
Signos
El problema de la indolencia tropical, como espíritu y destino comunitarios, son sus niveles, sus dimensiones, su abrumadora consistencia contra las excepciones. La resistencia al cambio, a la evolución, al desarrollo, a la modernidad y al progreso es propia de una colectividad negada a todo riesgo necesario, temerosa de todo descubrimiento y todo atrevimiento vanguardista, y carente, por tanto, de élites y liderazgos suficientes y convincentes y entusiastas para sumar conciencias y alentar la apertura y la innovación contra la inercia conservadora y el letargo del tradicionalismo generacional. Las cadenas de la dependencia a las apacibles fuentes de lo ordinario de siempre, por agotadas que estén frente a la multiplicación de la demanda de todo y la falta de contribuciones de los nuevos y numerosos colonos en las extendidas marginalidades (porque no hay trabajo ni escuela ni aptitud ni mercado laboral ni de emprendimiento significativo y de oferta rentable), hacen renunciar a toda posibilidad de resurgimiento y reinvención. “El fascismo se quita viajando”, decía Unamuno; el prejuicio localista del provincianismo también, dice Sabina. El aburrimiento y el aislamiento y la minusvalía nunca llegan leyendo y aprendiendo ni la mediocridad indagando ni el desgano trabajando y preguntando y abriendo puertas y ventanas en la luz de la curiosidad. El estancamiento y la negación a prosperar (o a trascender las miserias de la nadería espiritual y moral) se quitan haciendo, conociendo, comparando, removiendo los escombros de la antigüedad y descubriendo otros mundos, otros horizontes, otras nociones y umbrales del universo existencial qué percibir y qué heredar como conquistas de una nueva cultura y una nueva y más heterodoxa y cosmopolita y compleja identidad. El encierro (sin océanos del pensamiento y la imaginación y los anhelos qué surcar), la parálisis y la regla generalizada y rutinaria del menor esfuerzo niegan toda expectativa y alientan la conformidad, el egoísmo y la renuncia a las buenas almas de la generosidad y la solidaridad. Se renuncia a la competencia y se afirma el miedo o se exhiben las limitaciones y las incongruencias ante el que sabe más o ‘tiene más mundo’. En la tímida conciencia introvertida y temerosa, la ignorancia, la envidia y los complejos cunden. La escuela y las virtudes intelectuales como factor de ascenso y principio crítico de mejoramiento de la vida representativa y del Estado no son, entonces, prioridad. Los sectores ilustrados y la academia no son factores de impulso sino rehenes del mismo conformismo y perseveran en la modorra del inalterable estatus quo. El círculo vicioso de la esterilidad y la falta de originalidad y de propuestas se hace modo de ser: Para qué salir, para qué alternar con otros ámbitos; para qué abrevar en otras fuentes y aprender de otros paradigmas históricos, lingüísticos, estéticos; para qué abrir el horizonte humanístico, tecnológico, científico, e intentar, como factor de avanzada en el sector profesional del pensamiento, de la creación, del análisis y las ideas, elevar los estándares cognitivos y reflexivos de unos y otros grupos de población y abrir las brechas del trabajo social y el interés por la revisión crítica y de las posibilidades de renovación de la realidad; para qué, si no se gana más con eso y si con lo que se gana se puede vivir bien puertas adentro de uno mismo, que al fin y al cabo tampoco hay a quién le valga que las cosas se puedan hacer de una mejor manera y a nadie agradan las opciones que lo comprometen y las diferencias que desconoce. Que la educación no importe ni se multipliquen los especialistas ni la mano de obra calificada que requiera la diversidad inversora -que de cualquier manera no va a ocurrir porque tampoco hay liderazgos visionarios y vigorosos y comprometidos y con méritos para convocar la inversión y orientarla-, también es lo de menos. Que no haya un vínculo productivo, simbiótico y de desarrollo mutuo entre la academia y la vida pública y empresarial, que estimule y haga crecer los valores de la representación política y de la gestión institucional en todos los órdenes, tampoco importa. Y sin calidad educativa y académica, ni por tanto política, legislativa, gobernante, judicial y empresarial, no puede haber grupos de influencia en el acontecer social ni generadores de una opinión pública crítica, ampliada y decisiva que incidan en la resolución de adversidades esenciales y en la formulación de proyectos lo mismo novedosos que de interés común. Habrá manifestaciones aisladas de personas en torno de algún interés público menor sin resonancia en los núcleos importantes de la población, pero no una sociedad civil, de fuerte carácter ciudadano, debidamente liderada y letrada y respetada y consultada para la toma de decisiones del más alto perfil. Y sin ella, y sin coagulación idiosincrática y popular, la cultura de la perversión pública y de la corrupción política y de los negocios del poder y de las leyes a modo y de la lumpenización social y de la indigencia humanística y de las patologías sociales y de la anarquia demográfica y de los regímenes de la violencia y del costumbrismo de la impunidad y de la perpetua injusticia y del facilismo de la vida y del oportunismo y de la descomposición sin término será la del modo de ser, de sobrevivir, de la identidad y la genética generacional. Y esa cultura de la improductividad, del desinterés creativo, de la impotencia competitiva y de la resistencia a la búsqueda de alternativas sólo produce temor, carencia de expectativas, ocio y por tanto sedentarismo, individualismo, egoísmo y renuncia al espíritu de la colectividad como fuerza transformadora y poder civilizatorio. Si dominan el azar y la pasividad social gobernarán, cada vez más, los peores. Y en lo que debiera ser el cosmos de la opinión pública activa será el reino de la resignación, la amargura o la complacencia irremediable. Habrá cada vez menos comunidad que cuide del entorno como el de cada cual y de sus vecinos. Serán colonizadas sin ley las más peligrosas e inhabitables periferias. El saldo ambiental será de ladrillos, tejabanes, hacinaniento, aguas negras y basureros. Serán yermos los prodigios de la abundancia. El ambulantaje y el subempleo serán los destinos económicos y laborales. Cualquiera será jefe político o candidato o funcionario público o comunicador. La academia no tendrá sentido (ni el habla debida ni el arte ni el respeto a la enseñanza y al saber). El silencio será más virtuoso que la palabra, convertida en ruido. Y la única felicidad de tan entrópica inconsciencia será la de no tener que explicarse nunca nada.
SM