
Signos
La conciencia moral como propaganda política es un despropósito tan riesgoso y explosivo que más temprano que tarde termina pulverizando hasta a la más moralizadora de las facciones ideológicas de izquierda o de derecha que se disputan el poder del Estado en una democracia moderna.
Primero porque las ideologías -maniqueísmos de creyentes y dogmas liberadores de la fe- están en vías de extinción. Son cada vez menos -en la digitalizada integración global más y más despojada de mitos y doctrinas y fanatismos- los despistados que creen que las pertenencias sectarias son tan purificadoras del espíritu como templos del bien y el mal. Y segundo porque si en algún espacio de la Humanidad y desde el principio mismo de los tiempos habitan la maldad y la inmundicia de los seres más condenables y narcisistas y ególatras del universo conocido es en el de la lucha por el poder y el control institucional como palanca de lucro y de dominio, donde la mentira, el engaño, la demagogia y la simulación son los recursos esenciales del éxito, y donde asumirse como decente y honesto y comprometido en cuerpo y alma con el buen destino de los demás y con la justicia y con la castidad y la transformación de la miseria y la desigualdad en nuevos mundos de dignidad y de virtud es, o falso o estúpido.
Porque la política es la tierra del oportunismo; donde se puede ser moral (hasta cierto punto) y probarlo, pero donde decirlo y gritarlo a los cuatro vientos en defensa propia desacredita de inmediato y torna al declarante en exhibicionista y mentiroso.
Porque, en la política, la relatividad obliga y evidencia, y la inteligencia y la habilidad y el buen juicio y la solvencia pragmática son condición del éxito que construye y sirve. Simular por causas necesarias no es malo si se quiere ser un líder justo, donde la ganancia personal del poder sea equilibrada y no lastime el derecho ajeno.
Afirmar que todos en este redil somos inmaculados sin excepciones porque nos redime la ideología y somos los elegidos del Pueblo para hacer el milagro de la sacralización del mundo, es una proclama imbécil.
La propaganda del renacimiento angélico de la política es enemiga a muerte de la política. Porque mientras más santo se asuma el de los milagros, más se le mirarán los defectos que lo pondrán bajo el fulgor de la verdad y a la vista de todos, fieles e infieles, cual cruz de las piedras de los peores enemigos.
Hacer propaganda moralizadora desde un vasto aparador donde se exhibe una tropa multitudinaria de gobernantes, legisladores, Fiscales, Alcaldes, Ministros, autoridades judiciales y candidatos financiados por huachicoleros de todo grado y jefes del crimen organizado asociados con todos los delincuentes políticos defensores, todos, de la renovación moral y la Regeneración Nacional, no es darse un tiro en el pie, es tener un almacén de pólvora a la vista en la casa propia y con la mecha puesta para que todas esas lacras se conviertan en el fósforo amigo que la va a encender.
Porque la lógica simple es: ¿cómo se puede predicar la redención moral de la política desde la alianza con delincuentes tan notables y ejemplares y probados como el Niño Verde y servidoras suyas como la Gobernadora caribe que exhibe su naturaleza política y moral a todo lujo -de enriquecimiento ilícito- y en el más imprudente de los abusos del poder representativo y en sociedades de intereses tan penalmente punibles, tan evidenciables, tan repudiables y tan insalvables del castigo -si el ejercicio de la ley fuera efectivo y no de conveniencias fácticas y politiqueras- en su fastuosa ilegalidad?; ¿cómo, si es que desde el poder superior del Estado Nacional no se comparten tales conductas delictivas y enemigas de la moral que la propaganda de ese oficialismo dice defender, y cómo, si no ocurre que en la más absoluta impunidad es que se insiste en la conjura de la austeridad republicana contra la codicia política y en la aberración de que la causa de la moral obradorista no admitirá militancias ni candidaturas que no representen el puritanismo político de la ‘Cuarta transformación’?
La Presidenta tiene sobrados poderes constitucionales y fácticos para promover la justicia necesaria. La cultura de los formalismos legales y los mecanismos metaconstitucionales del poder político y sus mayoriteos parlamentarios que someten las soberanías republicanas a la hegemonía política siguen tan intactos y tan vigentes como desde todos los tiempos de la incivilidad educativa y democrática del país. En todas las Fiscalías autónomas como en todos los sistemas de Justicia siguen decidiendo los jefes del poder político federal y de los Estados. Esa es una verdad histórica tan evidente como visible e incontrovertible.
Muy bien: ¿porqué, entonces, no se ejerce de manera indistinta y con equidad el poder legal y constitucional y real de la investidura superior del Estado para hacer que se investigue, se procese y se haga justicia donde las denuncias públicas -mediáticas o civiles, de conveniencia partidista o particular o no- son tan objetivas y tan obvias y avasalladoras para la mínima conciencia crítica sobre los acontecimientos de la inmoralidad política más elocuentes y perniciosos para el interés general?
¿Por qué no dejar de lado el discurso de la santidad transformadora, inventado con criterios coyunturales para atacar a una oposición en su tiempo más vulnerable que nunca, por desprestigio propio, desde la atalaya de un obradorismo de doble moral: la del izquierdismo expriista defensor de las políticas sociales tricolores, y la del pragmatismo del uso de la delincuencia política y sus financiamientos electorales bendecidos en las aguas militantes de la Regeneración Nacional del nuevo partido del Bienestar y ‘La transformación’?
Pólvora y veneno son más que nunca ahora para el partido Morena las diatribas izquierdistas de la austeridad republicana y de no mentir ni robar ni traicionar ni todo ese costal de arengas y consignas de propaganda legadas por el más ingenioso y popular predicador y líder presidencial que ha tenido México, hoy tan acorralado, sin embargo, por esos mismos demonios de una moralización enemiga del quehacer político cuyos enfangados saldos salpican el entorno pleno de la realidad nacional desde el señalamiento -algunas veces más contundente y certero que otras, dentro de la verdad absoluta que enseña que en la política, el oficio de la vileza por excelencia, todo se vale- de que el obradorismo, merced a sus falaces liturgias morales, es peor que sus opositores, porque a sabiendas de que no es mejor que ellos no deja de obstinarse en unos atributos de superioridad espiritual que los abrumadores ejemplos de rapacidad de sus tantos liderazgos -que ya lo identifican como su naturaleza propia y no como sus excepciones- le niegan.
Tendría que entenderse que en el frío y oscuro pragmatismo de los tiempos donde dominan las conveniencias y las capacidades de negociación, lo que menos cuenta es el anacronismo de las fidelidades ideológicas y las virtudes morales generalizadas y sectorizadas entre las militancias peores o mejores de izquierdas y derechas.
Hoy día se cree más en la eficacia de los compromisos de unos y otros en el poder público y en los valores independientes de cada cual, según personalidades y modos de ser; las sumas prodigiosas según los grupos de pertenencia que distinguen a los activistas y los militantes entre buenos y malos por definición, está siendo cada día más cosa del pasado.
Litigar con la moral en la política de ahora es más que nunca, cuando las cada vez más insignificantes excepciones morales confirman la regla de la degradación y el uso del poder con fines personales, escupir al cielo.
La moral política que debe de servir es la que no se anuncia ni se vende en un panfleto, la que se hace. La de la pala y la paleta que limpian equívocos y resanan los graves estropicios del triunfalismo transformador. La que abre un nuevo tiradero de residuos tóxicos, con sus respectivas carpetas de investigación, y va poniendo en él las señaladas muestras de la corrupción solar que no puede taparse con un dedo y que enseñan lo que siempre se ha sabido de sobra: que la moral y la política que vale no se resuelven en las promesas de la propaganda ni en las sentencias contra las derechas o contra las izquierdas, sino en la capacidad de gestión que sirve a las mayorías, que se realiza en los hechos y se pregona con verdades tangibles.
Lo demás seguirán siendo complicidad, rentable impunidad y palabras baldías.
SM