Covid-19 en Quintana Roo y las personas como si nada

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COMO SI NADA…

No hay civilidad. Y, sin ella, no hay disposición de autoridad -que deba cumplirse por voluntad popular- con alguna posibilidad de éxito.

En Chetumal, por ejemplo, serán la suerte y el azar, más que nada, los que hagan el trabajo contra los peligros de la pandemia. La gente, en la proporción que se requiere, no colabora, ni se ve por ninguna parte -y menos en el tráfico del mediodía, y cuando se sabe a ciencia cierta que el país está entrando en la fase más crítica de la peste, y que Quintana Roo es muy vulnerable por la naturaleza precarista y hacinada de sus conglomerados urbanos periféricos, en gran medida dependientes del ‘changarreo’, el ambulantaje, el subempleo y la economía de subsistencia-, no se ve por ningún lado, pues, que la gente vaya a hacerlo; que vaya a participar en el cumplimiento mínimo de las contribuciones que se le demandan. No parece haber vocación ciudadana, ni solidaridad social y vecinal.

Los llamados de las instituciones y los liderazgos globales, nacionales y locales, a respetar las medidas más urgentes contra la crisis sanitaria, son como los llamados a misa: los atiende quien no tiene mejor cosa que hacer.

En general, las personas que andan en las calles como de ordinario, confían en que el mundo queda en otra parte, que ellas no son como las demás, o que la realidad no existe. Se llama insensibilidad y fatuidad; en realidad es algo más feo que la ignorancia, la amargura o la indolencia…, pero baste con eso.

Y no: no nos referimos, por supuesto, a los buenos seres humanos, a los trabajadores responsables, y a quienes no pueden renunciar a ganarse la vida y a la necesidad de tener que estar afuera. (Y, de hecho, hay miles de familias que apenas caben en una vivienda y apenas viven con salarios e ingresos de hambre, porque no hubo nunca Gobierno alguno que se ocupara de regular las premisas del crecimiento poblacional y las capacidades fiscales y de servicios de las administraciones públicas.) Hablamos de los tantos otros, sobre todo automovilistas, que sin estar exigidos por las circunstancias no van a parar, de ninguna manera, si no ven delante de sí mismos, y sólo de sí mismos, el fiambre que habrían de ser por culpa de su redonda estupidez.

De modo que la salvación de una catástrofe mayor no vendrá, pues, si eso pasara, de las iniciativas públicas, ni de las convocatorias humanitaristas -a una fraternidad que ni se compra ni se da en caridad- ni, mucho menos, del buen comportamiento ciudadano. Será obra del destino; alguien dirá que del Espíritu Santo.

SM

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