
Signos
Las campañas electorales en España están siendo muy incisivas y encarnizadas. La guerra ideológica y propagandista no reconoce límites de ataque entre los bandos partidistas confrontados en lo ideológico, lo visceral y lo personal. El frenesí involucra cascadas de eufemismos y alta virulencia retórica en las acusaciones mutuas. También incluye sobradas pruebas de corrupción y de incompetencia gobernante y representativa entre los bandos. La mezquindad abruma tanto como la capacidad de destilarla, en términos informativos e interpretativos, en todos los foros políticos y mediáticos, donde el periodismo suele responder a posicionamientos militantes y los juicios analíticos y de la opinión pública, sectorizados del mismo modo, exponerse con expresiones cargadas a menudo de rabiosos improperios pero por lo general con propiedad lingüística, como corresponde a un pueblo escolarizado, con cultura democrática y con dominio de su muy castellana lengua madre.
Las campañas no dejan de ser pródigas, asimismo, en datos concretos y ponderaciones bien documentadas sobre los juicios críticos que se disparan entre aliados y enemigos partidistas, de izquierda y de derecha, y cuando se blanden como armas estratégicas suelen no dispersarse en abstracciones y banalidades adjetivas; el tiempo y los espacios disponibles se aprovechan en argumentos categóricos y en mentadas de madre directas, contundentes y certeras contra su odiado enemigo, sin importar lo injuriosas y ofensivas y falaces que puedan ser.
Y queda muy claro en qué se diferencian, en los hechos de la gestión y las investiduras de Estado de unos y otros, sus pertenencias doctrinarias, su ejercicio en el poder público, sus definiciones de política exterior, de política social, de ordenamiento presupuestario, de inversión, de prioridades fiscales, y de identidades específicas con los sectores de la población en términos económicos y de valores y creencias espirituales, teológicas y de conciencia moral.
Las diferencias, entre el vanguardismo y las iniciativas clasistas o cifradas en el sectarismo reaccionario, supremacista o de la fe, son inconfundibles. Y en tanto la derecha del Partido Popular y sus aliados ultras de Vox son más fanáticos y armados de prejuicios y satanizaciones y herencias inquisitoriales y franquistas y profascistas, sus impudorosos ataques contra ‘los comunistas’ -que para ellos son todos los que forman entre ‘los progresistas’ del Partido Socialista Obrero Español y otros izquierdistas moderados o radicales y aliados o no, por lo general eventuales y con fuertes reservas y condicionantes cuando llegan a serlo, como ahora, donde sólo un sector minoritario de la izquierda fraccionada se suma al partido gobernante- llegan a ser tan pendencieros e insultantes que no hacen sino revelar la naturaleza intolerante, en efecto, ‘la cruz de su parroquia’, de los amplios núcleos de seguidores con los que cuentan -dominados aún por la genética falangista y autoritaria de sus persignados ancestros del Santo Oficio-, del mismo modo que refieren lo arduo y cuesta arriba que son las campañas de la izquierda liberal, anticonservadora, antiprivatizadora y laica, en medio ahora de la crisis política derivada de los accidentes ferroviarios de Toledo que han dejado más de un centenar de víctimas mortales y que, pese a estar siendo gestionada con mucha mayor puntualidad y responsabilidad técnica y probidad política y ética que otras ocurridas bajo Gobiernos y Legislaturas del PP, la derecha española podría acaso ser beneficiaria de una ventaja electoral hacia los comicios generales del 29 de noviembre gracias a ese electorado profranquista que tanto celebra las maldiciones y las condenas contra el progresismo desde las atalayas de sus inquisidores de la derecha y sus fuerzas aliadas del fascismo de Vox.
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Pero el caso es que en España hay dos proyectos ideológicos objetiva e históricamente diferenciados y aceptados por la población electora. Hay un derechismo y un izquierdismo generacionales consolidados y votados con entera conciencia por unos ciudadanos sabedores de las herencias medievales de la tiranía y de las luchas democráticas que -con los llamados “Acuerdos de La Moncloa”- suprimieron su hegemonía y posibilitaron la alternancia de la modernidad política y la pluralidad ideológica, donde, sin embargo, ni las derechas más moderadas y menos dogmáticas y recalcitrantes han renunciado a la estridencia condenatoria de las oposiciones laicas a las que entienden cual comunismos herejes y punibles, y donde las izquierdas, en cambio, hasta las más radicales, compiten contra ellas con modos más letrados y civilizados que igual siguen siendo del todo incapaces de ganar ningún debate ni la mínima aceptación en los ámbitos de la derecha. (Y, por lo menos en España, más excepciones de tolerancia ideológica se advierten entre los radicales de la izquierda que entre los extremistas de la derecha. Y acaso sea porque los fanatismos de la fe son más antiguos y más resistentes que los del marxismo, que mucho ha mutado en interpretaciones entre sus feligreses, y donde el debate doctrinario, por eso, y por cerrado y obstinado que sea, tiene premisas dialécticas. El otro, en cambio, sólo es de consignas absolutas: concilios interpretativos sobre ‘verdades’ predeterminadas e innegables. Y en las derechas, la riqueza privada, por desmesurada e injusta que sea, es un designio inapelable de Dios Padre.)
Las elecciones dirimen franjas parlamentarias donde el partido que gana el mayor número de sufragios directos puede perder la Legislatura frente al opositor que teje mejores alianzas de conveniencia con las minorías decisivas. El candidato perdedor puede gobernar o cogobernar con el respaldo legislativo de sus aliados. Y el equilibrio entre oligarquías y proyectos sociales sigue dependiendo de rijosidades cada día más exacerbadas entre electores y representantes de un bando y del otro.
Pero el caso es que los bandos de izquierdas y derechas están ideológica y políticamente muy bien definidos.
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¿Cómo es en México?
La Presidenta lo es siendo de una izquierda doctrinaria que jamás ha tenido poder electoral alguno; cuyo marxismo siempre ha sido apenas marginal como opción política.
La Presidenta se hizo Presidenta a la sombra de un liderazgo carismático y popular procedente de la izquierda de un partido hegemónico -absolutamente ajeno al marxismo y contrario en lo esencial a la ideología marxista- que amalgamaba lo mismo a poderosos oligarcas que a líderes obreros y campesinos (tan corruptos los dueños del capital como los jefes de los organismos defensores de los derechos de sus trabajadores), y cuyos programas sociales constituían su base popular y su componente de izquierda; un partido que, al cabo, cuando optó por el neoliberalismo privatizador y prescindió de su izquierdismo, expulsó al grupo de izquierdistas que fundarían, tras su salida, una alternativa partidista en que se encontrarían la ahora Presidenta y su predecesor y autor esencial, ya como Jefe del Estado mexicano, de su ulterior candidatura y de su popularidad, la que le fue legada, pues, desde el carisma de ese socialista fundador del partido al que pertenece la Presidenta. Él, entonces, procedente del Partido Revolucionario Institucional; ella, de los grupos universitarios marxistas enemigos en su tiempo de la llamada ‘dictadura perfecta’ del Partido Revolucionario Institucional, ese, pues, de cuya izquierda masiva y de alto poder electoral -gracias a sus programas sociales, como los del Bienestar que se operan ahora en el Gobierno de la Regeneración Nacional- surgió el autor de la Presidencia misma destinada a aquella otrora dirigente, entre otros, del marxismo estudiantil; aquella que el expriista Andrés Manuel López Obrador llevaría de ese sectarismo militante a los partidos de la Revolución Democrática, primero, y Movimiento de Regeneración Nacional, después, fecundados con la ideología izquierdista del Revolucionario Institucional.
¿Cómo ubicar, pues, a los izquierdistas que luchan contra la derecha y la ultraderecha en México? Entre esos izquierdistas aludidos como un todo compacto e indivisible por la Presidenta ¿están los Gobernadores, los Legisladores federales y estatales, los Alcaldes y los Regidores del partido presidencial, y los controlados por el Niño Verde y que gobiernan siendo militantes de ese partido socialista en Municipios y Entidades Federativas como Quintana Roo?
¿Dónde están la izquierda y la derecha en México? ¿Dónde y en qué, la derecha que acusa de corruptos a los comunistas de la Regeneración Nacional se aparta y se distingue de la izquierda que acusa de corruptos a los derechistas y proimperialistas que invocan la intervención de Washington para perseguir y acabar con la delincuencia política izquierdista que garantiza la impunidad del crimen organizado, sus negocios, la violencia y la inseguridad en la que vive el país?
¿Cómo votar por los verdaderos izquierdistas mexicanos, y por los proyectos y los programas concretos de desarrollo social, de ejercicio presupuestario, de políticas fiscales, de inversión pública y privada, de sustentabilidad ambiental, etcétera, que marquen la diferencia ideológica entre unos y otros partidos y candidatos y no se queden en las proclamas analfabetas de que la lucha por ‘La transformación’ -de unos- o contra ‘los comunistas’ -de los otros- requiere de unirnos y defender juntos los intereses del pueblo y blablablá, blablablá, blablablá? ¿Cómo salir de ese círculo de lugares comunes y del espectáculo de todos los pobres diablos en campaña que juran acabar con la corrupción de los unos y de los otros?
Cuando se habla de los progresistas mexicanos defensores del pueblo y que no son como los corruptos conservadores y los neoliberales, ¿se incluye o no a los Gobernadores que viajen cientos de veces al extranjero en lujosos vuelos de placer y a los Alcaldes que se ‘mochan’ mes a mes con su jefe, el Niño Verde, quien controla al partido de la regeneración moral en el Caribe mexicano?
Esa, es la cuestión…
SM