
Signos
¿Y ahora?
La Gobernadora de Chihuahua niega haber sabido que en uno de sus operativos antinarco participara la CIA, dos de cuyos espías murieron en un accidente automovilístico tras el desmantelamiento de un laboratorio de metanfetaminas en la Sierra Tarahumara, y de cuya filiación de los agentes extranjeros supo la Presidenta Sheinbaum por las noticias de un medio estadounidense que se dispersaron a los cuatro vientos.
Y ahora la Presidenta y su Secretario federal de Seguridad, Omar García Harfuch, niegan que dos figuras del ‘narco’ muertas por la detonación de un artefacto explosivo en su vehículo mientras viajaban en una carretera del Estado de México hayan sido víctimas de la CIA, como lo hizo saber otro medio informativo estadounidense, CNN, mientras Trump ha sentenciado que si la autoridad mexicana no combate con eficiencia al crimen organizado lo hará la suya, y mientras distintos representantes de su Gobierno señalan que el mexicano protege a la delincuencia política de su partido que, a su vez, es la culpable de la impunidad que blinda a los criminales del ‘narco’ y del tráfico internacional de combustibles ilegales, y a cuyos jefes de esa delincuencia hay que empezar a combatir, empezando por el Gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.
Como objetivo superior, Osama bin Laden fue ubicado por la CIA y ejecutado por un comando de élite de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Paquistán durante la Presidencia demócrata de Obama.
Los objetivos de la seguridad nacional estadounidense que deban ser eliminados lo serán si cuenta con la fuerza institucional y táctica para hacerlo.
Leyes e instituciones de su país disponen de todos los mecanismos, discrecionales o públicos, para que los mandatos gubernamentales, del partido político que sean, operen en consecuencia en cualquier parte del mundo.
Si el Estado extranjero de esos objetivos coopera, bien, y si no, también: el espionaje actuará en la máxima clandestinidad por cuenta propia.
Y México, su frontera inmediata, si en los tiempos de la Guerra Fría era uno de los territorios de su mayor interés en el mundo, ahora, en los días del mayor poder del crimen organizado, más.
Y sobre todo cuando está de sobra probado que la delincuencia política, sobre todo en las Entidades Federativas, es la condición propiciatoria por excelencia del narcoterror. Y que la autoridad federal, que debiera combatirlo en sólida alianza con la estadounidense, opta por una postura de aparente defensa de la soberanía nacional que más parece complicidad con el crimen que interés por erradicarlo, lo que identificaría al régimen mexicano como enemigo de la seguridad nacional ‘americana’.
De modo que si la CIA hizo matar a Bin Laden del otro lado del mundo, ¿no haría lo mismo con el Payín y un compinche suyo, haciendo que explotaran dentro del vehículo en que viajaban?
Claro que todos los desmentidos oficiales caben.
Lo cierto es que la defensa ideológica de la patria, en el vértice del combate estadounidense contra el narcoterror y caiga quien caiga (porque la seguridad nacional en Washington no tiene fronteras éticas y no admite otras que la del poderío imperial sustentado en una legalidad no menos sórdida y secreta y desconocida para la mayor parte del mundo, pero implacable y eficaz en el terreno como ninguna otra por el perfeccionismo operativo de sus despliegues de larga data), no es el mejor de los internacionalismos en medio de tan sobrados indicios de que el crimen organizado domina gran parte de las decisiones públicas en el país, algo que si los vecinos extorsionados por los sicarios saben de sobra hasta en los pueblos más remotos, más lo saben los espías que se dedican a documentarlo operando como funcionarios y oficinistas en la Embajada y las agencias consulares de Washington.
Negar por negar, da igual que lo haga la CIA que todo el verdemorenismo mexicano. De la Presidenta ya se sabe: hará girar el disco rayado de las Mañaneras sin conciencia de su desgaste.
El caso es qué conviene más al país ante la impotencia de contenerlos a ambos, al narcoterror y al espionaje que está obligado por las leyes y las decisiones institucionales ‘americanas’ a combatirlo.
Que del estallido del Payín no podría esperarse una película como las de la búsqueda y el exterminio del terrorista islámico y similares, claro está. Pero que la CIA -como la DEA y demás mecanismos del espionaje de la superpotencia- se meterá en las glándulas del narcoterror y sus sociedades políticas con o sin el permiso y el conocimiento del Gobierno de México, no debería quedar la menor duda.
SM