Cuba: ¿entre Trump y Raúl Castro?

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Signos

Soluciones de conveniencia. Las ideologías y los soberanismos nacionalistas desaparecen. Priva el interés superior: Quién controla una nación y cómo negociar con él para que esa nación sea más segura y  conveniente a nuestros intereses.

Maduro era un estorbo en Venezuela y lo era más con su sociedad ideológica y de control totalitario castro-chavista. Meter en la ecuación al machadismo de Corina contra el chavismo no castrista y no procubano (porque el único representante fiel del castrismo de Hugo Chávez era Nicolás Maduro, elegido como su sucesor a pedido de Fidel, tutor y guía de Chávez, mientras era atendido de un cáncer terminal en La Habana, y muy a pesar de las intenciones de Diosdado Cabello, considerado el heredero más apto y legítimo, pero con liderazgo propio y distante del comunismo cubano, lo que era inaceptable para Fidel) significaba sublevar a ese sector dominante en el Estado venezolano y provocar una rebelión de vastos costos innecesarios.

Mejor negociar intereses de conveniencia bilateral: se opera con quien tiene la fuerza institucional y garantiza la estabilidad social y la seguridad de los intereses mutuos, y al mismo tiempo que se abre la inversión preferencial a los capitales estadounidenses se favorecen las condiciones del abasto popular y de la economía local, lo que mejora la imagen y el poder del grupo gobernante, hace que pierden fuero las querellas militantes y que gane la causa de la seguridad de ambos países. Pragmatismo puro en la nueva era imperialista de Trump.

¿Y en Cuba?

En Cuba ni siquiera se advierten liderazgos opositores con popularidad, jerarquía representativa, posibilidades de control institucional.

¿Revolucionar el sistema de Estado -constitucionalidad, regímenes, autoridades, procesos de gestión, usos y costumbres, etcétera- mediante un cambio de dirigencias y anteponiendo a la rentabilidad inversora estadounidense la intención democratizadora? ¿A qué costo? ¿Por qué no preferir mejor a un castrista que sea el menos dogmático y comunista de la estirpe, al menos defensor de la memoria histórica de la violencia imperialista y de la épica revolucionaria y anticapitalista, al más proclive a la iniciativa privada y a una transición socialista donde el Estado preserve su jerarquía, mantenga las condiciones de seguridad convenientes a Washington y a La Habana, favorezca el levantamiento del embargo y el despliegue del capital estadounidense con rendimientos de ambas partes, y donde -en un mundo donde la guerra ideológica está pasando a la historia- las democracias occidentales dejen de ser estigmas amenazantes de la cultura derivada de la Guerra Fría?

¿El nieto preferido de Raúl, Raúl Guillermo, su guardián insomne, su escolta incondicional y sabedor de sus secretos?…

Trasciende que dialoga con el jefe de la diplomacia ‘americana’, el que es factor central en las decisiones de la Casa Blanca en el mundo entero y, en particular, en el entorno regional de su mayor interés, el del Caribe, donde Cuba ocupa el centro de su energía vital.

Y acaso Marco Rubio nunca sea Presidente republicano. (No es santo de las devociones del supremacismo racista del Tea Party y sus orígenes fundacionales en la tierra de las brujas del prejuicio anglosajón quemadas vivas.) Pero no sería ninguna novedad, dentro del perfil de negocios de la Presidencia de Trump, que un personaje como él, como Rubio -cuyos padres, con los dos hermanos mayores de Marco Antonio huyeron de la tiranía batistiana en el 56 y cuyo abuelo materno lo hizo, en el 59, de las expropiaciones indiscriminadas y a menudo injustas e innecesarias de la naciente Revolución triunfante contra aquella- encontrara en el nieto de Raúl, y con el consentimiento de este centenario líder supremo del régimen revolucionario, la alternativa providencial que pusiera fin al bloqueo contra el país de sus orígenes, y que una transición con el menos ideologizado de los Castro -y de hecho el más satanizado por los comunistas mismos en todos los estamentos del Partido- sorteara el imposible de encontrar liderazgos alternativos capaces de una transformación estructural distinta del Estado (si bien esta transformación arrojaría, con sus mejoras en el bienestar general, las desigualdades propias del ingreso donde el mercado y el capital privado definen las diferencias, aunque unas políticas fiscales y laborales de vindicativas pueden obrar la mejor distribución de la riqueza y un desarrollo social progresista y equitativo.)

Que al fin y al cabo al pragmatismo trumpista parece importarle poco si las naciones del mundo son regidas por los Estados de una u otra filiación política o religiosa. Sus prioridades básicas parecen ser dos: territorios de inversión estadounidense garantizados en una globalidad integrada hasta el extremo, y estabilidad institucional exterior que garantice la seguridad del Estado de la Unión Americana frente a las amenazas multiplicadas por el agotamiento energético y la disputa por los insumos de una industrialización cuyas fronteras de abasto y de mercado, cada vez más estrechas y conflictivas, definen la sobrevivencia del planeta y el destino de la humanidad entera.

Y claro, como los corinistas, los anticastristas de dentro y del exilio se quedarían chiflando en la loma. Y los demócratas y la legión creciente de enemigos de Trump ¿suscribirían este nuevo éxito de Rubio que iría en contra de la gran esperanza libertaria y democratizadora de Cuba?

Bueno, acaso Rubio no sería Presidente merced a la segregación republicana de su ser latino. Pero el gran capital ‘americano’ ¿renunciaría a participar en Cuba si las garantías de una nueva era se lo permiten? ¿Y un socialismo isleño de importante financiación fiscal y alta capacidad de recuperación de los sectores fundamentales del bienestar social sería condenado por la desigualdad en los niveles de ingreso?

¿Podrían Trump y Raúl Castro ser los padrinos del cambio?

SM

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