Claudia, rehén del crimen

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Signos

Pero por qué empecinarse hasta la perdición en defender ese flanco podrido del obradorismo que es el de la delincuencia política más evidente que favorece al crimen organizado y sus grandes negocios asociados al tráfico de combustibles, el narcoterror, la extorsión y tantos otros que prodigan la violencia, la inseguridad, la ilegalidad, la ingobernabilidad y el caos que, con la corrupción y la incivilidad resultante del fracaso educativo, tanto distinguen al país.

Sólo hay dos respuestas posibles: complicidad o extrema pobreza de liderazgo. (Una síntesis de ambas supondría la amenaza  con la que un sector crítico de la Presidenta y sus iguales especula: gran parte de la fuerza financiera morenista y de la campaña para el relevo presidencial de López Obrador ha procedido de esos grupos que reclaman la reciprocidad que Claudia Sheinbaum puntualmente retribuye.)

Porque insistir en la causa de la renovación moral de la sociedad y de la vida pública cual condición de la regeneración nacional y la transformación histórica del país dependiendo de los aportes malhabidos de los gobernantes estatales y municipales y sus grupos de poder o de otros líderes del progresismo impostado y oportunista y mercenario (que es decir de los saqueos al erario y las pérfidas contribuciones empresariales y del ‘narco’ asociado y los huachicoleros postulantes de candidaturas obradoristas y verdemorenistas) que sostienen la causa que dice defender en cuerpo y alma el Gobernador de Baja California, Rubén Rocha Moya (ahora acusado de narco por el Gobierno estadounidense, igual que acusó y por lo que condenó antes a Genaro García Luna, Secretario de Seguridad durante la gestión presidencial del panista Felipe Calderón, y cuyo proceso tanto han usado el ahora exPresidente López Obrador y Claudia Sheinbaum para hacer propaganda en favor de la moral de su izquierdismo militante y del purismo de sus respectivos Gobiernos), eso es corrupción químicamente pura o es insolvencia política y de liderazgo y autoridad propia -en la misma reprobable dimensión- frente al destino del país. Es complicidad entre iguales. O es fracaso de lo prometido por los predicadores partidistas del evangelio de la llamada ‘cuarta transformación’, o los autodenominados continuadores de la obra de Hidalgo, de Juárez y Madero.

¿No podía la Presidenta prescindir del estercolero político heredado para construir, sin fétidos y turbios compromisos, un verdadero ‘segundo piso’ de la transformación prometida como programa electoral, o nunca tuvo fuerza propia para poner a los malandros a buen recaudo de la ley mientras convenía con los ‘americanos’ un buen acuerdo de combate general contra el crimen organizado que obrara una depuración del partido presidencial mexicano, y que al mismo tiempo y por eso mismo garantizara la seguridad de ambas naciones y el fin de la violencia, la inseguridad y los factores que impiden la gobernabilidad y la paz social en México?

SM

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