
Signos
Sí, Hitler dijo que el problema de Alemania eran los judíos. Los alemanes eran tan arios que eran omnipotentes e invencibles. Los arios debían quemar a los judíos. Y los nazis lo hicieron con cuantos pudieron. La potencia económica y militar alemana estaba en un retroceso nunca visto tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión. Se desindustrializaba. El desempleo y la parálisis la consumían. Hasta la reciente y brutal revolución industrial soviética de Stalin la superaba. Tenía el vasto potencial productivo para recuperarse y transformarse pero no tenía el estímulo del liderazgo necesario para hacerlo. Tocaba fondo. Y llegó entonces el esquizofrénico genial que incorporó a su causa a una élite de locos del mismo modo geniales, incondicionales y temerarios, en torno de los cuales cundió el delirio de la superioridad y el dominio consecuente y seguro sobre la humanidad entera. Y se activaron los dogmas del convencimiento y la propaganda iracunda y omnímoda de conquistarlo y dominarlo todo. Pero el aliento transformador, que levantó a la nación de inmediato, no era de espíritu saludable o virtuoso, por supuesto. Era violento, maligno, oscuro. Y se hizo histeria colectiva, devoción ultranacionalista, fanatismo insomne, odio sectario, obediencia criminal y vocación sangrienta de sometimiento y de conquista. Los excesos de la irracionalidad absoluta llevaron de nuevo a los escombros, la parálisis, la renuncia al fascismo y a la conciencia del renacimiento democrático. El fracaso de la alternativa dictatorial propia redimió a la parte occidental de Alemania y condenó a la dictadura comunista a la de al lado, encarcelada tras un muro. La transformación equívoca y sus excesos demenciales obraron una transición alemana efímera que fue de la esperanza en la victoria a un fracaso mayor del que se había salido, mientras el sangriento estalinismo soviético ganador contra el nazismo acabó en una “Perestroika” igualmente fallida de la que pudieron salvarse las exrepúblicas soviéticas gracias a un independentismo reformador que de cualquier modo fue producto de ella y luego de la ‘revolución’ modernizadora rusa de Vladimir Putin. (Alemania y su poderosa genética cultural regenerativa y de autorrecuperación se sobrepone a sus derrumbes históricos, como los de las Guerras Mundiales, provocados por sus reincidencias autárquicas y sus predilecciones por el ultraconservadurismo de herencias fascistas, como el que en su electorado mayoritario se impone ahora. En Rusia se ha renunciado, en cambio, al ideologismo y se sigue el rumbo de la evolución heterodoxa marcado por los éxitos políticos internos e internacionales de Putin.) Trump insiste en que los culpables son los narcoterroristas mexicanos, canadienses y chinos que envenenan con fentanilo a sus millones de ejemplares ciudadanos adictos y consumidores indefensos ante la masiva oferta de drogas que se niegan a combatir los narcoGobiernos de los países productores y exportadores de la droga, y por eso debe castigarlos con impuestos arancelarios a sus exportaciones hacia Estados Unidos como beneficiarios que además son, dice, de las asimetrías comerciales y a cuyos déficits (entre lo que compran y lo que venden a su país) identifica como subsidios estadounidenses o ganancias indebidas para sus arcas fiscales (porque si compran menos de lo que venden son unos mantenidos). Y entonces alienta el odio contra los narcoterroristas genocidas (que a diferencia de los vendedores de alcohol o de armas que no causan las ganas de beber de las multitudes alcohólicas o de matar de las homicidas, ellos sí causan las ansias de consumir opioides) y ataca a los Estados nacionales que los protegen y a todos aquellos que son culpables del déficit comercial ‘americano’ y de las transferencias industriales y productivas hacia ellos y que los fortalecen, cree, en detrimento de la economía propia. Y entonces asume el liderazgo absoluto para reconvertir las cosas y remontar el retroceso. Debe imponerse la supremacía propia de la nación estadounidense y exterminarse a los fentanileros y doblegarse a sus Gobiernos y a sus naciones beneficiarias de los excedentes importadores ‘americanos’. La superpotencia económica y militar se ha desacelerado. Se desindustrializa por culpa de la chusma exportadora. Pierde dinamismo. El empleo y los remanentes fiscales de las manufacturas crecen en aquellos países subsidiados por Estados Unidos. Pero sigue intacto el vasto potencial productivo para recuperarse. Y ahora, entiende Trump, tiene el estímulo del liderazgo justo para hacerlo. El mismo que cuenta con una élite de mentes también geniales, incondicionales y temerarias, y en torno de las cuales espera que cunda la certeza de la superioridad y del dominio consecuente y seguro sobre la humanidad entera. Y con esa élite supremacista trata de activar los dogmas del convencimiento y la propaganda de conquistarlo y dominarlo todo. Y hasta ahora el aliento transformador imperialista de Trump va viento en popa. Pero el impulso que lleva y el delirio que advierte podrían también desbordar los límites de la histeria autocomplaciente y alcanzar los excesos letales de la irracionalidad absoluta. Hitler amenazó a Stalin y fue el principio de su tragedia. Trump es diestro en los negocios de dinero y no en los de la diplomacia y la guerra. Puede querer, también, apoderarse de cuanto cree que puede en la Tierra. Pero puede fracasar en su intento de romper la alianza ruso-china. Y flaquear con tantos frentes abiertos desde el principio por querer ganar la guerra solo disparando a diestra y siniestra intentando, asimismo, ganar con eso las elecciones intermedias que vienen. Los apuros narcisistas y los excesos fascistas suelen tener consecuencias tan vertiginosas como apocalípticas. Las reinvenciones rusa y china son de trazos generacionales. Los alemanes de Hitler y los soviéticos de Gorbachov saben que las inmediateces del cambio se pagan caras. Los ‘americanos’ supremacistas pueden creer que la revolución trumpista será un éxito de largo aliento. Pero si en algún lado hay resistencia a los cambios históricos es en la propia Unión Americana. La cruenta Guerra Civil se atravesó, por ejemplo, en el camino de la abolición de la esclavitud, y tras un siglo de ser decretada los baños públicos para los negros seguían sin ser los mismos que para los blancos, y medio siglo después de la conquista de la igualdad de los derechos civiles y del asesinato de Luther King seguía sin poder postularse a la Casa Blanca un candidato afroamericano. De modo que Trump puede cantar todas sus victorias en la víspera. Como Hitler lo hizo antes de tiempo. Y Napoleón, en el invierno postrero de su codicia imperial.
SM