
Signos
Son tan grandes y tan históricas las reformas pretendidas y anunciadas por las dirigencias del Estado revolucionario al sistema económico de Cuba, y al orden constitucional que habrá de contenerlas y a la estructura institucional que habrá de procesarlas, que no pueden sino imponerse tres nociones elementales.
Una.
Las reformas dimensionan el tamaño de la persistencia equívoca del modelo revolucionario -en su condición dogmática original- y el cúmulo de vicios y excesos que su vigencia totalitaria ha propiciado en contra de sí mismo: de su misma sustentabilidad, de su capacidad evolutiva y de la progresión de sus conquistas populares; es decir en favor de su degradación y de su ilegitimidad, proporcional al deterioro de la calidad de vida de la sociedad cubana.
Dos.
De no haberse recrudecido el bloqueo estadounidense y la crisis energética no se habría probado de sobra que el bloqueo revolucionario mismo contra las potencialidades económicas alternativas internas completaban el ciclo de un doble efecto destructivo contra la economía y el bienestar de la población: el del cierre del mercado internacional y de la estrechez absurda de las competencias propias de la empresa privada nacional.
Tres.
La verticalidad autoritaria del poder jerárquico es, de manera paradójica, el mejor y más raudo incentivo de las transformaciones en curso, tanto para legislarlas y constitucionalizarlas, como para decidirlas, institucionalizarlas e instrumentarlas.
La tarea por venir será la del establecimiento de las fronteras burocráticas y las de la contención de la exigencia democratizadora contrarrevolucionaria que sólo entiende como viable un cambio de apertura política absoluta -empezando por la renuncia de toda la cúpula revolucionaria y la convocatoria a ‘elecciones libres’- sin consignar las realidades históricas de Cuba y de su entorno: ni las conquistas sociales verdaderas de la Revolución -lastimadas por la perseverancia del fuero comunista inamovible-, ni las poderosas e insalvables desigualdades sociales de los pueblos cuyas democracias liberales y partidizadas están sometidas, como en todo el entorno latinoamericano, por la insuperable incivilidad y la vasta pobreza educativa y crítica y electora, a las oligarquías y a los invencibles y dominantes poderes fácticos de decisión de todos los tiempos.
Recuperar las principales conquistas igualitarias de la Revolución y elevar su cualidad desde un sistema económico y tributario vigoroso y sostenible, con bloqueo estadounidense o sin él, es el reto esencial de las transformaciones en curso.
La naturaleza de las reformas políticas -la renuncia real al ideologismo exacerbado y a los abusos del aparato represivo y a la cancelación de derechos fundamentales- o la apertura al diálogo ideológico tendría que ser consistente con ese combate a la desigualdad económica y social que dio lugar a la Revolución y a sus mayores éxitos de justicia en el mundo entero: los de la salud, la educación, la ciencia, la cultura y las virtudes de un humanismo que hicieron de la Isla una potencia universal, y que debieran recuperarse y jamás perderse entre las inevitables desigualdades de una competencia económica, de empresa y de mercado, en cuya sabiduría reguladora del Estado estriban los valores de la justicia de una sociedad, y que, en el caso cubano, tendría una ventaja comparativa: su fuente alfabetizadora, su escuela y su academia de vanguardia han forjado un capital humano de la mayor aptitud y el más prometedor potencial. El gran reto reformador es el de su convocatoria, su congregación y su contribución constructiva, libre de prejuicios, consignas y exclusiones arbitrarias.
¿Trump es la mayor amenaza en la historia de Cuba? ¿Podría ser, también, la mayor oportunidad de cambio en su destino revolucionario?
En contra están los extremistas del comunismo y el anticomunismo. Pero cuenta, asimismo, con una tercera generación -que incluye a los nietos más sobresalientes del castrismo- proclive a la tercera vía y capaz de una nueva etapa revolucionaria sin más munición que la de las ideas.
Se han hecho revoluciones cuando no ha quedado más remedio y hoy día se pisan los umbrales del abismo. Una nueva dimensión de Maceo y de Fidel sería la del mejor humanismo para el cambio económico hacia el progreso.
Ojalá ocurra. Quienes amamos a Cuba lo anhelamos.
Que la voluntad reformista sea auténtica y que sume la de la gran mayoría de los cubanos. Si así fuera, el mayor imperialismo sería inferior e impotente frente a ella.
SM