¿Última llamada?

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¿Última llamada?

Hace unos días, el presidente salvadoreño Nayib Bukele hizo un llamado a los buenos empresarios de su país para que ayuden frente a la pandemia, y otro a los malos comerciantes para que no abusen y no se atrevan a subir precios y a sacar provecho de ella con el acaparamiento, porque estos últimos se arriesgarían, dijo, a que les sean cerrados sus negocios y a que se les decomisen las mercancías con las que quisieran estafar a la gente. Mejor piensen en vivir, les dijo a unos y a otros, porque pueden necesitar una cama de hospital para ser atendidos -por estar en un grupo de riesgo debido a su avanzada edad y porque no puedan respirar-, y entonces lo que menos habría de importarles es su cuenta de banco, y lo que más habrían de necesitar y de querer es un ventilador y que se les pueda intubar. Tendrán siempre dinero de sobra si sobreviven, mientras hay quienes no tienen para pasar el día. Piensen en eso y en la salud de sus familias, y en contribuir a solventar una tragedia que es única en el mundo y que ni siquiera las grandes potencias saben qué hacer con ella. Nadie es inmortal. Los ricos no son inmunes y todos, dijo, van a perder algo. En lo que tienen que razonar es en lo que vale la vida y no en si el balance de sus finanzas semanales les va a salir en rojo. ¿Cuánto darían por traer de nuevo a la vida a un ser querido? ¿Cuánto vale la salud de los suyos: familiares y amigos? Piensen en sacrificar un poquito de lo que tanto tienen –palabras más, palabras menos- les recomendó.

El buen mensaje de Bukele tiene, por supuesto, más implicaciones que el mensaje mismo, más allá de su lógica inmediata y vital, y de su entendimiento entre todo tipo de sensibilidades. Es, sobre todo, cómo deben reflexionar y hablar a los grandes dueños del dinero los representantes populares y los líderes del poder político y del Estado para enfrentar y evitar a tiempo este tipo de riesgos para todos.

El salvadoreño aconseja a los dueños del dinero que hagan a un lado los miedos mezquinos que causan los peligros del virus a la acumulación; que no teman perder un poco de lo que de cualquier manera nunca habrán de gastar en lo que les quede por vivir, ni a ellos ni a sus generaciones herederas; que ante los inequívocos asedios de la muerte piensen en su propia vida, en la de los suyos y en la de los demás, antes de en sus miserables mermas porcentuales.

Y acaso eso, por lo pronto, es lo que haya que decirles desde los poderes representativos del Estado, y desde sus instituciones y sus liderazgos, y como una sola voz, a los grandes potentados del mundo: Se van a morir como el más miserable de los seres si persisten en la voracidad implacable y degenerada de tener todo cuanto no necesitan para ser felices, y si no son capaces de disponer de alguna parte de sus inmensas ganancias corporativas y personales para impedir los también colosales volúmenes de la miseria que crecen y se expanden al ritmo en que se concentran, en cada vez más pocas manos, casi todos los bienes y las riquezas de la civilización.

Ante la evidencia monstruosa del poder de los microbios y gérmenes patógenos, que se multiplican al son en que la humanidad empobrece y las élites se enriquecen; y cuando ya no hay modo de negar la verdad universal y casi absoluta de que el salvajismo primitivo de la desigualdad y el utilitarismo bursátil han exterminado el humanismo y las fuentes energéticas, naturales y económicas para la salvación equitativa y justa de la vida planetaria, y han agotado la viabilidad del medio y cancelado las alternativas de la convivencia dentro de las fronteras de La Tierra; ante eso, los Estados y sus liderazgos debieran también poner fronteras al libertinaje de los mercados, a sus leyes desprovistas de toda razón humanitaria, y a las omnímodas y letales condiciones de la oferta y la demanda, y a los infinitos remanentes accionarios de quienes pueden ganar y perder cientos de miles de millones de dólares sin que jamás padezca la privación de algún lujo, por los siglos de los siglos, alguno de sus descendientes.

Con la peste planetaria en curso, el género humano ha entrado en el ciclo cabalístico del todo o nada: o cambia el espíritu del poder y se humaniza, o perece bajo los escombros del extremismo capitalista. Porque más que la peste del fin del mundo, esta pandemia puede ser muy benigna y apenas un anuncio. Otra que llegue puede no dejar piedra sobre piedra, ni multimillonario ni pordiosero vivos. Y si los grandes inversores de las bolsas y sus patrocinadores públicos siguen prefiriendo morir con los bolsillos llenos hasta la inmundicia de valores de papel que se pierden en los ámbitos de terror de los cataclismos bancarios -dentro de las burbujas especulativas y bajo el peso de los ‘bonos basura’-, seguirán siendo pasto de los bichos más insignificantes y feroces de la naturaleza envilecida por su glotonería.

Los Estados deben saber ahora de qué lado se ponen, y los grandes ricos si quieren seguir arriesgándose a morir de las mismas infecciones que los más pobres. Ha sobrado dinero en el mundo para prevenir y combatir las pestes. Ha sobrado dinero para todas las causas justas; para impedir de tajo las emisiones de carbono del calentamiento global y el cambio climático; para sanar las miserias sanitarias en los podridos continentes del hambre; para acabar con el hambre. Ahora hay que saber si se sigue apostando a la ruleta de los grandes bonos o se invierte en producir trabajo y se destina buena parte de los dividendos a combatir la ignorancia y la pobreza, y no como filantropía de cubierta, sino como destino irrecusable. Si el dinero no ha de parar de ir y venir buscando ganancias y beneficios hedonistas que no sirven para la vida, los imperios financieros cavarán la tumba civilizatoria con la misma eficacia que las bacterias y los virus. O el milagro de la revolución interior se produce apurado por el fuego del mundo real -que unos creen un apotegma bíblico y otros asumen como el incendio inevitable de los abusos históricos del ser humano- o todo seguirá por donde mismo. ¿Existe el dios de la relatividad y la regeneración, o es la hora de un nuevo mundo por cuenta propia?

Lo cierto, en el primer caso, es que el modelo de la peregrinación global de los capitales especulativos tendría que terminar, del mismo modo que la inversión financiera promotora del desplazamiento tecnológico de mano de obra con simples fines de lucro y acumulación. ¿Eso es posible? Habrá que ver quién gana la guerra de la pandemia, y si Wall Street sigue dominando el juego del enriquecimiento bursátil y las crisis accionarias de la reconfiguración de los mercados tras las grandes quiebras, o si algo cambian las reglas, las motivaciones y los centros de decisión para un nuevo orden económico menos inhumano, monetizado, injusto y cifrado sólo en las guerras implacables de la oferta y la demanda. En definitiva: si el lucro desmedido no se regula y se limita, la pandemia global de nuestro tiempo sólo será, como queda dicho, el aviso de otra que dejará que el reino de la naturaleza se recupere solo y sin humanos de por medio.

Acaso esa sea la gran lección de una crisis tan global y tan peligrosa y tan perfecta como la de la actual pandemia, la primera de todos los tiempos en mostrar la plenitud de la fragilidad humana y la pequeñez del planeta frente a algunos de sus tantos males, de los que nadie puede escapar a ninguna parte ya, y ni con todos los recursos económicos al alcance de la mano. Nadie. Porque no hay dónde meterse ni antídoto que pueda comprarse para salvar el pellejo de la muerte inexorable.

Cuánto necesitamos hoy a los Camus, los García Márquez, Rulfo, Dostoievski, Balzac, Víctor Hugo y demás genios visionarios de la ficción sobre las más grandes verdades del fin del mundo y de la condición humana, y que los dueños de los mayores patrimonios financieros globales leyeran sus lecciones apocalípticas y entendieran algo sobre la finitud de los más poderosos magnates de la especie, y de su vulgar impotencia frente a la demoledora capacidad de acabar con todos ellos y con todos sus imperios y con el mundo entero, de un invencible virus microscópico hoy, o de una también invisible bacteria mañana, cual es la lógica definitiva y sabia de la Creación y el dios que sea que la haya concebido.

Los viejos multimillonarios debieran pensar en algo más que en revisar el valor de las cotizaciones y poner sus barbas a remojar frente a los colmillos del diablo. Y sus relevos debieran verse en los aparadores del egoísmo fundacional, para saber que su futuro ya no depende del mercado, sino de los mortales bichos que se están incubando en todas partes. Ha habido dinero de sobra. Pero dios, el que sea de la Creación humana que ahora se enferma como si fuera un solo cuerpo, lo hizo enemigo de las buenas almas. Si así es, es porque así tendría que ser. ¿Pero no podría ser también que esa sólo fuera la primera parte del axioma y que hubiera una segunda, otra verdad por descubrir en el misterio de la compleja trama?

La humanidad es como el cuerpo humano. Su sistema político y democrático es como su cerebro, y su sistema económico y financiero es como su páncreas. Y está en la frontera de una enfermedad que puede ser terminal o de la que puede salvarse pero sin cambiar de sitio; sin moverse de la misma casa en la que ha crecido con el más vigoroso e irresponsable gigantismo; de la que no puede salirse porque no tiene otra más que ese paraíso que al cabo pervirtió en un muladar. Y ya sabemos para qué sirven las enfermedades: para que el cuerpo se libere y se cure de lo que lo envenena y lo agota, o para destruirlo y matarlo si no tiene modo de renacer, recuperarse, y aprender a cuidarse para morir sólo hasta que no tenga más remedio que morirse. (Claro: ese cuerpo civilizatorio también tendría que sacarse y no volver a contraer los males tóxicos que enferman los órganos de la cultura y los que alientan la destrucción ambiental, la guerra y el hambre, por ejemplo; los que acaban con su corazón, sus pulmones, su hígado y su estómago; los que lo han llevado a los excesos entrópicos de la destrucción energética y la impotencia respiratoria, donde el espíritu de la razón ha sido diezmado y abatido por el del saqueo colonialista y la contaminación resultante. Porque los imperialismos sólo han cambiado sus estrategias, se han modernizado, han evolucionado en sus modales y han lavado su apariencia en el discurso democrático. Pero el fondo genético de la dominación, la desigualdad, la discriminación y la devastación de los recursos y las oportunidades de bienestar que debieran ser para todos, es el mismo, y, si no cambia, como la madre de todas las pestes que es, las plagas no encontrarán defensas que las resistan.)

El cuerpo de la humanidad está frente al espejo de sus limitaciones y falibilidades, y desenmascarado de las ínfulas de superioridad que lo han degradado. No hay otro lugar al que pueda mudarse y donde haya un oxígeno mejor para seguir viviendo. Y si no aprende las lecciones de su mal y persiste en los vicios y los excesos que lo enfermaron y lo pusieron al borde de la muerte, si acaso se salva ahora y no aprende la enseñanza suprema de la vida en este mundo, será, más temprano que tarde, como el ejemplo de Macondo, y no tendrá, tampoco, una segunda oportunidad sobre La Tierra.

SM

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