Las indefiniciones presidenciales

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Signos

No ha generado liderazgos o ‘cuadros’ fuertes e influyentes que releven a los de la corrupción obradorista y expriista que controlan el poder real en casi todas las Entidades del país (donde a falta de ofertas renovadoras y con la reelección o la repetición de las mismas prácticas viciadas de los grupos gobernantes pueden perderse territorios electorales y, a falta de un factor de cohesión como el de la influencia carismática de Andrés Manuel y no obstante la influencia aprobatoria de los programas del Bienestar, cambiarse la dinámica del dominio morenista en tanto mengua la fuerza originaria del obradorismo).

No es dueña de una autoridad y de una habilidad política que se hagan respetar frente a los poderes fácticos a los que debiera imponerse, con la fuerza constitucional y representativa de que dispone como líder suprema del Estado Nacional, cuando esos poderes afectan la legalidad, la institucionalidad y la jerarquía de su investidura con el objeto de lucrar o delinquir a costa suya y de sus fragilidades.

Porque se puede ser muy de izquierda y del más alto compromiso social y moral que se asuma o se defienda o se proclame, pero si no se impone el poder supremo de la nación para defender las causas que le corresponden, acaso se sirva menos al interés público que aquellos gobernantes totalitarios del pasado que, para bien o para mal, se hacían valer mediante el uso de toda suerte de recursos políticos -legales e ilegales, simbólicos o sin medias tintas, intermediados o directos, a la buena o a la mala, con formas que eran fondo, con advertencias cifradas o de viva voz que marcaban límites, de un modo o de cualquier otro pero sin lugar a dudas- para que nadie se hiciera el desentendido sobre el orden de los factores y la responsabilidad final del producto o del ejercicio del mando o del mandato.

La Presidenta Sheinbaum dice que en los Estados manda la voluntad de los electores -el ‘pueblo’- de esos Estados. Y con ese encubrimiento formalista los Gobernadores -que suelen ganar en las urnas con los recursos negros que son incapaces de eliminar la ley y la autoridad electorales, o con la incondicionalidad mayoritaria convocada por la demagogia y el convencimiento emocional donde la incivilidad es propicia- despliegan sus negocios privados, sus alianzas criminales y sus controles fácticos sobre la constitucionalidad republicana.

Y del mismo modo no emite señales contundentes e inequívocas de censura sobre los peores adefesios de asociación y de simbiótica connivencia de su partido presidencial con franquicias partidistas caciquiles y delictivas como las del Verde y del Trabajo, que medran con sus podridas ‘representaciones proporcionales’ -las que no representan sino los intereses de sus patriarcales y mafiosos dueños y allegados- a cambio de unos votos parlamentarios que en lugar de favorecer la democracia no hacen sino envilecerla y exhibirla como un estercolero de conveniencias cupulares de toda ralea.

No deslinda, la Presidenta, por ejemplo, su izquierdismo del de los expriistas y los verdes impostores camuflados de guindas de la regeneración moral que en la Entidad caribe, por ejemplo, controlan el Congreso, la Fiscalía autónoma y el muy soberano Tribunal Superior de Justicia.

No se deslinda de manera enfática de los nepotismos verdes potosinos que se imponen a sus cotidianas pero siempre tenues manifestaciones contrarias a esos negocios políticos familiares de poder, ni descalifica tampoco y de manera vigorosa y ejemplarizante los de su partido en Guerrero o Zacatecas o Tamaulipas.

No condena el uso político perverso de la reforma judicial para constitucionalizar el control de los Gobernadores sobre los sistemas de Justicia estatales, como ocurre en Tamaulipas y en todas las Entidades, en todas, como las gobernadas por su partido guinda, por su socio el Verde, y por los verdes camuflados de adalides del Movimiento de Regeneración Nacional (de cuyos miembros, identificados como los verdaderos militantes e integrantes de ese partido llamado también de la ‘cuarta transformación’ o de la renovación moral son, en realidad, los peores enemigos, confrontados a muerte en las disputas por el poder).

No exige que los verdes se identifiquen como verdes y que, como en Quintana Roo, dejen de usurpar posiciones electorales y de gobernar sirviéndose sin pudor ninguno de la popularidad de la marca obradorista del partido Morena con la que, además, deciden a sus anchas y de manera fraudulenta en los Poderes Legislativo y Judicial, y trafican impunidad, a través de la Fiscalía, con el crimen organizado.

No se pronuncia al respecto. No sienta precedentes ni emite mensajes por cuenta propia o mediante intermediaciones inteligentes y decisivas que hagan saber la inapelable voluntad presidencial en torno de esas y otras cochambres y contubernios condenables desde todo principio ético o ideológica. Ni aprueba con determinación y sin vacilaciones ni confusiones a los liderazgos y activistas de su partido ni privilegia sus aspiraciones políticas por encima de los morenistas impostados. Y más bien suscribe compromisos de continuidad de su causa partidista y presidencial con los caciques de las franquicias asociadas.

No parece tener candidatos de su entera confianza y de plena afinidad con sus convicciones ideológicas y convencida lealtad a su liderazgo doctrinario de izquierda.

Sigue sin saberse bien a bien si en Quintana Roo el tabasqueño Rafael Marín Mollinedo es su candidato indiscutible para suceder a la Gobernadora o no. ¿Se lo ha hecho saber a la Gobernadora? ¿Ha decidido y explicitado que, pese a las preferencias de Andrés Manuel por la Gobernadora, esta y el Niño Verde no impondrán a su candidato, el Senador Eugenio Segura, porque el Gino ese no es más que un morenista disfrazado y mercenario que si quiere ser candidato debe serlo por el Partido Verde de Jorge Emilio González, su verdadero jefe político, y no por el partido presidencial de ella y de Marín, que tienen el bono electoral asegurado y le ganarían por paliza la gubernatura?

¿Ha dado señales inequívocas de que deslindará el basurero verde del morenismo, de que hará respetar la reforma judicial y despejará de verdes el muy contaminado sistema de Justicia, o seguirá con la misma cantaleta de que en los Estados los ciudadanos locales mandan y los verdes, como tales o como guindas, seguirán mandando en nombre suyo?

¿Y cómo saber, asimismo, si Marín es de los afectos presidenciales y sus filias izquierdistas, o si más bien es de la estirpe del obradorismo expriista de los Monreal y los Adán Augusto; es decir: si es uno más de los usuarios del obradorismo y de su popularidad para conseguir propósitos políticos, o si es un convencido del claudismo y si a la Presidenta da lo mismo o no ganar Quintana Roo con quien sea que se elija vencedor de la encuesta partidista para la gubernatura?

No hay un discurso estratégico de identidad política y de aptitud y fuerza personal para gobernar, ni en esos ámbitos ni en los del combate al crimen organizado o contra la delincuencia política que lo encubre, y en torno de la cual sólo redunda en frases hechas y en lugares comunes.

No se hace ganar en la opinión pública, por ejemplo, la tesis necesaria de que sí, de que se combatirá sin reservas y con la participación estadounidense hasta donde sea necesaria, la criminalidad que daña la seguridad de ambos países, de México y Estados Unidos, respetando el mandato constitucional pero sin  concesiones de ninguna especie para nadie que, dentro y fuera del ejercicio político de cualquier nivel, pueda ser incriminado como delincuente. Se teme que lo que pueda entenderse como intervencionismo afecte la propaganda nacionalista del cuatroteísmo dominante.

No se enfatiza el criterio de que es un imperativo de ambos países acabar con el consumo de drogas que tanto degrada a la sociedad estadounidense, como barrer a todos los grupos criminales que lucran con esa degradación, y a la delincuencia de todo tipo -política, empresarial y armada- que favorece la violencia y la inseguridad en ambos lados de la frontera.

Y no se trasciende la impotencia contra el crimen que sólo se legitima en las condenas al calderonismo gobernante de hace más de dos sexenios y del que bien se sabe que si Calderón sacó a la tropa de sus cuarteles para exterminar sicarios fue porque no había autoridad policial, política y de Justicia, en todos los niveles republicanos, que no estuviera corrompida y dominada por el ‘narco’ ni estuviese impedida de procesarlos y castigarlos por la vía jurisdiccional.

No quiere trascenderse el discurso del pasado como justificación del presente ni entenderse que lo que hoy procede, con la amplia colaboración convenida de los estadounidenses, es acabar de una vez por todas con la delincuencia política, con el crimen organizado, con la violencia y con la inseguridad, usando todas las armas constitucionales del Estado de derecho.

No se pone un alto a los patrones partidistas. No se atajan las arbitrariedades de Gobernadores, Alcaldes y Fiscales corruptos, consecuentes o coludidos con el crimen organizado. Y en términos de autoridad política, no es más fuerte -por izquierdista y ética que sea o parezca- la de la actual jefa del Estado mexicano, la de la regeneración moral, que la de sus predecesores (excluyendo, acaso, a los del Maximato callista), aunque no deje de reconocerse que con el obradorismo se redujeron los niveles de pobreza y la inestabilidad económica -que con endeudamientos y devaluaciones e incontenibles crisis inflacionarias lastraba al país desde los setenta y entre los regímenes populistas y los neoliberales y privatizadores que saquearon y quebraron al país durante casi medio siglo-, lo mismo que la corrupción (por lo menos en la órbita del poder federal, porque en los estatales y municipales no es menor que en los peores tiempos del pasado, y al ritmo de la rapacidad y la ingobernabilidad Policías, Fiscalías, Tribunales y bandas criminales siguen haciendo sus negocios sin que la autoridad y el liderazgo presidenciales impongan sus fueros, por las buenas o por las malas, para impedir que sobre el discurso claudista de que en las soberanías estatales sólo los ciudadanos locales mandan, sus delincuentes políticos e institucionales, y sus grupos empresariales y criminales, se sigan sirviendo con la cuchara grande y sigan tripulando comicios a su aire para que sus elegidos, con cargo a la democracia y a la venia de las mayorías electoras, sigan defendiendo sus intereses y sus grandes y ominosos proyectos de poder).

SM

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