Rumbo a Marte

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Signos

Las metáforas fílmicas sobre simios y robóticos ‘transformers’ reduciendo a escombros la civilización, armados con toda la modernidad de última generación de la violencia imaginable, no son ficciones fantásticas, sino la justa reseña vislumbrada del destino planetario hacia el corto plazo, consignando la dinámica evolutiva de una realidad precipitada por los procesos cibernéticos donde el objetivo de ataque más distante podría ser alcanzado pronto, en la lógica de la relatividad einsteiniana del tiempo y el espacio, a la velocidad de la luz.

La inteligencia tecnológica de la ‘singularidad’ virtual -cuyo capitán del buque insignia de la conquista del nuevo mundo de los humanoides es Elon Musk- está a merced de una conciencia moral y un virtuosismo espiritual de la era de los dinosaurios.

La síntesis perfila un diseño universal superior de la dialéctica evolutiva tan macabro como sangriento, en lo que concierne a la confección del componente terrícola y los umbrales de sensibilidad de la condición humana, donde las fronteras de la transición hacia otras realidades cósmicas regidas por la lógica de los estallidos moleculares o estelares son infiernos tan brutales como la diferencia que hace el dolor de la especie diminuta comparado con la desconocida inmensidad sideral que no lo sufre.

Porque si bien pueden existir diversos Universos, del único que se conoce y del que nada se sabe de otros mundos habitados se piensa que nació de un estallido del que al cabo se fueron ordenando sus partículas y las derivaciones de su energía originaria en complejas formaciones galácticas cuyo ordenamiento sistemático establece que en este Universo o en cualquier otro no hay fenómeno, por anárquico que parezca, que no responda a leyes y determinaciones preexistentes y condicionadas dentro de un sistema rector inteligente -como una IA de dimensiones inconcebibles- del que procede la consideración humana de que el orden regulatorio de dicha constelación universal se replica en el del minúsculo ámbito terrestre con la fórmula inequívoca de que lo simple evoluciona a lo complejo y lo complejo deriva a lo simple y a lo elemental para trascender a otra dimensión donde la extinción es, al mismo tiempo, conclusión de un ciclo y nacimiento de otro; donde la genética humana milenaria y sus ancestrales formaciones espirituales y de conciencia, nacidas del estallido universal remoto y regidas por las mismas leyes invariables del Cosmos -que hacen a cada individuo irrepetible igual que al mínimo elemento subatómico-, trascienden su condición primaria, abren los caminos más intrincados del desarrollo y la negantropía remontando las mayores violencias y objeciones del prejuicio y el poder más dominantes, y deben sucumbir bajo la avalancha entrópica de todas las variables del Mal (la masividad de la ignorancia, el descenso absoluto de las reservas críticas, la explosividad de la codicia y la magnitud de los arsenales tecnológicos del control global que definen el agotamiento de las alternativas civilizatorias) porque si las del Bien se impusieran (la estética, el conocimiento, la generosidad, el buen gobierno, la justicia y los mejores valores de la libertad y la moral) la continuidad inalterable impediría la dialéctica del cambio, condición del sistema inteligente de la renovación perenne de la energía integral donde parece que la Nada no existe ni, por tanto, el Origen, el principio, la Creación.

Y si el Mal y no el Bien tiene la última palabra terrenal, del mismo modo, entonces, que en el orden universal, la complejidad reducida al agotamiento y a la contracción energética y a la simplificación debe obrar el cambio de ciclo en el planeta Tierra.

Hoy día, de las complejidades teóricas iniciales a las más intrincadas y sofisticadas deducciones filosóficas y sociológicas se ha derivado a un reduccionismo conceptual y lingüístico donde la élite y la academia que lo suscriben son apenas marginales, invisibles e intrascendentes, lo mismo que en esa suprema expresión del alma que es el arte.

La negantropía que alumbra las vías del porvenir contra las adversidades se apaga irremediablemente, como mengua la fuerza de luz del Sol y se retrae la energía galáctica del primer estallido.

Se alcanzan las cumbres del saber y de la virtud tecnológica, y, de pronto y a la velocidad del impulso digital, se descubre la última frontera: no son los pueblos ni el espíritu que identifica la trascendencia humana lo que importa cuando la cultura perece para hacer el puente planetario a lo que sigue.

La simpleza y la temeridad del ego, no la heroicidad de la conciencia y sus nociones justicieras, son las que habrán de estar a cargo de la nave en la que ya no cabe el pasado ni el ser de la especie humana.

Y sí, se depende de esos márgenes de sobrevivencia que reserven para sí los jefes absolutos del planeta de los simios.

Los análisis, los estudios, los pormenores teóricos y especializados de las coyunturas políticas y las disputas territoriales del mundo se reducen al anecdotario de lo que es visible y descifrable aquí y ahora.

Los nombres que van y vienen en el paisaje simultáneo de las redes informáticas no alteran los destinos de los pueblos en los ámbitos locales donde da igual quien gobierne y quien se le oponga.

Sólo importan los debates sobre los capítulos de la guerra energética y financiera pero ahora ya sin liturgias diplomáticas ni justificaciones retóricas; no más que el hueso duro de la vileza soez.

La narrativa y la legitimación del derecho del uso de la fuerza desaparecen a medida que las disputas se recrudecen con la angostura progresiva y última de los territorios de dominio y de las posibilidades humanísticas para el diálogo o la defensa de las causas representadas sólo con la fuerza expedicionaria de la vanguardia atómica.

Sólo quedan el poderío bélico y económico y las palabras básicas para amedrentar a los competidores:

Que Trump quiere acotar las fuentes de suministro de Rusia y China. Que Putin y Jinping maniobran con sagacidad y discreción para estrangular a unos Estados Unidos decadentes, endeudados y sin más recurso que su sobrado -y aún desconocido en sus secretos más letales- potencial armamentista, desdolarizando el mundo y cambiando la rentabilidad y el sistema de competencia en el mercado global. Y que… más nada: que lo que queda de la Humanidad en el Universo conocido es la última simpleza, la de convertir el planeta en uno parecido a sus vecinos, tras el arduo recorrido de la vida hablante después de germinar entre bacterias y microbios, de crecer entre gorilas y sobrevivirlos domesticando alrededores y domesticándose durante la faena, de ampliar el espacio del refugio cerebral del pensamiento tras la complementaria y magnífica invención del fuego, de desentrañar los misterios de la oscuridad de las idolatrías, de cruzar fronteras y remontar horizontes y ocasos, de combatir obediencias y alcanzar prodigios creativos superiores; la simpleza de encontrarse en el mismo matorral del principio del arduo recorrido.

Después de códices y legados de reinos y sabidurías remotas, y de libros sagrados imperecederos y de interminables recuentos y despliegues filosóficos e interpretaciones y mitos ejemplares y de toda suerte de cavilaciones de pensadores inmortales; después de cruzar por todos los océanos y todos los pantanos y derrumbes todo se reduce, en los días del integracionismo instantáneo del tiempo y el espacio de la relatividad einsteiniana, a una comprensión y a una simplificación del orbe que cabe en una síntesis tan superflua como ajena al interés de nadie.

Porque nadie importa.

Porque destinos y verdades son sólo redundancias en torno de la crónica sobre el poder del aniquilamiento y de quién terminará imponiendo sus fueros en el sendero marciano de la Tierra.

SM

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