
Signos
Ahora la Presidenta está en la raya: la de hundir al Niño Verde y su grupo en los Gobiernos estatales que controlan, o la de asumir lo que sería una colosal derrota con los colores de la regeneración moral.
El Niño Verde ha sido un campeón invicto. Salió ileso y ganador, por ejemplo, hasta de la muerte de la joven búlgara Chalina Chankova, quien, tras ser violada, fue lanzada al vacío desde un balcón en el piso 19 de la Torre Esmerald, de Cancún, en el curso de una fiesta que, un también búlgaro representante de ‘modelos y edecanes’, Mario Pidev, declaró ministerialmente que el departamento era propiedad del Niño Verde y que la juerga, muy bien dotada de drogas, fue amenizada por encargo del entonces Senador, y debió suspenderse, claro está -sólo habría faltado que la autoridad dejara seguir la farra sangrienta-, después de ocurrido el sádico asesinato, es decir en las primeras horas de aquel dos de abril de 2011, y de cuyos cargos fue salvado el jefe verde por el entonces y saliente Gobernador priista quintanarroense Félix González Canto (5 de abril de 2005/4 de abril de 2011), importante defensor de sus intereses, como lo fue asimismo el ahora presidiario Beto Borge, también cozumeleño y también impuesto a dedo por su predecesor en el Gobierno del Estado caribe, aves todas del mismo plumaje del llamado por algunos ‘el tirador del Esmerald’.
Es decir, que habría tela de donde cortar si de poner en su sitio a criminales incorregibles y extralimitados en los fueros de su impunidad, como el del caso, se trata. Y que, sólo en la Entidad peninsular, además del Gobierno estatal mismo y del Congreso controlan el sistema de Justicia completo, con sus verdes dirigentes del Poder Judicial y su muy autónoma y muy chiapaneca Fiscalía General, sin cuyo dominio el crimen organizado no sería tan libre y tan letal como lo es ahora, es decir como nunca en la historia quintanarroense.
Nunca mejor momento para que el poder superior de la patria hiciera valer la divisa de que ‘el fin justifica los medios’. Pero además, si no se hace, el reino de la delincuencia política y electoral organizada no tendría fin. Y las debilidades presidenciales y de la regeneración moral, tampoco.
Seguir dependiendo de negociaciones con el lúmpen político crecido de la bastardía electorera falsamente representativa de la voluntad de las minorías, es seguir pervirtiendo un sistema de partidos inservible y utilitario para la misma prole crecida -entonces como maloliente oposición administrada- con la usurpación del oligárquico salinato neoliberal (el creador, asimismo, para amparar esos negocios de la democracia, de las bases de la moderna institucionalidad electoral).
De modo que las definiciones del poder están en el aparador. Y no dependen de reformitas electoreras de quinta, sino de órdenes de liderazgo de Estado de alta definición.
Porque hasta ahora lo que se ha visto es que la Presidenta no tiene (ella, pues, de entre los de su entera confianza y verdadero capital para hacerse respetar) quien le haga la tarea del poder real detrás de las bambalinas, y menos en los basureros del callejón (que la política de la pureza no pasa de las Mañaneras del Pueblo de pan, chocolate caliente y buen corazón). Ni tiene quien represente los intereses políticos y electorales de su causa personal y nacional en los Estados del país.
SM