Moralizaciones: de Peña Nieto a Laura Fernández

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Los cínicos a veces no son conscientes de sus descaros. Cuando lo son, sus vilezas alcanzan extremos patológicos de exhibicionismo.

Laura Fernández Piña, la munícipe verde de Puerto Morelos, anda en campaña ahora para ser diputada federal. Y se ha mandado confeccionar un disfraz de moralidad pública tan ridículo, que hasta a su excorreligionario priista y exjefe político, el exgobernador preso Beto Borge, mataría de risa.

El programita caricatura de la alcaldesa se llama “Soy íntegro” y es, dice, para reforzar “la difusión de los códigos de Ética y de Conducta entre colaboradores del gobierno local”, y con ello, añade, “reafirmamos nuestro compromiso con la ciudadanía de seguir conduciéndonos bajo los principios, valores y reglas de integridad”.

Se trata de un blablablá sin más valor que la propaganda de campaña; propaganda equívoca, por lo demás, entre otras cosas porque quien ha hecho y hace de la política un negocio no puede convencer de lo contrario, y menos en estos tiempos, en que la voz cantante de la moralización la lleva el presidente de la República, cuya bandera es, precisamente –con ella llegó al supremo poder del Estado y con ella consiguió una legitimidad popular y democrática como la de nadie en la historia del país-, contra la abyección de quienes usan la política para lucrar y en contra del interés público. Y si alguien sabe que esas demagogias moralizantes son contrarias al espíritu institucional y a sus objetivos proselitistas -entre otras cosas porque nadie se las cree, empezando por sus autores- es precisamente la presidenta municipal postulada por uno de los partidos más representativos de la perversión democrática y del tráfico de intereses políticos, Laura Fernández, del Partido Verde Ecologista de México, quien asegura que ese compromiso ético y de probidad del llamado programa “Soy íntegro”, está alineado con el Sistema Nacional Anticorrupción.

Y sí, el ADN no tiene pierde. Hoy día cualquiera sabe cuáles fueron las motivaciones reales de los masivos aparatos burocráticos autónomos para la transparencia y la anticorrupción: solapar la depredación nacional, mediante una institucionalidad que, en lugar de promover la consignación penal y la persecución de delincuentes públicos, jamás obró ningún proceso de valor en su contra y sólo favoreció con eso su impunidad absoluta.

El Sistema Nacional Anticorrupción ha sido el modelo ideal de legitimación de los criminales de la política, la certificación de probidad de sus más punibles y execrables actos, la mejor licencia constitucional de sus atracos. Y por eso mismo no podía ser sino un cínico patológico el que hace poco más de cuatro años y como presidente del Senado que era, presentara y enalteciera, con sórdida elocuencia (dijo, por ejemplo, que ni el entonces presidente estadounidense Barack Obama podría presumir unas leyes como las suscritas; que “Se hizo evidente”, dijo, asimismo, “que la corrupción hace más profunda y lastimosa la desigualdad, porque reproduce privilegios y, por tanto, condena definitivamente a los que menos tienen”, pero que, por fortuna, “la democracia mexicana dio signos de vitalidad, y entonces “El impulso por reformar cobró forma y ritmo de manera ejemplar e inédita, con la participación de la sociedad civil; que “La indignación se convirtió en agenda”, que “el enojo se activó en movimiento cívico”, y que “la exigencia social encontró cauce y salida en nuestras instituciones representativas”, y entonces, dijo, “Redactamos juntos la reforma constitucional”, porque México podía, con representantes populares de su estatura ética y cívica, y “en democracia y en su pluralidad, derrotar a la corrupción y reducir la impunidad”, cómo ingaos que no) las bondades de las entonces flamantes Leyes del Sistema Nacional Anticorrupción promulgadas por el también entonces presidente de la República, el priista Enrique Peña Nieto, quien en dicho acto protocolario se atreviera, nada más ni nada menos, que a pedir perdón al pueblo de México por los ‘actos indebidos’ y los ‘conflictos de interés’ de los que se le acusaba entonces, como el de la célebre ‘casa blanca’, y de quien el entonces senador y emocionado orador, Roberto Gil Zwarth -de hechuras calderonistas-, dijo también, en tan monumental homenaje a la desvergüenza más obsesiva y escatológica, que “estamos aquí este día porque el Presidente de la República hizo la parte que el sentido del deber le exigía”. Porque, igual que lo suscribiría ahora Laura Fernández, “necesitamos incentivos correctos, procesos debidos y autoridades que funcionen bien… Comprometernos todos con la plena eficacia de las nuevas instituciones y sobre todo con integridad y decencia públicas”.

Y nosotros escribíamos entonces, el 25 de julio de 2016, que “Al final del cuento de la lucha contra la corrupción -y perdón por la frase, pero en este país las cosas del Estado, como la calidad de la educación, han caído tan bajo y se han convertido en tal estercolero, que a menudo no es posible calificarlas de otro modo que de este-; al final el cuento es pura mierda”.

Y mire usted hoy mismo, más de cuatro años después, la santidad del “Soy íntegro”, hijo del Sistema Nacional Anticorrupción de Peña Nieto, con que ahora hace campaña la exdiputada local antiabortista y munícipe de Puerto Morelos, Laura Fernández Piña.

SM

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