La peste electorera

Signos

El tufo de los procesos políticos y electorales es el de un país en descomposición y en retroceso, donde los candidatos son lo que menos cuenta, donde la bastardía partidista de los negocios cupulares no apela siquiera a las formas de la demagogia democrática, donde la victoria no se atiene a mérito ninguno ni proyecto de los nominados -por los jefes de sus respectivas bandas-, donde la popularidad es una marca monopólica y una espada que reparte potestades representativas entre súbditos oportunistas y anodinos de temporalera conveniencia, donde la perorata moralista que encumbra en el poder al unigénito se deshoja entre la canalla de los acólitos que ganan los gobiernos para nada más que seguir reproduciendo el reino y la cultura de la inmundicia y de la decadencia, donde las tramas partidistas se arman en las cloacas de la política de las que emerge el destino de los pueblos (o la continuidad de sus infiernos de violencia, indigencia, corrupción, analfabetismo y caos), donde cualquier perdulario prestanombres disponible puede ser sentado en las letrinas del poder público para que otros más osados y siniestros -como el Niño Verde y liderazgos similares, enemigos o asociados, nacidos y beneficiarios de la mexicana democracia- se caguen con su culo intermediario en la nobleza de la patria, y donde, a fin de cuentas, sin programa, sin propuestas, sin valores, sin lealtades ni capacidades, lo que cuenta más allá de las ingenuidades electoras y las pretensiones transformadoras o moralizadoras es lo de siempre del poder sin alma ni compromiso ni pudor: conservar o hacerse de los controles institucionales del Estado y sus minas de dominio y de dinero, cuando nunca, en el país de la simulación y la blasfemia eternas, el grito contra la corrupción y por la resucitación moral se había alzado como un himno, y cuando entre las olas del cinismo político más delirante y homicida de todos los tiempos los sicarios matan, a toda hora, día con día, con plenas libertad e impunidad, con absoluta confianza y eficacia del oficio, mientras candidatos, promotores, propagandistas, militantes, gobernantes y legiones de ciudadanos electores, a la vera de los montones de cadáveres -como en “La peste”- y entre los abundantes charcos y las noticias de sangre, siguen por la vida, impávidos y ajenos, con su carnaval de máscaras y de mentiras.

SM

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