
Signos
El prosocrático griego Platón defendía que los filósofos, por sabios, debían ser gobernantes.
Y más de veintitrés siglos después, el neomarxista alemán y profreudiano Adorno corregía que el pensador de oficio no podía sino serlo de tiempo completo; que ni siquiera tenía suficiente y que ni la vida misma le alcanzaba para entender las aberraciones de ‘la industria de la cultura’ y del ocaso de la ilustración que producían las regresiones civilizatorias y la emergencia de fanatismos y fascismos, como para además pretender ocuparse de hacer política y de encargarse del gobierno.
Y entonces la sabiduría se quedaba entre los libros y las aulas y las utopías académicas. Los filósofos y los teóricos sociales representaban el saber que se alejaba (para siempre) de los pueblos. Y la canalla gobernante -con sus grandes excepciones afirmativas que han confirmado la regla del tutelaje proditorio- han terminado ganando la partida y arrasando a las vencidas fuerzas negantrópicas de la defensa civilizatoria.
Y las ideas y las enseñanzas del Logos y el pasado se pierden en las brumas de lo inútil y lo innecesario de los tiempos de la industria cultural (en los términos de la Escuela de Frankfurt, o de ‘La civilización del espectáculo’, en los de Varguitas; espectáculo por demás visual, digital y tan pasajero e irrelevante como los miles de misiles de la modernidad).
Porque el futuro que anhelaban desde los presocráticos hasta los célebres precursores de la Teoría Crítica -que de ellos en adelante la influencia del pensamiento social se volvió mera erudición de ornato, como de pronto se apagaron asimismo las luces de la gran literatura y de todas las artes que se admiraban por imperecederas-, ese futuro de pronto desapareció del horizonte.
Porque el horizonte mismo quedó a merced de una generación, como la de los fieles del líder supremo del ‘Mundo libre’, Donald Trump, quien dice que no necesita entender ningún maldito idioma que no sea el de su autoridad ni reconocer más derecho que el suyo para dominar la Tierra, porque tiene a su merced las armas que no tiene más nadie para hacerlo.
SM