Colombia y la oportunidad perdida

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Signos

Iván Cepeda es un político ilustrado, ético y sin prejuicios ni dogmas ideológicos.

Es un librepensador cuyos criterio personal y quehacer militante privilegian la conciencia crítica y su juicio epistemológico, a la pertenencia sectaria y las filias militantes unilaterales, excluyentes y demagogas.

Confronta sin dudas, como lo ha hecho siempre frente a las perfidias paramilitaristas y simuladoras del uribismo antinarco, cuyos éxitos ejemplares lo hicieron Senador y ahora candidato presidencial.

Su mayor mérito es la serenidad negociadora de su fuerza intelectual y moral (‘la fuerza serena’ o ‘la force tranquille’ con que se identificaría la figura del socialista Francois Mitterrand durante su impecable campaña a la Presidencia de Francia en el 81) en entornos plurales o adversos u opositores, moderados o radicales.

Su mayor adversidad es el legado gobernante de Gustavo Petro, tan radicalizado en su antiyanquismo de la peor mala hora -como la del extremismo supremacista imperial de Donald Trump- y tan poco eficaz en la traducción socialista de su ideario ideológico -de sobra defendido en la dimensión retórica y el pronunciamiento doctrinario- en obra de Estado y de Gobierno. Una esperanza que fue aurora de la transformación colombiana contra el conservadurismo tradicional y las violencias políticas, guerrilleras y del ‘narco’ de su historia, y cuyo déficit ha terminado pasándole la factura al Pacto Histórico que postula a Iván Cepeda, en la primera vuelta de los comicios presidenciales, y cuya tendencia pronostica su remate en los del domingo 21 de junio, cuando Colombia pudiera perderse -contra la reedición de la vieja oligarquía proyanqui y paramilitarista del uribismo derrotado por Cepeda y ahora renacido y refrendado por el prototrumpista Abelardo de la Espriella- a un estadista de las mayores competencias críticas y políticas de los que ya no se conocen en América Latina.

Porque Cepeda es bastante más que los últimos izquierdistas perdedores en los comicios presidenciales de Perú, Ecuador, Bolivia y Honduras, por ejemplo, de trayectorias menores y protagonismos eventuales. Y que pierda frente a un opositor tan pírrico y tan pobre diablo es lamentable. Y testimonia que nada es más dañino para la continuidad en el poder de los Gobiernos defensores de las políticas sociales o de ideología izquierdista que la falta de programas consistentes y visionarios de Estado.

SM

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