llevan parpadeando más de una década, apuntando en buena medida a su sistema sanitario. Además, a lo largo de múltiples administraciones –no sólo de la Administración Trump– los gobiernos de EE UU no han dado prioridad a estar de antemano preparados para una pandemia. Por lo general, el flujo de fondos que se destinan a mitigar o contener una situación así suelen venir siempre después de que la crisis ha estallado. En este sentido, la declaración de emergencia de Donald Trump sigue el patrón de crisis previas –SRAS, MERS, H1N1, Ébola, Zika– que liberaron miles de millones de fondos federales hasta que todo acabó y se olvidó. Aunque EE UU tiene desde hace años una estrategia nacional para la gripe pandémica, los manuales de estrategia no suelen incluir una financiación, sostenida en el tiempo, para adquirir una capacidad de preparación y respuesta ante una situación de emergencia. Aunque algunos, como el ex presidente demócrata Barack Obama, lo intentaron.

La pandemia de la gripe porcina o H1N1 en EE UU, en 2009, infectó a 60 millones de personas y aproximadamente 13,000 murieron

La última vez que el Gobierno de EE UU tuvo que hacer frente a la explosión de una pandemia en suelo estadounidense fue en 2009, con la gripe porcina o H1N1. Obama estaba aún completando su Gobierno cuando en primavera tuvo que reaccionar ante un gran reto que puso en evidencia los vacíos en la capacidad de EE UU de fabricar con rapidez vacunas, y afrontar la escasez de máscaras y suministros vitales para los hospitales. Pero una semana después del primer caso en EE UU, la FDA aprobó el test de diagnóstico, a las dos semanas se declaró la emergencia sanitaria y los CDC publicaron directrices para cerrar escuelas. Los críticos acusaron a Obama de excederse en la amenaza y se criticó la sobreactuación de Washington. En agosto de 2009 el Consejo Asesor del presidente en Ciencia y Tecnología estimó que podrían morir entre 30,000 y 90,000 personas. Cuando la epidemia en EE UU se dio por finalizada, 60 millones de personas se infectaron y aproximadamente 13,000 murieron. Cinco años después estalló la crisis del Ébola en África Occidental. De nuevo Obama respondió a una crisis, cuyo principal foco estaba fuera de sus fronteras, para proteger a los estadounidenses en casa. Había múltiples departamentos y agencias con una labor que hacer pero que apenas se hablaban entre ellas, una enorme orquesta llena de talentos sin que nadie les dirigiera. Para traer orden y harmonía puso al frente a Ron Klain, una especie de “zar de la epidemia” dentro de la Casa Blanca que lideraría una estrategia federal para el Ébola. Klain estableció los roles y los presupuestos de las varias agencias, con una persona al mando en cada país azotado por el Ébola y en EE UU. La orquesta empezó a tocar y todos en la misma tonalidad. Fue entonces Donald Trump el que provocó el miedo, criticó duramente a Obama, y se mostró a favor de abandonar a los ciudadanos estadounidenses infectados y expuestos sin traerles a casa para ser tratados.

Aprovechando la experiencia y lo que se construyó durante la crisis del Ébola, la Administración Obama configuró un grupo permanente de seguridad de salud global en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca al que por entonces se había unido el equipo del Consejo de Homeland Security con la idea de que los asuntos de seguridad no entendían de fronteras (y menos las pandemias). Este grupo estaba en permanente consulta con los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) y los CDC y contaba con el asesoramiento diplomático del Departamento de Estado. La calidad de la relación y de los procesos interagenciales serían fundamentales para que éxito o el fracaso de crisis futuras.

De esta burocracia no queda nada. Cuando comenzó a rodar la Administración Trump, el presidente no tardó en mostrar interés por recortar la ayuda internacional que el Gobierno federal gastaba para prevenir posibles brotes epidemiológicos a través de los NIH, los CDC, la Agencia de EEUU para el Desarrollo (USAID, por sus siglas en inglés) y Naciones Unidas. Empezó a dejar sin cubrir varios puestos en salud pública mientras los expertos advertían que se estaba cometiendo un gran error.

El Congo anuncia un nuevo brote del Ébola, Timothy Ziemer, líder de la seguridad de salud global, nombrado por Barack Obama, es cesado

Los esfuerzos de la Casa Blanca por reducir la financiación de los programas de seguridad sanitaria global de la era Obama continuaron en 2018, enviando un potente mensaje al mundo de que, en este terreno, EE UU no estaba dispuesto a poner demasiado de su parte. Cuando la República Democrática del Congo anunciaba un nuevo brote del Ébola, Timothy Ziemer, que lideraba la seguridad de salud global en el Consejo de Seguridad Nacional, salía de la Casa Blanca y se disolvía su equipo. John Bolton, entonces asesor de Seguridad Nacional, había decidido remodelarlo. La salida de Ziemer junto con la del asesor Tom Bossert, eliminaba a las dos persones que estarían a cargo de la respuesta ante una pandemia desde la Casa Blanca. La sección global de los CDC fue drásticamente reducida en 2018, con la mayor parte del equipo despedido y reduciendo el número de países en los que trabajaba de 49 a 10. Y lo mismo ocurrió con otras agencias y programas federales.

Bill Gates se había reunido repetidamente con Bolton y su predecesor, McMaster, alertando sobre los recortes en la infraestructura de salud global, advirtiendo sobre la posibilidades de que se diera una larga y letal pandemia. El think-tank CSIS advirtió sobre la gravedad por la falta de preparación de EE UU, debiendo invertir ahora y ganar protección y seguridad o esperar a la siguiente epidemia y pagar un precio mucho más alto en coste humano y económico. De no haberse desmantelado esa estructura formal en la Casa Blanca, EE UU quizá hubiera estado en una mejor posición para entender lo que estaba pasando y habría actuado de forma más rápida. Al carecer de ella, la Administración Trump improvisó un Cuerpo Especial del Coronavirus, inicialmente liderado por Alex Azar, secretario de Salud y Servicios Sociales (HHS, por sus siglas en inglés), junto con representantes de los CDC, del Departamento de Estado, del Departamento de Homeland Security, la Oficina de Gestión y Presupuesto (OMB) y el Departamento de Transporte. No se sabía muy bien cómo iba a funcionar, pero pronto surgieron los roces por quiénes estaban y quiénes faltaban, sobre quién aparecía en televisión o quién respondía a las preguntas de los periodistas. Los republicanos del Congreso pedían una respuesta más contundente y Trump decidió entonces poner al frente al vicepresidente Mike Pence, mientras volvía a cambiar a su jefe de Gabinete, Mick Mulvaney, por Marck Meadows. Todo esto ha generado muchos fallos en la comunicación sobre lo que se estaba haciendo, junto con la ausencia de directrices sobre cómo actuar, por lo que se ha vuelto a perder un tiempo valioso. Afortunadamente, comienzan a solventarse los problemas gracias al buen trabajo del vicepresidente Pence, que se reúne a diario con gobernadores y expertos, y trata de lidiar con la crisis y con el presidente.

Washington trató de persuadir a una empresa alemana que trabajaba en una vacuna contra el coronavirus que fuera “Sólo para América”

Ningún país por sí solo va a poder resolver esta situación y es necesaria una respuesta cooperativa internacional, liderada o no por EE UU. Hasta hace poco, la ayuda internacional y en particular la destinada a salud global había fortalecido el liderazgo de EE UU. Los miles de millones gastados en el President’s Emergency Plan for AIDS Relief (PEPFAR) hizo que George W. Bush sea hoy en día una de las figuras más populares de África. Los científicos asiáticos y africanos educados en las universidades de EE UU o apoyados por los NIH y la USAID de vuelta a sus países, forjaron fuertes lazos y colaboración con las instituciones de EE UU para avanzar en los intereses científico, académico y educativo. En 2019 EE UU publicó su propia Estrategia de Seguridad de Salud Global, en la que precisamente se subraya el continuo compromiso de los Gobiernos estadounidenses con los esfuerzos para establecer y mantener una capacidad de seguridad de la salud global. Este marco para trabajar en la mejora de las capacidades nacionales e internacionales no va acompañado, sin embargo, de programas específicos, ni de fondos, ni de prioridades. Y por lo que se ha visto hasta ahora, el presidente no parece tener ningún interés en implementarla.

En circunstancias normales, una crisis de estas características habría empujado a EE UU a asumir el liderazgo internacional movilizando de recursos y reuniendo a los países para remar en la misma dirección. Ese fue el caso tras el tsunami en el Sureste asiático, en la crisis financiera de 2008 y tras el brote del Ébola en 2019. Ahora no quiere ser más el director de orquesta de una comunidad internacional de la que tampoco parece querer formar parte. Según un diario alemán, el presidente Trump trató de persuadir a una empresa alemana que trabajaba en una vacuna contra el coronavirus para que trasladara la investigación de Europa a EE UU. Según el diario, la intención era eventualmente tener una vacuna solo para “América”. No está claro qué es lo que pasó exactamente, pero dado el comportamiento de la actual Administración parece plausible tal comportamiento. A ello le podemos sumar que en Italia es China, y no EE UU quien envía equipos médicos y asistencia a un sistema sanitario al límite. O que las restricciones a los vuelos procedentes de Europa se decidieron unilateralmente sin ningún tipo de consulta previa ni coordinación o ni siquiera advertencia a Bruselas y socios europeos.

El Covid-19 le ha tirado por los suelos la teoría de “América primero”, los intereses no quedan protegidos al margen del resto del mundo

EE UU está demostrando que no es un socio fiable. Pero el Covid-19 le ha tirado por los suelos su teoría de “América primero”, con la falsa premisa de que el bienestar y los intereses de EEUU pueden quedar protegidos y defendidos de forma separada del bienestar del resto del mundo. La crisis del coronavirus ha estallado en medio de unas primarias demócratas que deben elegir a aquel que deberá enfrentarse a Donald Trump el próximo 3 de noviembre. Y también va a tener consecuencias en el proceso. Después de liderar la carrera demócrata, Bernie Sanders quedó muy tocado después del “supermartes” (3 de marzo) y las victorias de Joe Biden. Pero fue una semana después (10 de marzo), tras la celebración de seis primarias más, el punto de inflexión al tener que cancelarse los actos de campaña por el riesgo de propagación del Covid-19. Y no sólo afecta a las primarias demócratas, también a otras campañas al Congreso y al Senado que están en marcha. Se han pospuesto las primarias de Connecticut, Georgia, Kentucky, Luisiana, Maryland y Ohio. También ha habido un impacto en la organización y funcionamiento tradicional de las campañas electorales, rompiendo con ese contacto directo con el electorado que es tan importante en EE UU. De hecho, la cancelación de grandes eventos y actos de campaña irritó particularmente a Trump, que se negó en un primer momento a cancelarlos por su capacidad para atraer a grandes multitudes en circunstancias normales y alimentarse de la energía de esas masas. Incluso la recaudación de fondos para la campaña que se hace personalmente, otro elemento característico de EE UU, no se podrá seguir haciendo. Además, con una economía con perspectivas de ralentizarse debido a la propagación del Covid-19, previsiblemente habrá menos dinero que recaudar para apoyar a los candidatos.

El coronavirus también llevó a celebrar el último debate televisado entre Joe Biden y Bernie Sanders sin público. De Phoenix y ante una gran audiencia, donde Sanders tenía la oportunidad de remontar a Biden, el debate se trasladó a Washington y sin audiencia en vivo. Durante el encuentro, el Covid-19 prevaleció por encima de cualquier otro asunto y desde entonces domina la agenda política. Al mismo tiempo, el nuevo virus ha dado nuevas alas a la campaña demócrata y no sólo por la crítica a la gestión de la Administración Trump. Para Bernie Sanders ha sido la oportunidad para subrayar la importancia de su ‘Medicare for all’ y ha aprovechado para recordar a todos los estadounidenses que tienen derecho a la sanidad pública. Aunque Trump ha afirmado que “ninguna nación está más preparada y más equipada para enfrentarse a esta crisis”, desde hace una década se alerta sobre las debilidades del sistema sanitario estadounidense extremadamente privatizado, que no es federal y que por lo tanto requiere mucha coordinación en situaciones como ésta. Según el ex secretario de Trabajo Robert Reich, “en lugar de un sistema de salud público, tenemos un sistema privado para las personas que tienen la suerte de pagarlo y un sistema de seguro social desvencijado para las personas que tienen la suerte de tener un trabajo a tiempo completo”. En la actualidad, 30 millones de personas no poseen seguro médico, y otros 40 millones sólo acceden a planes insuficientes, con copagos y seguros tan elevados que sólo pueden ser utilizados en situaciones extremas. El miedo a no poder pagar las costosas consultas y tratamientos puede impedir que se detecten más contagios y el Covid-19 siga propagándose.

El problema para Sanders en tiempos de pandemia es que ahora se necesita al ‘establishment’ más que nunca. Los ciudadanos no quieren acabar con un sistema en un momento en el que la gente muere y la enfermedad se propaga. Se necesita más gobierno, y Biden lo representa mucho mejor. Joe Biden ya advirtió en un editorial de USA Today del 29 de enero sobre los peligros que se avecinaban por la propagación del Covid-19 y sobre todo criticaba la errónea gestión de la crisis. Biden quiere devolver a EE UU su papel en el mundo, quiere que vuelva a liderar las respuestas internacionales, quiere que vuelva a cooperar ante los grandes retos y amenazas, y esta pandemia sería un magnífico ejemplo para volver a ello. Ofrece un liderazgo que Trump no sabe dar, y ha elaborado un plan para combatir el Covid-19 y para prepararse para futuras emergencias sanitarias fuera o dentro del país. La propagación del Covid-19 y su impacto en las primarias sólo ha comenzado. Existe, por un lado, peligro para aquellos que quieran ejercer el voto de manera presencial, pero, por otro, también hay un riesgo para la democracia si no se vota. Bernie Sanders tiene ya muy pocas posibilidades de alcanzar a Joe Biden en número de delegados, y ante los riesgos y complicaciones que supone continuar la campaña en estas circunstancias tan extraordinarias, previsiblemente en pocos días abandonará la carrera. Lo ha hecho en esta Semana Santa. Pero es necesario ir más allá para tener un plan “b” ante la celebración de las convenciones demócrata y republicana que se celebrarán en julio y agosto. Algunos incluso hablan de la posibilidad de que Trump posponga las elecciones si hay una segunda oleada del Covid-19 en otoño y empeoran las condiciones médicas y sociales.

Según una encuesta de NBC/Wall Street realizada entre el 11 y el 13 de marzo, ante la pregunta “¿está preocupado porque su familia coja el coronavirus?, el 69% de los demócratas afirmó que sí, y el 40% en el caso de los republicanos. Uno de los motivos de esta diferencia puede ser el hecho de que muchos republicanos viven en áreas rurales, pero otro motivo es que caló el mensaje que persiguió durante semanas Donald Trump de minimizar el riesgo que suponía la propagación del Covid-19 en EE UU. Afortunadamente, el país se prepara ya para hacer frente a una situación de emergencia nacional. Desafortunadamente, el brote del coronavirus se ha desencadenado en un clima político polarizado y surge la pregunta de cómo van a reaccionar los estadounidenses ante una crisis oficialmente declarada, y si ésta les unirá o les alejará aún más.

Ahora la principal preocupación de Trump es la economía. Después de que la Reserva Federal recortara los tipos casi a cero, el gobierno pretende inyectar una cifra record de miles de millones de dólares, incluidos cheques de 1,000 dólares a cada estadounidense. Todo para evitar que, en un año electoral, la propagación del coronavirus abra la caja de Pandora de una economía aparentemente en plena forma que oculta muchos desequilibrios sociales. Además de las medidas financieras, Trump debe mostrarse más presidencialista y más convencional que nunca. En una situación tan extraordinaria, los estadounidenses quieren y esperan ver más gobierno, más leyes y más instituciones. Esto choca con la manera poco convencional de Trump de gobernar y de entender el gobierno, y con el mensaje que ha mandado a sus votantes en los últimos tres años. Si quiere ganar en noviembre, no puede dejar al americano medio que le votó en 2016 solo frente a una inevitable crisis financiera y a un sistema sanitario que no responde. Donald Trump descartó la posibilidad de liderar una respuesta internacional a la propagación del virus y abandonó a sus propios aliados occidentales en esta lucha. Pero se encuentra frente a un problema y a un reto que no puede ignorar: dar una respuesta a su país. Una respuesta que, de ser eficaz, le garantizaría su reelección y, de no serlo, le echaría sin miramientos.

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