
Signos
¿No pudo decir el régimen revolucionario, por lo menos desde los noventa, que ‘abrir la economía sería una buena vía para avanzar’, como ahora lo dice el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio (quien, por cierto, ha alcanzado esas cumbres del poder global, junto a los grupos terroristas del exilio cubano, gracias a Fidel y a los rencores incomparables de un imperialismo lastimado por su causa y que hicieron de las organizaciones contrarrevolucionarias patrocinadas por la CIA y de sus representaciones políticas y de la comunidad cubana toda, el sector más poderoso de la vasta población de procedencia extranjera asilada en los Estados Unidos, al grado de que gracias a ese anticastrismo delirante uno de los suyos podría dirigir los destinos de la superpotencia)? ¿Y no era buena idea, asimismo, contrarrestar el embargo estadounidense, tras el derrumbe soviético, posibilitando la economía mixta -pública y privada- y un régimen de Estado menos estatista y obcecado: menos totalitario, dogmático y represivo (todo lo cual ha justificado en la defensa soberana contra ‘los servidores del imperio’, los que, es cierto, han colmado esa historia de pasajes sangrientos sobre los cuales, también es cierto, Fidel forjó la épica y la fuerza de su resistencia y su leyenda, pero que tras la caída soviética que respaldaba ese soberanismo de la Guerra Fría debió cambiar de giro y ser más consecuente con los tiempos); uno más tolerante con la diversidad crítica y creativa -igualmente socialista, si se quiere, pero más moderno y con su centenaria dirigencia castrista jubilada, como en los retiros de la ancianidad y en los panteones de la infamia deben quedar la memoria y los restos podridos de aquellos asesinos libertarios emboscados de la catadura negra de Mas Canosa, Nazario Sargent, Posada Carriles, Orlando Bosch y siniestros similares y culpables de atentados legendarios como el de la masacre de inocentes en Barbados, cuando los libertadores de Miami urdieron el estallido de una bomba en un avión en vuelo de Cubana de Aviación en el 76 para salvar a Cuba de la opresión comunista matando a 73 personas, la mayoría de ellos consagrados deportistas olímpicos-; es decir, un régimen menos beligerante y más a tono con el cambio generacional; más amigable y diplomático en su internacionalismo; más afable y dialogante con las democracias occidentales, y más negociador y tratable con Washington, con quien acaso y con el andar del tiempo hubiese podido convenir una relación más constructiva y reformas de interés mutuo que evitaran la parálisis y que se revirtieran los aspectos positivos de los días soviéticos de Fidel; que impidiera los éxodos migratorios masivos y capitalizara -con un nuevo modelo de propiedad y de gestión fiscal y de distribución del ingreso- el gran recurso profesional de alto nivel formado por la Revolución?
El escritor, exMinistro de Cultura y Director de la Casa de las Américas, Abel Prieto, sostiene, por su parte, que sin el socialismo la nación se pierde. ¿Pero no es esa una reincidencia ideológica en que el único socialismo posible y aceptable es el que, con el bloqueo estadounidense, completa el hundimiento de la economía y la calidad de vida de la población? ¿No es ese socialismo monolítico invariable al que alude el que está acabando con los bienes educativos conquistados por la Revolución y está cerrando las puertas al bienestar social, a la evolución socialista misma y a la modernización nacional?
¿Por qué tuvo que llegarse a los extremos y joderse todo, Zavalita? ¿Por qué sólo el camino de los radicalismos y de las afrentas y las exclusiones como el mismo de la vieja historia de las dictaduras y los éxodos y las campañas contrarrevolucionarias y las purgas revolucionarias en un pueblo tan pródigo, tan jodedor, tan zandunguero e imaginativo? ¿Es que sólo el personalismo autoritario puede imponerse sobre los improductivos e irreconciliables oposicionismos y desencuentros entre el yanquismo y el antiyanquismo, el castrismo y el anticastrismo? ¿No hay lugar para liderazgos de la diversidad: progresistas, mayoritarios, sabios, fuertes, creativos, conscientes del caudal de agravios extranjeros y traicioneros tanto como del de los ideologismos represivos y ‘chivateros’ pero libres -lo más posible dentro de la relatividad inevitable de todos los matices- de resentimientos y atavismos? ¿No hay espacio ninguno, Zavalita, para la utopía del equilibrio y la victoria de las buenas conciencias?
SM