La política de la selfie

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Signos

Un día te retratas con tu peor enemigo en la disputa por el negocio del poder político que ahora ostentas y te niegas a que ese enemigo le gane al elegido tuyo y de tus socios. Y al tiempo que declaras que el interés superior de ambos es el de la unidad y la fraternidad de la causa moral cuya franela del mismo color visten (por fuera), las voces más defensoras de tus verdaderos intereses acuchillan sin reservas -como Bruto a Julio César- al hermano de la foto de la unidad por la regeneración moral.

¿Cómo se llama el cuento en la era de la transparencia donde ya la política ha perdido su gracia demagoga y las buenas maneras para partirse la crisma y venderle el alma al diablo con sabiduría y un uso del poder que te descubra más por ingenioso que sólo por vulgar y de mal gusto?

Las selfies y las imágenes de la comunidad defensora del pudor obradorista que se abraza y se jura fidelidad ante todas las perversiones enemigas en su contra dicen, en efecto, más que mil palabras: lo peor son ellos mismos. La idolatría populachera macuspánica del Bienestar los hizo fuertes. Sólo para que se mataran unos a otros tras la ausencia de su creador.

Son los tiempos. La hipocresía, la simulación y el cinismo siempre han sido instrumentos esenciales de la política y el poder. Pero ahora ni siquiera se sabe cómo usarlos con alguna originalidad y algún valor formal y conceptual (valor que tampoco se requiere, dirá alguien, dadas las dimensiones de lo único que hace falta: estar allí y saber alinearse donde la oportunidad y la falta de escrúpulos pintan la raya, que las ideologías hace mucho se fueron a la mierda).

No es sólo México, es el mundo. Y a la velocidad en que la Inteligencia Artificial suple las decisiones humanas.

El derecho internacional es una burla. Y Donald Trump no necesita ningún maldito idioma para probarlo, como de manera tan rupestre lo refiere y su sistema representativo y de Justicia se lo permite. Con el miedo, los arsenales hipersónicos y las razones para la demolición y la liberación imperial, basta.

Se acabó el lenguaje. Se acabó la virtud política, dialogadora, ciudadana y de apariencia democrática.

Una reforma electoral puede ser la que sea. Van y vienen entre redentoras utopías, negociaciones mercenarias y sonoridades tan mediáticas y eventuales como estériles, sin que pasen del mismo mamotreto legaloide y burocrático y jurisdiccional salinista de legitimación de lo mismo: el dinero malhabido que hace el verdadero poder para seguir multiplicando el dinero malhabido. Van y vienen las reformas como van y vienen unos y otros candidatos y liderazgos anodinos y rapaces que lo único que mejoran es su estatus económico con el saqueo de los bienes públicos y su sociedad con grupos políticos y criminales.

¿El bien general y lo que manda el Pueblo? ¿Alguien usa su investidura para no lucrar y para combatir, por ejemplo, la plaga estructural de las urbanizaciones y las marginalidades que, mediante arbitrarios usos de suelo y planes ecológicos y de desarrollo, destruyen riquezas ambientales y forran de dinero a munícipes y Gobernadores desde que se convirtió en negocio la reforma del 115 constitucional? ¿Por ejemplo?

¿Qué cambia para bien en Tulum o en Tijuana? ¿Imponen los electores su voluntad a los ‘pluris’, o a las autoridades electorales locales que negocian con los grupos de poder? ¿Conocen y deciden sobre sus Fiscales autónomos y las relaciones reales de los mismos con la delincuencia? ¿Conocieron los cargos y a los candidatos al relevo del Poder Judicial que votó un mísero diez por ciento de los electores del país? ¿Conocen el fondo del ya olvidado asesinato de los dirigentes sindicalistas en Quintana Roo? ¿Saben cómo y entre quiénes se reparten las cuotas electorales de género, de representación indígena y de otras segmentaciones enemigas de la igualdad sin exclusiones de los derechos generales y universales de los individuos? ¿Saben por qué en su nombre y el de la democracia los representantes del crimen organizado llegan a las instituciones y controlan sectores decisivos del Estado?

Los niveles de la civilidad, de la cultura, de la política se advierten en las selfies de la propaganda de moda, en las declaraciones políticas y en las digitalizadas mentadas de madre pagadas contra los enemigos de la regeneración moral que se abrazan entre ellos para defenderla de sus detractores y opositores formales, los de Calderón, la derecha prianista y los demás de quienes bien nos distinguimos porque, ¿saben qué?, ‘nosotros no somos iguales’.

SM

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