
El minotauro
Por Nicolás Durán de la Sierra
En ambos casos ha sido muchas aguas las que han que han pasado tanto bajo el recién reinaugurado puente de la Nichupté, una gran obra suntuaria, como del regreso en 1547 de los restos de Hernán Cortés a México, en un templo del Centro Histórico de la capital del país, tras un alta, por si a algún patriota exaltado por el ayer se le ocurriera vengar a los mexicas.
El que se construyó sobre el cuerpo lagunar de Cancún y que supuso una inversión federal de 12 mil millones, es juguete nuevo, el lucidor, el digno del Facebook; el otro resurgió a la luz por una bravata de Isabel Ayuso, edil de Madrid que recién visitara la Ciudad de México y quería homenajear al conquistador nada menos que en la Catedral Metropolitana.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue el eje de atención en ambos casos y las cámaras dieron vuelo filmándola al andar en bicicleta, aquí, y en la conferencia matinal fustigando a la dicha alcaldesa que días atrás había llamado “narco gobierno” a nuestro país y la empeñada en decir que México se escribe con “J”. Vaya pues, y yo digo que Espana se escriba con “N” y asunto arreglado.
(Se abre un paréntesis porque el respetable quiere saber sobre el novísimo puente. Se trata de una obra de poco más de 22 kilómetros, unos once de ida y otros tantos de vuelta, con una doble raya al centro para ciclistas y corredores; motociclistas, no. Su altísima inversión bien pudo usarse en el tendido de un nuevo basurero para la ciudad, que es urgente, pero no luce en los medios).
Díaz Ayuso, una sinvergüenza ligada al fraude con las mascarillas durante la pandemia y a la que amenazan en España con cárcel, es lideresa del Partido Popular -algo así como el PAN de allá, pero mas clerical- y lo de Hernán Cortés una provocación que, al final terminó con un pichurriento tedeum en un centro deportivo ya que en la catedral les dijeron que no, que otra vez será.
Muchas aguas han corrido bajo ambos puentes; unas por la acción marina, pues se trata de una laguna y no de un lago; y otras más habrán de correr en los flujos de la historia antes de que prevalezca el sentido común. Uno es un puente, una hermosa obra, pero solo eso: un puente; la otra es una historia mal contada en los dos lados del Atlántico y que seguirá revolcando el pasado.