
Signos
Si hoy mismo se apagaran el Facebook y las llamadas ‘redes sociales’, dejarían de producirse y consumirse el 95 por ciento o más del contenido digital inservible o nocivo en valores intelectuales y culturales, del mismo modo que el restante e inmensamente necesario cinco por ciento o menos. Es, acaso, la dimensión proporcional de la catástrofe educativa y humanística de los tiempos.
La simplificación y la inmediatez audiovisual del espectáculo civilizatorio estandarizan y vulgarizan la conciencia, el concepto, la estética y el lenguaje humano a la velocidad del algorítmico integracionismo, en una dinámica en que se diluyen a ese ritmo algunas de las más virtuosas propiedades del acontecer social y sus representaciones de Estado.
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Sólo en México, donde la base formativa del desarrollo creativo y la conciencia cívica de los ciudadanos, o donde la escolaridad elemental y la calidad educativa siguen manteniendo estándares globales de reprobación desde que son medibles -sin que liderazgo nacional alguno entienda o se ocupe de la superación de esa estructura cognitiva esencial de la transformación de un pueblo y sus instituciones rectoras-, el arrabal crítico que fluye por los canales del espectro político y de la opinión pública que lo condensa y lo transmite es cada vez más uniforme, primitivo y desolador. Refiere un sector dirigente del Estado Nacional, en todos sus flancos, incapacitado en mayor medida para el uso de recursos conceptuales y expresivos, y una evidente tendencia general a la ingobernabilidad y el caos propia de la falta de liderazgos con una autoridad cifrada en aptitudes auténticas para la gestión de sus competencias y sus investiduras dirigentes, y más a la medida de un protagonismo sin escrúpulos ni reglas para la lucha por los Poderes representativos de ese Estado; para esas contiendas cada vez más desprovistas de institucionalidad, de iniciativas y de proyectos alternativos y diferenciados en función del interés público, y más propias de la conveniencia particular de grupos y sectores políticos y mediáticos donde el diálogo y las tesis desaparecen, donde el debate propositivo y heterodoxo de visiones alternativas de la realidad y el porvenir son nociones ajenas y utopías perdidas en el tiempo y el olvido de la demagogia generacional, y donde lo que queda son sólo facciones encontradas por cualquier parcela de poder, ya sin siquiera diatribas y propuesta imaginativas y con la mínima sensibilidad que identifique un compromiso cierto con lo que se dice ser y pretender representar. El Pueblo sólo importa en la redundancia de los lugares comunes, y el Pueblo sólo es ese: el de las idolatrías y las versiones fijas de las promesas sin procesar.
Lo de menos es el prestigio y el vigor de las causas del progreso y la justicia. Lo de menos es la mediocridad y el enanismo de personalidades y protagonismos en pugna. Sólo importan su pertenencia ‘ideológica’, su calificación militante, su asignatura en las filas del maniqueísmo y la confrontación unidimensional, en la defensa unigénita de sus razones desde la izquierda libertaria y benemérita que todo lo regenera y lo sacraliza, y la derecha abominable -pero contradictoriamente todopoderosa- que es la culpable absoluta de que el enemigo defensor de las mejores causas fracase -donde fracasa pero donde siempre es invencible- persiguiendo sus ideales y sus conquistas en favor de los principios morales y universales de ‘no mentir, no robar, no traicionar’.
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Pero en las alturas superiores de la justicia mexicana, en la Suprema Corte misma, los Ministros de la democracia elegidos por el pueblo en las urnas no acreditan, ni uno solo de ellos, una trayectoria judicial sustentada en méritos y competencias del nivel mínimo de Juzgadores de su jerarquía en otras democracias y naciones civilizadas. La reforma democratizadora y politizadora del Poder del Estado que debe ser el más imparcial y el más neutral y comprometido con la defensa de los derechos constitucionales igualitarios y con el combate a la impunidad -la que estimula la delincuencia, la inseguridad y la desconfianza de los capitales para invertir y hacer crecer la economía- ha empobrecido y deslegitimado al sistema de Justicia hasta rangos tribales, donde en el analfabetismo jurisdiccional más evidente y objetivo de la población, el poder político dominante en el país convocó, de la manera más precipitada e improvisada imaginable -porque el jefe presidencial, López Obrador, quería dejar ese legado autoritario que su poder le permitía-, una elección directa a la que habría de acudir, como era previsible, apenas un mínimo porcentual del electorado -un diez por ciento o un poco más-, y de la que habrían de emerger los más descalificados representantes de la Justicia en su vasto y diverso complejo de tribunales y estrados de todas las materias, y los más convenientes a los grupos políticos gobernantes federal y estatales que los promovieron sin la menor exigencia de atributos, ni éticos ni profesionales, para ejercer en ese sector, el más significativo del grado de civilidad y de defensa de la dignidad de un pueblo en un Estado de derecho.
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Y de ahí, de ese mamarracho democratizador de la Justicia, es que sucesos extremos y ominosos como los que involucraron a personajes tan célebres como la francesa Florence Cassez y el mexicano Israel Vallarta, acusados de secuestradores y torturadores por presuntas víctimas suyas y liberados gracias a excesos policiales y ministeriales consignados por uno de los Jueces del nuevo orden democrático de la Justicia como una flagrancia más decisiva que los delitos mismos del secuestro y la tortura (es decir: la falta al ‘debido proceso’ de los acusados como un factor más importante que los atentados del secuestro y la tortura y que, merced a esa irregularidad o a ese agravio contra el ‘debido proceso’, fueron invalidados, aunque no se haya acreditado que no ocurriesen o que los acusados no fueran culpables de los mismos, como declaran sus acusadores, que asimismo se asumen como víctimas y acusan a la autoridad judicial de complicidad con sus victimarios); de esa quiebra estructural del sistema de Justicia -de su politización y su uso partidista- como la experiencia más significativa de la derogación de la cultura y de la institucionalidad del Estado, es que tales situaciones, tan violatorias del derecho de inocentes, pueden convertir a los peores criminales en falsos mártires defensores del oficialismo militante y en recursos para la oratoria de la democratización al servicio de la justicia popular, o donde potenciales delincuentes, como los del caso -cuando las evidencias incriminatorias fueron desestimadas por las ilegalidades de una Fiscalía que habría completado un doble crimen contra secuestrados y torturados contribuyendo a victimizar a sus victimarios-, y los de los grupos gobernantes aliados del crimen organizado, pueden ser defendidos y premiados por un Estado de derecho de las dimensiones de sus iletrados impartidores de justicia; de la medida de la calidad de su educación y de los niveles de civilidad de sus electores, cuyo apenas diez por ciento de los mismos llevó a sus desconocidos cargos en los tribunales -desconocidos por la casi absoluta totalidad de la población- a sus igualmente desconocidos nuevos Jueces y funcionarios judiciales elegidos por la vía del sufragio popular.
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Y así, las marabuntas ideológicas de unos bandos contra otros hacen la política y la justicia y las verdades mediáticas de nuestros días, donde más predomina el rugido de la barbarie que la oferta de fondo de criterios y posiciones por la defensa de unos y otros derechos y proyectos de Estado. Donde se acabaron los debates y las disertaciones y los pronunciamientos de contenido y los diálogos en la diversidad para el convencimiento sobre principios y valores, y todo es farándula de aplausos y condenaciones de los unos y los otros. Donde la izquierda es el averno desde la derecha, y donde, desde la izquierda, la derecha y la ultraderecha y los conservadores y la madre que los parió son todos la misma cosa.
Porque no, porque no es cierto, porque no hay política, pertinencia declarativa, razones críticas y criterios razonables y más allá de la mera superficialidad intrascendente y la vociferación rupestre y ausente de significado. Porque la derecha no suma nada nuevo a sus desprestigios neoliberales y privatizadores y destinatarios de todas las acusaciones ciertas de corrupción en su contra, ni candidatos ni iniciativas ni promesas creíbles de reivindicación de su condenable historia. Ni la izquierda añade algún mérito a sus herencias obradoristas del Bienestar ni gestiones de gobierno que signifiquen valores de vanguardia, ni tampoco candidatos que hagan la diferencia con los de la derecha más allá de sus hartantes discursos circulares de la moral, la transformación y esas consignas de pacotilla. Y todo se reduce a que si la derecha avanza será por el repliegue de un obradorismo que más allá de las gratificaciones socioelectorales del Bienestar y la popularidad presidencial heredada de su creador ya no tiene más nada para proseguir y perdurar, pero que defenderá hasta el último aliento que ese repliegue no tendría que ver con ella y con que carece de candidatos y liderazgos alternativos de nueva generación y de los proyectos políticos transformadores que tanto alega en el discurso, sino sólo a que la derecha y la ultraderecha se han aliado con el enemigo imperialista para acabar con ella, como están haciendo en toda América Latina y en el mundo entero.
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El facilismo de las redes sociales está obrando hoy día el milagro de la conversión a periodistas de millones de iletrados. Y la Inteligencia Artificial está transmutando esa comunidad creciente en comunicadores sociales que al mismo tiempo que trascienden sus despojos gramaticales y críticos, los hace pensadores y defensores de abstracciones y generalizaciones de banalidades en que no se diferencian los estilos narrativos de sus incontables autores. La individualidad y la espiritualidad no importan sino la condena, la estridencia o la celebración.
Y entonces crece la evidencia de la lógica universal: el artificio digital hace un diseño humanoide hasta de los seres inteligentes menos aptos, con la marca de una conceptualización estándar adquirida en el mercado ‘on line’. Y la invención se esparce por el orbe en la rauda medida de los tiempos digitales. No importan las ideas, el humanismo. Su decadencia es el umbral del nuevo mundo irremediable donde la vida androide requiere de los recursos energéticos que la sustentan: el petróleo y los escasos minerales de las llamadas ‘tierras raras’. Ya no importa si el lenguaje se reduce a generalizaciones y simplismos. O si el bien y el mal se clasifican y se diferencian sólo en definiciones de causas ideológicas de izquierda y de derecha.
Como diría el viejo maestro rural aquel: ni la fe ni la militancia quitan lo pendejo (como tampoco lo hacen los recursos de la ‘red’). Y hoy día lo de menos es pensar. Se puede ser comunicador social en cualquier tiempo, que por lo menos la IA puede hacer parecer lo que no se tiene ni se es. Y en la política el peor alcornoque es dirigente o magistrado. Sus voceros sólo necesitan las habilidades cibernéticas para mentir en buen formato.
Y nada más.
SM