La moral, el punto de quiebre del partido de la Regeneración Nacional

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Signos

No somos como los de antes. Sólo candidatos intachables pueden ser postulados por el partido de la ‘cuarta transformación’. Sólo seres inmaculados harán el futuro del obradorismo. La corrupción no puede tener cabida donde gobierna Morena. Santa Anna, Porfirio Díaz, los Conservadores, los prianistas, los Calderón y García Luna serán desterrados de la historia por el ejemplo depurativo de los progresistas defensores de la honestidad y el compromiso y la renovación moral de la sociedad humanista y de corazón feminista presidida por Claudia Sheinbaum Pardo. Y aplaudiendo a rabiar entre la galería apostólica, los Gobernadores, con licencia o sin ella, con expedientes abiertos o por anunciarse en los Estados Unidos como presuntos narcos, y una legión de otros delincuentes defendidos como izquierdistas honorables y perseguidos por la Justicia yanqui sólo para castigar el ejemplo mexicano de independencia, libertad y absoluta soberanía frente al poderío imperial.

Ah, pero claro: si alguno de esos progresistas acusados de criminales en Estados Unidos y que siempre han sido defendidos y jamás investigados y procesados en México, son llevados a las Cortes ‘americanas’, entonces la moral oficialista los dejará a su suerte. Sí, porque no se puede construir ningún segundo piso de ninguna transformación nacional con esos malos ejemplos, tan propios del pasado revolucionario y del prianismo neoliberal.

Se hacen bolas, diría Salinas. ¿Cómo ejemplificar las sacras labores de la reconstrucción militante?, ¿justificando a los perseguidos del colonialismo o usándolos como ejemplos de lo que no debe seguir?

La transparencia no se hizo para los ciegos y los enajenados, diría Sansores Pérez con sus urnas cristalinas en los comicios tricolores internos, ni la democracia y la defensa del pueblo las hacen quienes viven de engañarlo, diría para sus adentros el viejo crápula Fidel Velázquez muerto de risa, ni desenfundar las espadas de la dignidad para defender causas y verdades justicieras en culturas plagadas de simuladores y blasfemos hace un discurso creíble lo más mínimo entre audiencias con dos dedos de frente que se niegan a que les tomen el pelo, diría el proscrito sentido común.

Andrés Manuel López Obrador aprendió de sobra de los más diestros y habilísimos priistas engañabobos de su tiempo que los envoltorios discursivos de la moralización sólo pueden defenderlos espíritus bien curtidos en el doble discurso de las falsas verdades y las intencionalidades coyunturales necesarias del poder.

Se forjó en eso y su naturaleza populachera sabía cómo lucrar con eso.

Pero del mismo modo que Miguel de la Madrid en sus lejanos días de campaña presidencial sabía que era imposible la moralización de la política y de la sociedad en un pueblo tan hecho a la idiosincrasia de la corrupción, sin asideros educativos ni reformas estructurales de transformación institucional, Andrés Manuel se echó a la conquista del poder del Estado y lo ganó, él sí con el sufragio convencido de los electores, aunque a sabiendas de que ganaba merced a su carisma, a su identidad popular y a una oferta de transformación del mismo modo creíble y aceptable por los desaforados rangos de la corrupción precedente -la populista y la neoliberal-, pero de ninguna manera porque él mismo creyese en el destierro de la cultura de la corrupción ni, como quedó probado, que su proyecto moralizador le alcanzara para castigar a los corruptos de antes, puesto que no habría modo de renovar el podrido sistema de Justicia que los amparaba y que, aliado con el reformismo parlamentario verdecologista tan igualmente escatológico, menos, y, peor, con una reforma judicial que cambió la ruina del sistema judicial por la alternativa democrática de sus escombros, salidos de las urnas de electores por completo ajenos a las complejidades del sistema; poseedores de un analfabetismo jurisdiccional de dimensiones similares a las de la inamovible calidad educativa del país.

Se insiste en moralizar a la nación y a su política en medio de los escándalos de corrupción que inundan a sus pretendidos moralizadores del partido obradorista de la Regeneración Nacional, pero sin saber apartar los giros retóricos utilitarios de las viejas madrigueras de zorros manipuladores priistas respecto de las verdaderas necesidades de liderazgo y de gobernabilidad del país. Y así, el discurso se queda en el cascarón. Y los liderazgos supletorios del obradorismo originario, sin las bendiciones evangélicas y presenciales del caudillo creador, se exhiben en sus artificiosas fatuidades.

Porque no hay obras y políticas de Estado mejores que las heredadas. Y el discurso del relevo de la moralidad originaria, entre las persecuciones del injerencismo ‘americano’ contra los delincuentes que se parapetan detrás de las convocatorias del renacimiento nacional en las alas aliancistas del verdemorenismo, se escucha más impertinente y desfondado que nunca. Y, más, cuanto más enjundioso y ejemplarizante y electorero quiere ser.

Reincidir en la política y el credo de la redención sin mejores redentores que los de la oposición (los Yunes o los Villarreal o López Hernández, como los Alitos o los Anayas, etcétera), acaso sea el peor de los errores. Y con un discurso redundante, ramplón y sin respaldo en gestiones institucionales y obras sobresalientes y novedosas, no hay vislumbres de éxito de la tan pregonada transformación.

SM

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