Mesura, el nombre de la utopía

7

Signos

Entre los sesenta y los setenta del siglo pasado, América Latina era dominada casi en su totalidad por cruentas tiranías -derivadas de una historia interminable de rebeliones y regímenes patriarcales en pueblos iletrados e ingobernables desde antes del nacimiento de sus naciones independientes-; despotismos inhumanos con sus pueblos y sumisos a un colonialismo yanqui tan racista y tan violento como el que exterminó comunidades enteras y quemó vivos, con armas químicas e incendios de napalm, a miles de niños y seres indefensos en nombre de la liberación de Vietnam contra la esclavitud comunista.

Cuba era entonces el ejemplo del renacimiento y el idealismo convertido en realidad; de las libertades conquistadas, contra todo pronóstico y toda posibilidad visible, por una revolución triunfante que había vencido, con el respaldo popular, a una de esas sangrientas dictaduras.

Uruguay, Paraguay, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Colombia, República Dominicana, Haití, Nicaragua y casi todos los países del Caribe y de Centro y Suramérica (con excepciones como México, que en las décadas del cincuenta y el sesenta y gracias a sus buenos Gobiernos y su “desarrollo estabilizador” vivió su mejor época de crecimiento económico y bienestar social) padecieron largos infiernos de represión policial y militar, y no pocos dirigentes políticos y amplios sectores de población, víctimas del totalitarismo, miraban a Cuba como un destino envidiable, al que un día pudieron arribar algunos activistas y luchadores perseguidos que encontraban ejemplo e inspiración en Fidel Castro, y entre los cuales, abrazados y adoctrinados o influenciados por el entonces invencible y admirado Comandante cubano, hubo los que regresaron a sus países a fortalecer sus grupos y movimientos opositores, a derribar a la canalla opresora, a contribuir con la transición de sus Estados a la civilidad gobernante y democrática, e incluso a presidirlos o a formar parte de las estructuras dirigentes de los mismos.

Y así empezaron a llegar la civilidad y las libertades latinoamericanas. Luego el comunismo dogmático y doctrinario, que un día pareció ser la alternativa a la autarquía golpista y proyanqui, alcanzó los extremos de la intolerancia y se rompió, como en la Unión Soviética, o derivó hacia modelos de control estatal y economía capitalista y composición mixta, como Vietnam y China.

Y en Cuba la Revolución siguió el camino de Fidel, el de su gloria vanguardista y el de su decadencia. Forjó todos los recursos para el cambio pero se negó a cambiar. Y con el ejemplo del fracaso comunista, las oligarquías y las fuerzas políticas neoliberales desplazan en el poder político de los Estados latinoamericanos a las llamadas izquierdas progresistas y señalan a Cuba como el mejor ejemplo de lo que ya no debe ser.

Pero, ¿qué es lo que en realidad debe o no ser? Y lo que parece que debiera regir es el inalcanzable sueño de las minorías partidarias de la relatividad y la convergencia crítica y heterodoxa en los puntos intermedios:

La Revolución Cubana debió ceder a los cambios generacionales y la izquierda militante latinoamericana desradicalizarse desde la autocrítica y crecer en la capacidad de gestión pública sin anteponer la militancia ideológica.

Los pensadores y los escritores latinoamericanos más célebres y de modestos orígenes, apremiados por las crueldades de los déspotas se hicieron en sus juventudes a la alternativa socialista, como la de Fidel. Luego envejecieron, como Fidel, y se dividieron y murieron en completo desacuerdo unos con otros respecto de la solución ideal. Libertad de pensamiento y de creación, defendían los de Varguitas. Son las burguesías modernizadas las que controlan las voluntades populares en las falsas democracias, acusaban Gabo y Cortázar.

Y así, las oligarquías democráticas de hoy defienden el progreso y las libertades de sus pueblos, acusando a sus adversarios socialistas de perseverar en la decadencia ejemplar de Cuba y en la violación de los derechos humanos y en la contradicción capitalista de los comunismos orientales.

(La URSS y Cuba son los ejemplos globales por excelencia de cómo un potencia educativa y con todas las capacidades de éxito y superación económica puede hundirse si estigmatiza y destruye la libertad y la competencia del capital, la inversión y la propiedad privadas imponiendo por prioridad el dogma ideológico. Y China y Vietnam son los ejemplos de todo lo contrario: Estados comunistas de alto poder educativo e innovador, con economías y mercados capitalistas y de propiedad privada convergentes con los sectores estratégicos de inversión y control públicos. Porque la propiedad privada es condición de individualidad irrenunciable y natural del ser humano, y el colectivismo de Estado que lo niega está condenado a la inviabilidad y el fracaso.)

El estadounidense es un pueblo y una nación invariable en su esencia y la genética fundacional de su Estado y de su idiosincrasia -conservadora en su espíritu hedonista y supremacista de sociedad sistémica perfecta e invencible, y al mismo tiempo extrovertida y temeraria como ninguna otra; sostenida en su inercia y sus afanes de conquista y éxito perpetuo hacia el supremo poderío económico y material cual condición de estatus y dominio, consciente de los costos y las consecuencias de esa adrenalina imperial incontenible: crisis de humanidad, vicios irreparables y masivos, traumas familiares, sociopatías extremas y homicidas, patologías depresivas y demás consecuencias incomparables en el mundo y propias de sus ímpetus históricos y anímicos, de sus guerras raciales y colonialistas, lo mismo que de unos principios institucionalizados de autodefensa y seguridad nacional que admiten toda suerte de violencias y exterminios como los de los golpismos latinoamericanos y todas las ‘liberaciones’ sangrientas de otros pueblos en el mundo, como el suyo propio, que incluyó la limpieza étnica en las naciones aborígenes y una guerra civil que persevera en la memoria y los valores de su identidad sectaria y esclavista. Una nación conservadora y republicana donde el ala demócrata y progresista de su política sólo responde a un equilibrio necesario y a una contención de los excesos originarios de sus élites oligárquicas más determinantes e influyentes.

Y América Latina debiera negociar con ese descomunal aparato de dominación de maneras más pragmáticas, que ideológicas y polarizadas. Porque entre las demagogias, las imposturas y los divisionismos, la lógica de la dominación de Washington se impone siempre. El suyo es un bloque de poder contra un nacionalismo tribal de cacicazgos partidistas dispersos.

En Latinoamérica no se entiende que las ideologías no caben en una conciencia presa de sus debilidades criticas, y que sólo la fuerza transformadora de la educación formal hace la modernización tecnológica y económica, y propicia la institucionalidad y la autoridad pública ética que requiere el verdadero bienestar social.

Los pleitos ideológicos consumen la energía del cambio. Y Trump hace buenas cuentas de eso: no importa si son izquierdas o derechas las que gobiernan, importa quienes convienen más a su seguridad nacional y a las élites del poder ‘americano’ por sus capacidades de estabilidad política y de control económico y social en sus países. Y negociar y ganar ante esa perspectiva no es cosa de ideologías y defensas doctrinarias que nadie en el ámbito popular mayoritario entiende, y menos si sus grupos defensores están contaminados de toda clase de rufianerías y militancias de la peor ralea.

Acabar con las manadas de delincuentes que impiden la paz social a cualquier costo es lo que cuenta antes que nada. Pacificar el predio para poder sembrar es lo más importante, al tiempo que se depuran y se perfeccionan los instrumentos y los sistemas de Justicia. Y educar. Y negociar con el vecino, imperial o no y de la militancia que diga profesar, en términos juaristas, que es decir en los mejores términos.

(Porque Juárez negoció en todos los frentes cuidando todas las alianzas nacionales e internacionales y usando las palabras justas y las posturas más apropiadas en todos los terrenos, y bien pudieron su liderazgo y su país salir ilesos en un ámbito de todas las violencias y amenazas, y porque el internacionalismo juarista ha hecho respetable a México en todos los regímenes que lo han dispuesto como recurso de defensa del derecho internacional.)

Mesura. Renuncia al protagonismo recalcitrante. Al entreguismo vil y al reiterado soberanismo de tribuna. Mesura es lo que se precisa en los tiempos del agotamiento entrópico del humanismo. Y es lo que no habrá. Porque la mesura es condición del humanismo que se acaba.

SM

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *