
Signos
Un día llegué a creer que, por fin, Putin había metido la pata. Había logrado el imposible de que Rusia se recuperase como potencia militar y de que se convirtiera en potencia económica de influencia global desde el hundimiento soviético y el desastre económico absoluto y el caos de ingobernabilidad heredado por Yeltzin. Había pacificado y recuperado Chechenia y exterminado el terrorismo independentista y el islámico. Había forjado una nueva generación de especialistas en todas las áreas de la gestión del Estado y desplazado el poderío privatizador de la corrupta oligarquía empresarial postsoviética y su influencia sobre la igualmente corrupta administración estatal, y con ese nuevo activo generacional logró que las empresas estratégicas nacionalizadas o expropiadas, como las energéticas, llegasen a ser tanto o más competitivas que las privadas y extranjeras o trasnacionales más eficientes. Se modernizó el poderío militar, nuclear y de seguridad. Se modernizó el aparato financiero y el control recaudatorio, donde el legendario espionaje policial incorporó como prioridad la evasión fiscal y el combate y castigo ejemplar contra los monopolios delictivos y los magnates beneficiarios de la impunidad. Y convirtió el anacronismo de las sanciones estadounidense y europeas en oportunidad de fomento de los sectores productivos y comerciales propios y de exploración de mercados alternativos y alianzas de reordenamiento contra la hegemonía occidental. Pero cuando decidió invadir Ucrania y el mundo democrático y ahora anticolonialista y ejemplo de las libertades se le echó encima, pensé que podría estar acabado. La OTAN estadounidense y Europa habían decidido traicionar acuerdos en los que se establecía el principio lógico de no desarrollar amenazas armamentistas y con poder atómico en las fronteras con Rusia para evitar conflictos como el de la Guerra Fría, cuando la Unión Americana instaló misiles contra la URSS en Turquía y la URSS respondió con otros similares en Cuba. Los conspiradores europeos y ‘americanos’ decían defender el derecho de Ucrania de fortalecer su soberanía participando en la OTAN y armando sus fronteras con Rusia, en medio de una cruenta guerra civil en regiones fronterizas prorrusas y de rusohablantes cuyas mayorías comunitarias, a su vez, pugnaban por la independencia respecto de Ucrania y el Gobierno ucraniano de Zelensky -que había ganado las elecciones nacionales al anterior régimen prorruso pero las había perdido de manera rotunda en la amplia franja oriental próxima a Moscú, en lo idiosincrático y en lo territorial- respondía con represiones brutales de comandos supremacistas pronazis. Jamás la Europa de los derechos humanos pareció enterarse de ese infierno de torturas y masacres. Y claro que Putin respaldaba a las legiones de civiles prorrusas y pretendía anexarse sus áreas ucranianas colindantes que habían sido soviéticas. Y claro que los aliados de la OTAN, desde el discurso de aquellas mismas libertades colonialistas con que han saqueado medio mundo en defensa de los ‘derechos universales del hombre’, pretendían controlar a Ucrania, instalarse con absoluta impunidad en su territorio, y enfrentar nada menos que desde su frontera oriental y a menos de cincuenta kilómetros del Kremlin a su muy temido enemigo Vladimir Putin. Y el tiro les ha salido por la culata. Porque el anciano Biden y su partido perdieron su guerra electoral y la del financiamiento fallido a las masacres libertarias de Zelensky. Porque los liderazgos europeos y sus electorados son de mera pacotilla colonialista y entre ellos los socialdemócratas -como los españoles- no llevan vela en ese entierro porque van a remolque de la mayoría xenófoba y pronazi. Porque Trump (de quien el espionaje ruso tiene sobradas evidencias de sus francachelas moscovitas) sabe muy bien que en su primera elección el intervencionismo diplomático y cibernético de Putin le quitó de encima la competencia de Hillary Clinton (que, cuando en sus tiempos de Primera Dama, los emisarios de Moscú se paseaban por la Casa Blanca ‘como Pedro por su casa’) y sabe de sobra que el exagente de la KGB es mucho más astuto y peligroso que él mismo, que ha regresado a dirigir a la superpotencia y bien sabe, asimismo, que más le conviene en Ucrania una alianza pacífica y de dividendos mutuos que una guerra de falsos heroísmos soberanos que no ha de ganar nunca. Y Putin se entroniza como jamás: invirtamos todos en la Ucrania que queda y en la Ucrania anexada, dice (no así pero eso es lo que dice). Zelensky no ha sido sino un títere sangriento odiado en el Donbás y aplaudido por el fascismo que avanza y se impone en la democracia europea. Gracias a él, Putin es tan feliz y poderoso como en su vida lo había sido. El mundo ha olvidado el traspiés de Rusia en Siria, de donde salió a hurtadillas porque ese incendio sectario es irremediable y en él no ha de ganar nadie. Lo de Putin es Ucrania, establecer cierto equilibrio en Latinoamérica, exhibir las miserias políticas y morales de Europa y de la OTAN, romper la hegemonía occidental, e influir en la configuración de un nuevo orden económico y militar del mundo. No metía la pata cuando más lo parecía. Usaba en su proyecto al mortífero y pronazi payaso ucraniano y esperaba que el liderazgo del anciano mandatario estadounidense ido y su financiamiento de las masacres ucranianas terminara pronto y con ello terminaran las celebraciones europeas por la liberación de Ucrania y la caída del patriarca ruso, que es más poderoso y sabio que Stalin, a quien los europeos, por cierto, más que a Roosevelt, le deben haberles quitado de encima la locura del Führer, por más que sus electorados se empeñen en volver a las urnas por quienes, en la democracia civilista, más se le parezcan y defiendan su patológico supremacismo.
SM