El problema no es el Perfect Day, es la política de mal en peor

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Signos

El mayor de los problemas de los grandes proyectos de inversión turística es que no hay Gobiernos ni autoridades capaces de impedir la degradación ambiental, social y urbana de sus entornos. Más aún: que son capaces de incentivarla.

No regulan nada.

La incompetencia y la improvisación impiden programas eficientes y duraderos de sustentabilidad y de viabilidad recaudatoria y fiscal.

La corrupción es indiscriminada y se impone sobre los planes ecológicos, de ordenamiento inmobiliario y de usos de suelo que sean.

El negocio de la colonización ilimitada -operado de manera arbitraria, o irregular y precarista; el de las municipalizaciones y las urbanizaciones de territorios invivibles e invadidos sobre compromisos clientelares o comisiones porcentuales contantes y sonantes- desborda todo proyecto de equilibrio, de servicios y de convivencia pacífica y segura.

La demanda social se desborda por encima de todos los parámetros de respuesta pública.

Y en una región biótica tan crítica del planeta, la ruptura de la armonía entre el medio, la densidad poblacional y los recursos presupuestarios termina contaminándolo todo a toda prisa.

Se enferma el subsuelo, se pudren y se agotan las grandes reservas de agua dulce, y la saturación demográfica multiplica todos los males del hacinamiento, empezando por los del vicio, la vagancia y la violencia.

Porque la gran quiebra del Caribe mexicano es poseer una de las mayores riquezas naturales del orbe cuyos equilibrios son, por eso mismo, de los más frágiles, y al mismo tiempo depender de unos liderazgos políticos de los más depredadores: frívolos, incompetentes, corruptos y cada día más contrastantes con las dimensiones estructurales de lo que se debe preservar frente a los asedios, también más raudos y voraces, del crecimiento y la degradación.

La gran quiebra deriva del enanismo político insuperable y de las nociones visionarias inasibles para trascenderlo; las que tendrían que ser capaces de advertir los males de la corrupción y las insignificancias institucionales del poder público que produjeron las incorregibles patologías del crecimiento de las urbes turísticas del Caribe mexicano, las de mayor potencial económico de América Latina y buena parte del mundo, y que tendrían que ser capaces de impedir que se repitiesen, y de convertir, como no se ha hecho nunca, las incomparables reservas naturales que quedan, en grandes reservas fiscales para el desarrollo económico y el verdadero bienestar social de las comunidades; donde la sobredensificación poblacional no se impusiera a las capacidades dirigentes, ni el caos de la marginalidad urbana importara menos que las prioridades de lucro particular de los jefes del poder político.

Porque lo que es el perímetro urbano de Chetumal, por ejemplo, la capital del Estado, nunca ha parado de poblarse hasta en las áreas más inseguras e inhabitables por su circunstancia ambiental en un entorno blando de pantanos y humedales, rodeado de aguas ribereñas y marinas en medio de la cada vez más ultrajada y despojada selva caribe; y lo que debiera ser una fuente de vida y de riqueza silvestre y económica es un escenario de autoridades inertes, de arcas públicas saqueadas y devastadas, y de creciente pobreza circundante y sin esperanzas de prosperidad ninguna.

¿O hay, acaso, potencial político para convocar proyectos inversores capaces de aprovechar el medio, la frontera internacional y las posibilidades de negocios a la vera de la majestuosa desembocadura del Río Hondo?

¿Hay idiosincrasia pública y fuerza creativa para promover proyectos alternativos de desarrollo amigables con el medio?

Porque más que eso lo que se advierte a plenitud es abandono, indolencia y muy baja estatura gobernante, y una precariedad material expansiva que se abate sobre lo que queda de la gentil y apacible fisonomía urbana de apenas no muy lejanos tiempos.

No. No son los proyectos turísticos los que espantan. Sino la manera de gobernar, de hacer política, de ejercer el poder público; de eso que no se hace por el bien de los demás y del cuidado del ambiente en el que viven. De lo que sólo importa por sus rendimientos privados a los que dicen ser del pueblo y para el pueblo.

SM

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