El juicio final

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Signos

Es tan abrumadora la descomposición estética, humanística, civilizatoria, que la conciencia crítica parece un fenómeno generacional en vertiginoso proceso de desvanecimiento; una dimensión donde la grandeza creadora de todos los tiempos desaparece en la volatilidad de la inmediatez sin contenidos ni significados, y donde los viejos sobrevivientes de entre lo perdurable del ayer y lo cada vez más efímero que hace el nuevo tiempo del mundo no tienen más remedio que refugiarse en su añoranza. La insensibilidad y el facilismo de dejar a la Inteligencia Artificial ocuparse del relato de la realidad y hasta de la narrativa intelectual desestimulan el pensamiento de la complejidad, de la abstracción, lo mismo que la posibilidad de importantes creaciones nuevas y de pretensiones duraderas, y la intención recreativa en obras de valor que pudieran potenciar su trascendencia. Es decir: la calidad de ayer se extingue en la masiva superficialidad pasajera de las ruidosas urgencias de hoy. La nueva generación no se interesa por la calidad producida en el pasado, y la precedente no encuentra nada nuevo comparable con lo meritorio de la cultura de ayer. Y si la Inteligencia Artificial y la virtud creativa no hacen diferencia ninguna en el interés dominante del Ser de la modernidad, ¿para qué insistir en la creación o en la expresión virtuosas? En el ámbito literario queda la alternativa de leer lo magnífico no leído y releer lo mejor de lo leído. En el del acontecer informativo todo es uniforme, literal y tan vertiginoso como el ir y venir de las incontables noticias globales o locales tan ciertas como falsas y tan perecederas como de un momento a otro. (El Nuevo Periodismo, por ejemplo, es arqueológico: las letras no caben en el reino mutante y regresivo de los tiempos del poder de Donald Trump y de los raudos desplazamientos de los personajes, cada vez más eventuales y perniciosos en tiempo récord, de la opinión pública.) La política ha perdido todas sus variables expresivas e interpretativas; no hay espacio ni tiempo para la sensibilidad y el genio y la vanguardia; se ha vulgarizado hasta sus extremos más iletrados y despersonalizados, o los de los signos sin profundidades: de significantes agotados en sí mismos, sin fondos ni referentes paradigmáticos propios de la diversidad cognitiva y analítica. La narrativa de todo no requiere de interpretaciones. La semántica pierde sentido. El mercado de lo cualitativo y de lo abstracto se deroga como la frontera de lo que sirve y de lo que no sirve. La ortografía es una convención tan prehistórica como la moral: para la propaganda da lo mismo un acento gráfico que un sentido del pudor. El lenguaje se simplifica hasta lo básico de la tribu, cual el verbo y el espejo de la ética y la espiritualidad. Pensar con atributos conceptuales deja de ser inteligente y se transmuta y se desecha como barroca y cursi petulancia de aparador. Escribir, leer, saber, discernir, lo mismo da. Hablar está bien; no hacerlo, también. La brevedad no es síntesis necesaria en el cosmos y el tránsito incontinente de mensajes, sino solución líquida contra el tedio o hacia la búsqueda en tiempo récord de cualquier cosa en el torrente diario de la esterilidad. La IA comienza a ejercer por cuenta propia o con progresiva autonomía respecto de su autoría humana. El destino será más automático que humano desde este mismo año, aseguran los patrones algorítmicos. Y reflexionar al respecto ya no tiene público, interés, escucha generacional. La ciencia sólo vale si algunas cosas suyas se tornan atractivos audiovisuales. Estilo, método, identidad creativa son recursos premodernos. Con todo tipo de datos se forjan universos de mentiras de lo más creíbles en galerías colmadas de cada vez más zombis. Así que dejemos la intención virtuosa de los viejos tiempos (la historia de apenas unos años para atrás). Cualquier androide -ciudadanos convencionales, en cualquier momento futuro- ha de poder especular mejor. Quien disponga de aptitud sobre el Logos cibernético no requerirá de escuela. Las Humanidades y la civilidad, que han sido faros negantrópicos, terminarán siendo estorbos condenables. (Habrá una moderna Inquisición que las castigue.) La nota pura y simple del aquí y ahora, debidamente procesada, está siendo ya mismo el arma informática de dominio del futuro.

La razón crítica (como la critica de la razón, pura o no) ya no tiene acogida ni mercado ni valor ninguno. Los financiamientos de la misma desmerecen y se pierden en pírricas bicocas en la multitud de las ofertas del vocerío mediático. Cualquier Alcalde iletrado y rufián puede decirse de izquierda e inventarse su propio cuento de príncipe de la moral y tener electores de sobra de similar calaña que sufraguen por esa marca redentora.

La buena nueva del Juicio Final de este tiempo es la salvación de la inconsciencia. Porque la racionalidad y el conocimiento del fin produce terror entre los pecadores. Y hoy día, ante los traumas y las violencias terminales, la ignorancia generalizada de las mayorías que pudieran creerse pecadoras y culpables las salva, bajo el diluvio bíblico del entretenimiento, de la noción del infierno final que avanza sin remedio sobre las virtudes destruidas del planeta.

Y así, como el señor cura a sus misas van los viejos con sus legados viejos y los jóvenes con sus experiencias vitales y visuales con caducidad del día siguiente, cual es el orden cuántico, natural, lógico, regulado y tan irreversible como la Segunda Ley de la Termodinámica.

Nada qué hacer. Nada que no sea sistémico y que pueda ser modificado. Pero tal vez no esté de más tantear un poco el terreno donde uno está parado.

SM

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