Echeverría, en letras de sangre

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Signos

Por Salvador Montenegro

Que nadie se engañe: este delincuente centenario nunca fue capaz de hacer nada bueno en su larga y muy repudiable vida.

Los gobernantes que mandan matar ciudadanos inocentes, y sus cómplices, son homicidas.

Y los homicidas no pueden ser honrados, a menos que los panegiristas de turno que promueven sus honores sean de la misma bárbara catadura criminal.

Todo cuanto hizo Echeverría al frente del Estado mexicano fue por intereses de poder, por dinero y por dolo.

Era un canalla de las cloacas.

Fue abandonado a su suerte en sus postrimerías por sus propios hijos, herederos de las miserias morales de su estirpe.

Y en Quintana Roo, la colonización rural de su autoría para poder fundar el Estado fue, cuando menos, un rotundo fracaso productivo y un vasto atentado forestal y ambiental: sólo uno de los saldos de las campañas clientelares de su tiempo, el del principio del desastre económico mexicano en la era oprobiosa de la propaganda populista del tercermundismo.

Y Cancún, y todas las ciudades turísticas del Caribe mexicano reproducidas a su imagen y semejanza, son expansivos y caóticos morideros sin orden y sin ley, a merced del interés codicioso y execrable de munícipes rapaces y gobernantes depredadores de todos los niveles que se han dedicado, se dedican y se dedicarán, al sucio negocio de rentabilizar la miseria inmigrante y de traficar ganancias con los jefes en turno de cualquier tipo de criminalidad empresarial y de la propia del narcoterror.

Porque no hay una sola urbe en Quintana Roo, desde la creación de Cancún a iniciativa de los avaros oligarcas cómplices del echeverriato, que opere de manera saludable y con un equilibrio sostenible entre los cuidados bióticos, fiscales, sociales, culturales, de seguridad y de desarrollo humano.

La marginalidad, el precarismo y la violencia despedazan una de las biósferas más ricas y abundantes del planeta, siempre en los entornos de los grandes y letales corporativos turísticos.

La costa caribe de México, desde la fundación de Cancún y desde la creación del Estado de Quintana Roo, no ha parado de ser una sostenida e irremediable degradación en todos los sentidos.

La corrupción echeverrista, propia de la cultura y el poder de todos los tiempos mexicanos, sólo fue una etapa más en esta sórdida historia de truhanes y vividores de la política.

SM

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