
Signos
“En Morena los corruptos no tienen cabida”, reitera la nueva dirigente nacional del partido del Bienestar, Ariadna Montiel.
Es la lógica sin variantes, ni de forma ni de contenido, del jefe fundacional, Andrés Manuel López Obrador, cuyo evangelio ha publicado en su libro “Grandeza”.
El Pueblo es el de los orígenes prehispánicos y su moral es la que orienta el rumbo del partido obradorista de la Regeneración Nacional.
Un Pueblo que sigue fiel a sus muy hondas raíces. A unas raíces culturales donde nada, ni en la diversidad de conglomerados y naciones y sincretismos, jamás contaminó de maldad a uno solo de sus habitantes ni a uno solo de sus gobernantes.
Un Pueblo ajeno a las perversidades del mestizaje, la Colonia y la civilización nacida de la Conquista española, donde se incubaron todas las pestes de la corrupción nacional que, sin embargo, no tocaron el alma de los seres originarios ni la de sus descendencias sobrevivientes.
Un Pueblo ancestral, en fin, que ha reencarnado en el espíritu de la ‘Cuarta transformación’, el del partido presidencial, y cuya nativa pureza inmaculada decide su destino, aunque sus enemigos de la oligarquía neoliberal quieran descalificar la virtud obradorista haciendo caso a los infundios y las campañas de desprestigio imperialistas contra algunos gobernantes que jamás se apartarían de los sagrados mandamientos progresistas de ‘no mentir, no robar, no traicionar’.
Y entre el supremacismo espiritual, la aridez argumentativa y los abrazos de corazón feminista de la Presidenta, siguen su curso las arengas panfletarias del oficialismo verdemorenista rumbo a la próxima elección.
¿No es mejor defender, sí, la lucha anticorrupción y la soberanía, pero asumiendo la autocrítica y aceptando culpas, complicidades posibles o probadas del poder político con el crimen organizado?; ¿reconociendo incompetencias y usos delictivos en instituciones de Seguridad, Fiscalías y sistemas de Justicia que favorecen la impunidad y la imposibilidad de hacer cumplir la ley en contra de quien la viola y en favor de quien debe ser protegido por ella?; ¿es decir: denunciando las inocultables evidencias de la corrupción del poder político sin exclusiones partidistas -sin acusar a los otros para esconder los atropellos propios-, y anunciando y emprendiendo procesos federalistas de investigación y saneamiento -que para eso existe el espionaje oficial y sus aparatos de Inteligencia financiera, militar, ministerial, política y de seguridad pública- en todos las Entidades del país donde los gobernantes y sus grupos de poder estén controlando en su provecho -cual están haciendo todos, o casi todos- las instituciones soberanas, como las Fiscalías y los Tribunales de Justicia, y tejiendo negocios prohibidos y con el crimen organizado a través de ellos?
Por qué no en lugar de las sobadas blasfemias circulares sobre la mítica decencia militante no se hacen advertencias de autoridad -abiertas o cerradas, en el foro público o en las reuniones privadas entre responsables o emisarios de la jerarquía republicana- sobre acciones procedentes o sobre acuerdos de investigación compartida -como con Estados Unidos- que eviten especulaciones sobre complicidades internas o injerencismo extranjero, y pongan en claro la cero tolerancia sobre la delincuencia política que bien se sabe que tanto en el partido de la moral como en sus aliados y opositores milita sin candados ni contenciones.
Más que el blablablá de los pudorosos de hoy y los denunciados como los corruptos de ayer -para intentar salvar las crisis del insolente espejo y de las colas largas de los correligionarios bajo la lupa de los crímenes y las turbias asociaciones políticas a comprobar- se precisa la virtud de informar de acciones y obras concretas de la gobernanza y del quehacer representativo de quien cobra en la nómina del poder público, y de probar con hechos que no se consecuentan rufianes influyentes -que los de quinta son plagas inextinguibles- en ese poder, y que si el sistema propio de Justicia, con sus espías incluidos, es insuficiente contra los malandros y sus daños al Estado de derecho y su soberanía, no ha de dudarse en operar de manera conjunta y concertada con el exterior, dentro de los mandatos constitucionales respectivos y las tolerancias mutuas que el buen juicio y la discrecionalidad necesaria se convengan para hacer mejor las cosas.
Porque los soberanismos retóricos y de propaganda no sirven ni contra el trumpismo que los asume como una afrenta, ni para erradicar las emboscadas criminales de quienes sólo entienden de cabezas poderosas abatidas, caídas en desgracia, rindiendo cuentas en los tribunales o llorando tras las rejas la asfixia de sus angostos calabozos.
SM