De Rocha Moya, a la CIA, a José Basulto a Raúl Castro

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Signos

Qué difícil es ya, casi imposible, encontrar el equilibrio crítico. Esa relatividad juiciosa de los contrapesos y las antítesis ha desaparecido en el ocaso de la opinión pública. En la dimensión digital de los tiempos, la sentencia facciosa de los cruzados de la polaridad cierra los puentes y los cauces y tapa las rendijas de la razón alternativa. Van y vienen las uniformes caravanas del reduccionismo según la orientación de los bandos encontrados de la discordia.

Por ejemplo:

Que los yanquis entren a liberar a México del ‘narco’. Que no, que la mínima intromisión desintegra la soberanía. Que los peores enemigos del país son los que invocan a Trump. Que no, que son los que defienden a la delincuencia política o al crimen organizado. Que en Cuba se debe defender a toda costa la Revolución. Que no, que la Revolución ha sido siempre el peor de los martirios del pueblo cubano.

Y no, no puede caber la idea de que la seguridad y la soberanía mexicanas no deben ser trincheras ideológicas sino principios del interés general. Y que la Revolución Cubana tiene, en efecto, deformidades capitales irremediables, pero que el derecho imperialista tampoco está para hacer justicia, ni ahí ni en ninguna parte, sino para servir a sus intereses de dominio, caiga quien caiga, donde tenga que caer y del modo que sea.

No caben las vías alternas:

Condenar la delincuencia política que blinda al narcoterror es un imperativo de Estado cuyo liderazgo debe congregar a las fuerzas representativas de México y armonizar los derechos de todos con el interés y la colaboración del régimen estadounidense representativo de los intereses de su población y de su seguridad nacional afectados por el ‘narco’ mexicano.

Exaltar actos terroristas y victimizar asesinos caídos en ellos, como los de la misión invasora de ‘Hermanos al rescate’ en territorio cubano, en el 96, es también un acto criminal. Y es en el que ahora mismo incurre la administración Trump y el sector mediático que lo aplaude, como el del exilio cubano de Florida, tierra de Marco Rubio, el Secretario de Estado de la Casa Blanca, con el objetivo de ‘hacer justicia’ contra la dirigencia revolucionaria, desde el sistema acusatorio penal yanqui. Porque las campañas de ‘liberación’ del pueblo cubano han incluido ultrajes sangrientos como el de la explosión en pleno vuelo, en el 76, de un avión de la aerolínea Cubana de Aviación en los cielos de Barbados que mató a 73 pasajeros y cuyo atentado ordenaron los terroristas del exilio, Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, vinculados a la CIA, quienes nunca pagaron por sus crímenes atroces y de sobra sabidos, ni por ese ni por otros que perpetraron contra su país de origen y que forman parte de un grueso catálogo de atentados con numerosas víctimas inocentes armados por organizaciones terroristas, como Alpha 66, de Nazario Sargent, al amparo de la CIA. Hoy se culpa a Raúl Castro y se celebra en la opinión pública anticomunista que se le acuse de la muerte de los cuatro tripulantes de las avionetas de ‘Hermanos al rescate’ muertos en el 96, porque eso abona a la liberación de todos los cubanos, como bien abonaría en su momento el derribo del vuelo de Cubana, y lo que menos importa es que, como tantos caídos a las órdenes de Sargent o Posadas Carriles con propósitos de libertad, los cuatro mártires de ‘Hermanos al rescate’ deban su sangriento final a otro homicida libertario, este de nombre José Basulto, jefe de la misión invasora con el propósito de provocar la reacción cubana que mató a los pilotos de las avionetas del convoy, los que, a diferencia de Basulto -que los comandaba y que con toda intención y cobardía evitó hacerlo-, sí penetraron en el espacio aéreo de la isla y fueron derribados por la aviación militar cubana tras desobedecer las advertencias.

SM

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