Elegir a ciegas (¿elegir?)

Signos

¿Pero qué es el nuevo Tribunal de Disciplina Judicial? ¿Cuál el perfil que deben tener sus integrantes? ¿Qué diferencia entre el saber de un Ministro y el de quien ahora calificará su proceder? ¿Cómo identificar la cualidad de unos y otros candidatos desconocidos a sus no menos desconocidas investiduras, y escoger a los mejores de entre la multitud de aspirantes a Magistrados y Jueces propuestos y enlistados por los comités de especialistas de los tres Poderes republicanos federales y estatales en los términos de la reforma judicial?

¿Quién, más allá de la comunidad jurídica y de aquellos muy involucrados en querellas de orden legal, sabe de tribunales y de ámbitos litigiosos y de todo ese universo constitucionalista ininteligible y de tramposos barroquismos retóricos en un conglomerado nacional donde lo que menos ha preocupado nunca al Estado es el conocimiento y la defensa de los derechos individuales y sociales, el entendimiento ciudadano de las estructuras institucionales del entorno jurisdiccional, la noción pública de los recursos y los mecanismos y las alternativas instrumentales del sistema de Justicia con qué contar y a los qué acudir contra los desafueros del abuso y la arbitrariedad, y donde -porque tampoco ha importado la calidad educativa como factor de conciencia y desarrollo democrático- en la misma dimensión de la pobre defensa pública de los derechos ciudadanos han expandido su industria los grandes despachos y conglomerados de la defensoría privada y se ha favorecido, como en los pueblos más iletrados del orbe, la injusticia y la impunidad?

De la ley y la Justicia se sabe por los escándalos criminales, los volúmenes noticiosos de la corrupción, lo que se dice y se publica en torno de uno de los países más azotados por la delincuencia y la ilegalidad.

¿Cómo votar por lo que no se sabe en absoluto, y cuando de lo que se trataría ahora es de votar por méritos diferenciales dentro de una lógica donde las virtudes jurisdiccionales y constitucionalistas suelen contrastar con los valores éticos y los procederes de la equidad y los principios humanísticos?

¿Cómo distinguir a los rufianes y a los probos, a los pérfidos genios del Derecho y a los honorables sin rigor para exhibirse y promocionarse? ¿De qué modo atajar a mafiosos y mercenarios e impulsar a profesionales necesarios? ¿Cómo impedir que los afanes politiqueros y partidistas y delictivos de mayor rango se apropien de la confusión electora y sean los verdaderos ganadores de la justa democrática derivada de la reforma judicial y el sistema de Justicia acabe en el desastre regresivo que pudiera ser?

Ya la elección de gobernantes y representantes populares es un perfecto fracaso democrático. Y a ella concurren muchos menos candidatos cuyas trayectorias, en cambio, suelen ser de sobra conocidas por el electorado, y las excepciones que confirman la regla de la pésima calidad competitiva son, a decir de la ingobernabilidad y de la vasta criminalidad que crece y domina en el país, cada vez mas insignificantes e intrascendentes. ¿Qué ha de ser en la elección de candidatos donde de su valor moral nada informan sus expedientes profesionales y menos saben de ellos los desinformados electores?

La cultura del sufragio nacional es una estela de despropósitos idiosincráticos determinados por una pobreza crítica que ha conducido a la frustración del autoritarismo y el neoliberalismo privatizador de ayer y a la euforia convencida de las transformaciones míticas del obradorismo moralizador de hoy.

Pero ni antes ni ahora el electorado popular, como el de todas las democracias inciviles del mundo entero, ha sufragado nunca por programas y propuestas y fundamentos históricos o ideológicos.

No hay un sufragio masivo crítico.

La propaganda y los falsos liderazgos alternativos de ayer hacían diferencias pírricas cifradas en la mediocridad de la esperanza o en la resignación.

El carisma y la austeridad moralizante y de identidad y verbo populares han hecho el milagro contagioso y perseverante de un obradorismo que lo mismo convierte en liderazgos locales invencibles a oportunistas mediocres y a perfectos delincuentes enemigos de todo principio progresista y de toda dignidad, que eleva por los cielos de una popularidad histórica e inédita a una Presidenta de la República por demás sobria, sistemática y sin las sonoridades discursivas del estilo de su mentor y predecesor, en medio de un divisionismo faccioso de su movimiento político donde simuladores y traidores intentan beneficios propios socavando el liderazgo claudista, mientras el mismo se consolida con exitosas posiciones de poder frente al narcoterror y la inseguridad -y en sentido contrario a las de Andrés Manuel, aprovechando las presiones del trumpismo- y con alternativas de negociación que intentan mitigar el impacto de las nuevas decisiones comerciales, migratorias y de pretensiones hegemónicas de Washington.

En las campañas por el poder político cuentan la apariencia popular de los candidatos, sus arsenales demagogos y propagandistas, su naturaleza extrovertida, su potencial para ‘venderse’, su capacidad para traficar con la imagen, y en la inciviliidad mexicana vale el color de su partido y sus mentiras ‘humanistas’. Pero el Juez, además de su sabiduría jurisdiccional, vale por su mesura, su discreción, su imparcialidad, su distanciamiento político y su resistencia al fuego fatuo de la propaganda. ¿Tiene futuro un candidato así donde el prejuicio y la impostura mandan?

Había que reformar el PoderJudicial, claro está. Pero donde los gobernadores y sus grupos controlan tribunales y Fiscalías y aprueban todas las listas de los candidatos a Magistrados y Jueces e imponen a sus subordinados como tales y el electorado en general puede o no ir a las urnas a elegir al azar entre un caudal de nombres para toda suerte de veredictos de querellas y procesos federales y estatales desconocidos puede estar siendo, más bien, un histórico (e histérico) contrasentido. 

SM

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *