Irán y el círculo vicioso de las guerras de liberación de Washington

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Signos

Hay lecciones que los ‘americanos’ pareciera que no aprenden pero que son parte de su lógica violenta y redundante.

Tradiciones, culturas y espíritus de la fe renacen de sus bombardeos y de la idiosincrasia genocida que no entiende a las que quiere someter o desaparecer.

Los libertadores imperiales que sólo liberan con fuego y mercenarios que juran proveerlos de riqueza saqueada y docilidad, siembran escombros, caos y más ruina y muerte entre los pueblos ‘liberados’: Libia, Afganistán, Iraq, Vietnam…

Un día favorecieron al chiísmo dogmático iraní contra el sunismo laico iraquí en una cruenta guerra de ocho años que sólo sirvió para empeorar a sus pueblos.

Con toda suerte de absurdos democráticos, de demócratas y republicanos, invaden y masacran aquí y allá.

¿Y qué han ganado ahí?:

¿Que Vietnam los humillara, resurgiera de sus cenizas de napalm y niños quemados vivos, y que los comunistas fueran más fuertes que nunca y terminaran negociando con ellos en el mercado global?

Y en las patrias fundamentalistas musulmanas liberadas y reducidas a escombros, ¿ganaron algo y liberaron los candados milenarios y los hábitos represivos contra las mujeres y contra las conciencias libres? (Las de los amigos saudíes ¿son más justas e igualitarias?)

De modo que un día, pues, fortalecieron a la cúpula religiosa chií de Irán -que ahora decapitan- para acabar con la tiranía laica suní de Iraq, la de Saddam, donde terminaría gobernando una coalición de mayoría chií y proiraní.

Ahora pretenden poner coto a China y a Rusia en otra región estratégica, como en Venezuela, para la sobrevivencia energética en la hora civilizatoria postrera -de altísimo consumo- de la robótica y en la última frontera -alcanzada a la velocidad de la integración del tiempo y el espacio digitales- de la guerra por los insumos planetarios que pronto librarán ejércitos sin alma y a control remoto controlados por humanoides (que bien se sabe que ya se trabaja en eso).

Muy bien. Pero ¿duraría un régimen prooccidental frente a decenas de millones de creyentes que no han dejado de creer en lo mismo de sus antepasados (porque el éxito del islamismo radical reside en su masivo y pétreo conservadurismo originario), los devotos que un día -en los tiempos del demócrata Jimmy Carter- hicieron huir con sus vergüenzas al monárquico y occidentalizado Sha -como más tarde los talibanes pusieron en fuga al ridículo y aristocrático y efímero Hamid Karzai- y a las poderosas Fuerzas Especiales y a todos los funcionarios y refugiados de la tan cinematografiada Embajada yanqui en Teherán, sólo para que, ya con la República Islámica instalada bajo los rezos del Ayatola Jomeini, el republicano Ronald Reagan, sin pudor ninguno, decidiera venderle en secreto armas a su régimen con el propósito de financiar -con ese dinero, el del luego destapado “Escándalo Irán-Contras”, y con el contrabando de drogas de la CIA desde Colombia y desde México ¡a los Estados Unidos!-, a la contrainsurgencia nicaragüense que se proponía derrocar a los sandinistas que habían derrocado a la dictadura de Somoza, y que con Daniel Ortega y con su amada esposa alzada en Vicepresidenta derivaron al cabo, también, en una dictadura, de la que el libertador republicano Donald Trump también quiere ocuparse apenas termine de liberar de nueva cuenta a Irán?

Porque sí. Porque así son los libertadores imperiales, a quienes parece que la guerra, como un fin, es lo que importa (y tener más y más, y trabajar hasta el cansancio y el derrumbe, y beber y drogarse y matar y matarse como sicópatas irremediables cual la única felicidad del ‘Mundo libre’).

SM

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