El Peje y el pato (hipótesis bajo el chubasco)

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Signos

Claudia Sheinbaum recibió de Andrés Manuel López Obrador un paquete político y delictivo que lo más probable es que no había dimensionado cuando aceptó recibirlo, y para el que al día de hoy no cuenta con el poder de un liderazgo propio ni con el de un grupo de representantes y asociados confiables y de fuerza nacional, y aún internacional, para resolver los graves entuertos que contiene, y para los que se requiere poder de negociación y decisión del más alto nivel de Estado y ante el más amplio espectro político, y un discurso que avance mucho más allá de las precariedades ideológicas presidenciales y de sus dirigencias partidistas.

Parece que nunca estudió ni conoció bien a bien, Claudia Sheinbaum, el grueso expediente de experiencias y habilidades y modos de hacer política que llevó Andrés Manuel del PRI a la oposición de izquierda, donde el sector de la izquierda doctrinaria y universitaria y sectaria claudista era apenas insignificante y sin base social ni electoral. Un expediente desde el cual, el patriarca del ahora partido presidencial, definió sus rutas y estrategias fundamentales.

El partido no sería sistémico, por ejemplo, sino dependiente de su popularidad obradorista o de su legado evangelizador y carismático entre mayorías devotas y fieles a ese obradorismo de fe y de esencias guadalupanas originarias, fundamento de sus prédicas moralizantes contra la corrupción.

El combate a la corrupción, a la delincuencia política, al crimen organizado y a la inseguridad tendría sus límites muy definidos en el hacer y en el decir. Podrían hacerse mejoras sustantivas en la gestión del poder federal. Pero transformar la cultura de la corrupción supondría el imposible de reformar de manera estructural el sistema educativo y eso no tenía sentido, ni siquiera lo tenía hablar de ello. Mejor intentar seguir con todas las alianzas y condicionamientos magisteriales sobre las políticas del sector, y desmantelar hasta la reforma educativa intentada por el régimen presidencial precedente, el del priista Enrique Peña Nieto y sus absurdas escuelas de enseñanza básica de tiempo completo. ¿Echarse al Magisterio encima?, qué locura.

Someter, por otro lado, a la delincuencia política, supondría renunciar a la sociedad y los financiamientos de los grupos de poder emigrados del naufragio de los partidos tradicionales -hundidos, en efecto, por la carga desmedida de la corrupción histórica y por las privatizaciones oligárquicas del salinismo y sus derivaciones panistas y priistas ulteriores- y que harían el soporte de la hegemonía partidista emergente cifrada en el credo de la renovación moral guadalupana, la regeneración nacional y el renacimiento mexicano.

Combatir al crimen organizado no debía pasar de ciertas proclamas y del argumento, tan falaz como milagrero, de combatir las causas (la ignorancia, el hambre y la desesperación que convierte a los miserables en los más crueles asesinos), suprimir la pobreza en su totalidad absoluta, respetar los derechos hasta de los sicarios más demenciales e inhumanos, aplicar la ley (en un sistema de Justicia donde lo que menos funciona y ha funcionado nunca es el ejercicio de la ley y la defensa de las verdaderas víctimas inocentes), y defender la impotencia de no poder pacificar el país porque la violencia y la inseguridad se habían incubado de manera tal, en el pasado neoliberal y sobre todo en el periodo presidencial panista y conservador de Felipe Calderón, que el éxito contra la inseguridad dependería, más bien, de la nobleza de los programas sociales -de herencia priista inequívoca en su confección de beneficio real y electoral-, y de nunca más de enfrentar a las Fuerzas Armadas contra las bandas del narcoterror, ese crimen de Estado perpetrado por Calderón que llenó de sangre la vida nacional.

De modo que contra la delincuencia política propia y el crimen organizado y los negocios del huachicol y el narcoterror de sus entornos, nada que pudiera desestabilizar la hegemonía carismática, consolidada y creciente del Movimiento de Regeneración Nacional. Porque la guerra antinarco afectaría la propaganda anticalderonista y anticonservadora, y su violencia -ese atentado contra los derechos humanos de los miles de torturadores y exterminadores- desprestigiaría las campañas electorales financiadas por los Gobernadores y fortalecidas por la gracia del obradorismo y sus milagros del Bienestar. Mejor el soberanismo. Sí: México podrá estar plagado de huachicoleros y patrocinadores del narcoterror, pero nadie desde fuera vendrá a imponer su ley y a decirle a los mexicanos cómo gobernarse, porque por culpa de los polkos y demás traidores santa annistas se perdió medio territorio nacional, y gracias al juarismo del respeto al derecho ajeno se expulsó a los invasores napoleónicos del territorio mexicano. Patria y soberanía, pues, que aunque la Justicia no sirva para nada y no pueda consignarse con éxito a ningún delincuente de alto perfil político ni acabarse con el crimen organizado e imponerse la paz social (porque el tiradero de la inseguridad dejado por los conservadores es imposible de limpiar de un día para otro), el pueblo mexicano defenderá con la propia vida la integridad inviolable de su sacro destino nacional, como lo harían de nueva cuenta los propios Niños Héroes de Chapultepec y todos los mártires nacionalistas que en la ejemplar historia de la patria han sido.

Canijo Andrés Manuel, pensó que con su popularidad indiscutible había elegido la mejor opción sucesoria de su Presidencia. Académica y leal, pero sin más experiencia en el poder político que la cultivada a su lado y con una formación ideológica ajena a las tramas y los contubernios entre lo fáctico, lo legal, lo utilitario y lo decible y publicable, Claudia defendería con entera convicción algunas de las causas más infieles pero más rentables de su mentor, y compraría productos tan procaces e indefendibles como el del irremplazable servicio a la causa de la ‘cuarta transformación’ de los truhanes convertidos a la izquierda progresista en el remanso militante y moralizador de la Regeneración Nacional. Y ella defiende, en efecto, con criterios dogmáticos de su izquierda, las tretas convenencieras de la izquierda expriista de su mentor; sin tener la fuerza propia del otro, su capacidad escénica, y agarrada a los trapos de la dependencia de sus verdades instrumentales, sin recursos para deslindar lo verdadero de su artificioso envoltorio político.

Y menos necesitada está de colaboradores y candidatos honestos de su partido, que de representantes políticos eficaces y candidatos competitivos propios, que tampoco tiene, y por lo que tanto la ningunean los Gobernadores ‘correligionarios’, los aliados verdes, y los candidatos que ellos sí tienen.

¿Por qué elegir a Claudia y no a Marcelo, el exCanciller?, podría preguntarse. Y una respuesta posible sería que Ebrard se cocinó en los mismos calderos tricolores de Andrés Manuel, donde la izquierda y la derecha podían ser más herramientas de lucha por el poder que asideros de aferradas convicciones de vida o muerte.

Marcelo hubiese usado, quizá, el soberanismo, con similar intencionalidad que la de Andrés Manuel, pero -en la virtud de intereses partidistas diferenciados: el segundo, fundador y dueño absoluto del partido y, el primero, defensor de su propio proyecto de poder y sin más interés que alcanzar la Presidencia- con menos antagonismo con Washington y menos propensión a defender al obradorismo delictivo. Es muy probable que hubiese acordado deshacerse de los compromisos criminales del exPresidente, pactar una campaña de exterminio del crimen organizado y de extradición de los liderazgos políticos asociados, refundar el partido Morena con ese o con otro nombre, y alegar que la limpieza del país también era en defensa de la soberanía, pero de una soberanía que debía empezar por hacer que el país dejara de ser rehén de la delincuencia, y por fortalecer sus instituciones de Justicia (tratando de echar atrás y de desdibujar, en lo posible, la ‘reforma del acordeón’ morenista con que se ha pretendido democratizar el Poder Judicial de la Federación).

Andrés Manuel, desde el ejemplo del exPresidente Plutarco Elías Calles y de quienes han tenido la ocasión de designar sucesores, optó por defender su legado y su seguridad, vinculada a la de sus delincuentes (financieros y pilares de su causa política, pero también factores de una violencia y de una inseguridad que él no se atrevió a combatir y prefirió justificar con las mentiras del soberanismo y la sorna pía de los “abrazos, no balazos”), mediante una heredera a modo.

El ingenioso Calles pudo poner a cuatro títeres presidenciales bajo sus órdenes. Hasta que se le apareció el diablo de la simulación y la falsa sumisión que lo hizo elegible como el quinto continuador del Maximato, Lázaro Cardenas, que apenas asumió la Presidencia lo puso ‘de patitas en la calle’, lo echó del país y elevó su propia leyenda, en contra de la suya y sobre sus cenizas, como el verdadero defensor de los intereses populares de la Revolución Mexicana.

Acaso Andrés Manuel pensó que los expriistas como él, Ebrard o Adán Augusto, hubiesen podido ponerlo también a él ‘de patitas en la calle’ y se decidió por Claudia. Y no, tal vez no porque pensara que ella pudiera ser títere suyo, como los de don Plutarco. Sino porque, envuelta en la bandera de su idealismo progresista y convencida de la autenticidad transformadora del obradorismo y de sus compromisos idealistas, protegería su programa y su credo socialistas; porque se tomaría más en serio que él sus luchas por la decencia y por los pobres, y que lo que él pudiera considerar un compromiso social dentro de sus campañas políticas por el poder y en defensa del poder tomado, ella lo asumiría como una histórica transformación revolucionaria, la cuarta, nada menos, en la vida del país.

Parece que Claudia nunca aprendió a identificar el doble perfil de Andrés Manuel: el de las buenas intenciones y el de las malas artes para conseguir sus fines.

Y parece que Andrés Manuel insistió en apartarse de la vida pública sabedor (si alguien estaba informado de todos los peligros y todos los negocios prohibidos del poder político en todos los niveles y todo lo que podía ocurrir si la relación con Trump se deterioraba por la resistencia mexicana a la participación de Washington en el combate al crimen organizado y a su delincuencia política asociada, era él, que controlaba todo aquello en lo que podía influir, que era casi todo, y como él mismo ha dicho: no puede haber nadie mejor informado de cuanto ocurre en el país que el Presidente de la República), sabedor de lo que se le venía encima a la jefatura del Estado nacional en el segundo capítulo de la ‘cuarta transformación’.

Un animal político del tamaño suyo, ¿aislado del mundo en una jaula de solitario sedentarismo y dedicado sólo a la meditación y a la reinvención de la pureza del espíritu originario? ¿Por qué no seguir ejerciendo en favor de sus principios y sus ideales, como hizo en su momento uno de sus ídolos políticos y referentes ideológicos, el general Cárdenas, que siguió activo en favor de las mejores causas de su país como uno de sus mayores representantes y emisarios?

¿Claudia no sabía en lo que se metía? ¿El Peje lo sabía y se hizo pato?

SM

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