Entre la zafra revolucionaria y el gran capital

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Signos

Los democratizadores cubanos del todo por el todo y críticos de las reformas castristas anunciadas, se oponen, ya mismo y en la antevíspera, a las potenciales restricciones que advierten en ellas contra el gran capital.

Insistir -desde la óptica del oficialismo que defiende, también desde ya mismo, el establecimiento de límites a la expansión de la gran empresa- en la ‘desigualdad’ que puede producir la libertad absoluta es un argumento contra la libertad inversora, alegan, y un recurso adelantado para controlarla, no dejarla crecer y regresar, más temprano que tarde, por el camino de la represión contra la iniciativa privada de alta gama.

¿Pero es que tienen que imponerse las leyes de un capitalismo desforado para que un régimen económico de rentabilidad privada, pública y social pueda ser justo y funcionar?

¿No caben la economía mixta y la amplitud inversora sin apoderamientos desmesurados de los territorios productivos nacionales?

El Estado está para regular.

Y, en efecto, mayor mercado y utilidad -en un sistema de altas participación y competencia tributarias y presupuestarias, y no en los de países de democracias liberales fallidas o subdesarrolladas donde los grandes grupos económicos y evasores de impuestos corrompen y dominan en su favor a las élites políticas y terminan controlando, con eventuales excepciones temporales, las elecciones ‘libres’ y a los Gobiernos emanados de ellas-, ese mayor mercado y rentabilidad puede significar, en efecto, más y mejor empleo, obras y servicios públicos, y demás remanentes fiscales para el desarrollo social e integral de los pueblos.

Pero las potencias económicas democráticas occidentales que han obtenido en buena medida su riqueza y su estatus de bienestar del saqueo colonial y de los intercambios económicos desiguales con una periferia global en la que se multiplican cada vez más y de manera más acelerada la pobreza y las desigualdades (y sus consecuencias migratorias o sus éxodos indigentes propios de la contracción de las más elementales oportunidades de vida en los países de origen, merced a sus rezagos educativos y representativos de las necesidades populares en las decisiones de esos Estados y a su alta y desregulada concentración de la riqueza) pueden darse el más amplio albedrío, tales potencias del liberalismo capitalista occidental -sin las desventajas que se tienen en los países de los éxodos indigentes-, de toda la fortuna inversora privada capaz de prodigarse en el más vasto poderío fiscal (y militar) de sus naciones, cual del mismo modo puede hacerlo y lo hace una potencia comunista como la china -que ha dejado atrás sus estructuras ideológicas dogmáticas de origen y ha decidido que el Estado controle los sectores de un capital privado también sin límites globales de crecimiento y diversificación, pero con estrictas fronteras frente a los corporativos estatales y dos principios básicos de coexistencia: el de la inversión social (de los remanentes fiscales) y en los renglones estratégicos de la seguridad y la modernización tecnológica para el desarrollo, y el de la restricción invariable de las libertades individuales- y como lo hace, asimismo, un modelo similar y vecino en crecimiento, como el vietnamita.

Muy bien: en el Occidente capitalista y en el Oriente comunista puede privilegiarse la inversión privada ilimitada y no acotarse las desigualdades sociales consecuentes, sobre la premisa de que la igualdad de oportunidades capitalizables y la democracia tributaria proporcional y sin excepciones ni evasiones hacen, en la desigualdad inevitable, la mejor justicia social posible.

Rusia es un caso intermedio (porque entre comunismos y capitalismos, como entre izquierdismos y derechismos, las denominaciones clasificatorias e ideológicas opuestas son cada vez más solo teóricas y propias del arcaísmo militante, que necesarias entre las ambigüedades y las heterogeneidades y simbióticas y contradictorias y antes impensables y contuberniosas y ominosas asociaciones y coaliciones, como las muy mexicanas prianistas y verdemorenistas, de la integrada realidad global): Del mismo modo que impone una vigilancia rigurosa y sacramental sobre los compromisos tributarios, delimita y controla desde el Estado la expansión del capital privado para impedir desigualdades y desequilibrios desmedidos en los patrimonios particulares y sus asociados y subsidiarios (tras el desmantelamiento de los monopolios de los oligarcas y su alejamiento del poder político, obligado por Vladimir Putin, con la alternativa de la competitividad creciente y eficiente de los corporativos estatales, como Gazprom, el gigante energético que había sido dominando por las mafias privatizadoras postsoviéticas).

Y ese último, en fin, no tendría por qué no ser el caso cubano (si las transformaciones anunciadas por el régimen revolucionario van, con una nueva reforma agraria incluida y que tanta falta hace para hacer resurgir el agro -y los ingenios y las zafras perdidas de la vieja historia fidelista y del mítico nacimiento de Los Van Van y los diez millones de toneladas revolucionarias imposibles-, entre la riqueza y la equidad.)

SM

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