¿Y los electores guadalupanos del Bienestar?

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Signos

Con las ideas presidenciales sobre la representación y la interpretación moral de la conciencia histórica y la cultura plural de un pueblo, sólo se exhibe la pobreza intelectual de ese grupo gobernante progresista del país.

Porque parece que no hay nadie, absolutamente nadie en él, con un mínimo ya no de sentido político y criterio dialogante, sino de sentido común y mínima tolerancia al librepensamiento, y capaz de convencer a la Presidenta de evitar que exhiba tanto sus limitaciones en la materia ontológica que a don Edmundo O’Gorman hubieran infartado.

Se defiende una premisa unigénita y absolutista y militante de entendimiento y reflexión sobre la diversidad de la cultura. Porque la intemperancia es el el signo de la impotencia conceptual.

La Presidenta establece que se trata de condenar o venerar a los personajes de la historia de México desde sus orígenes prehispánicos, y en consecuencia expulsar a unos y a sus legados de la memoria histórica o glorificar a otros para siempre, y dividir el valor de los ciudadanos y de la opinión pública de manera maniquea, o entre la piltrafa social y el Pueblo. En su polaridad ética, el equilibrio crítico sería del primer bando.

Porque si no se pueden cambiar las herencias simbióticas de lo que se es, más allá de todas las evoluciones y transiciones civilizatorias deben servir para el discurso de la polarización ideológica, donde la regeneración moral del cuatroteísmo del patriarca obradorista fundacional y autor del manifiesto de la purificación originaria indigenista -que al cabo condensaría en su libro “Grandeza”- puede usarse como ideología del partido en el poder. Y debe dar lugar a una propaganda del arrepentimiento colonialista, mitificando el mundo originario como espíritu de la nueva purificación y de la sanación política (justo en la era del morenismo rochamoyista): el Ser indígena es inmaculado; el Ser mestizo es ruin. El Pueblo ha de entender: puede ser mestizo, por culpa del pecado de la manzana de la Conquista, pero su alma es de impecable origen anterior. (Lo de menos es que se haga bolas. La santificación del Bienestar habrá de guiarlo hacia las urnas que le convienen.)

Y entonces, en la óptica presidencial se trata de venerar e idolatrar lo que no fue tocado por la Conquista, lo que exhibe el enanismo de adorar lo inexistente en quinientos años de sincretismo idiosincrático.

Habría que conminar a la científica Presidenta a maldecir, como a Cortés, la evangelización y la fe de los millones de fieles guadalupanos -tantos de ellos ahora obradoristas- salvados de las llamas de la paganía y adoctrinados por los misioneros llegados tras la Conquista.

Que diga: el cristianismo y Juandieguito y el Milagro del Tepeyac y esas devociones populares esclavizantes son canalladas traídas e impuestas por los españoles llegados detrás del sádico Hernán Cortés.

¿Y a ver cómo le va?

SM

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