Le hace falta más bax

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Signos

Por supuesto que la Presidenta ha autorizado la presencia de agentes estadounidenses anticrimen y una colaboración más estrecha de Washington por la seguridad de ambos países y que a los dos conviene, por cuanto de sobra se sabe que sin esa contribución extranjera la impunidad que garantiza la delincuencia política seguirá siendo el motor del crimen organizado, como ha ocurrido en Colombia, donde sin Estados Unidos se hubiera mantenido la gran industria del ‘narco’ en el país y su influencia determinante sobre el Estado Nacional.

Es cierto que la Presidenta tiene que mantener la propaganda y el discurso del soberanismo inviolable. Su problema es que su virtud política y argumentativa no es congruente con su excesivo protagonismo mediático. La sobreexposición en la vitrina diaria de las Mañaneras le hace más mal que bien (en términos objetivos y no de los índices del Bienestar), porque ese foro era de la medida de un dinosaurio carismático y populachero y dicharachero como Andrés Manuel, que podía darse vuelo no informando sino confrontando a su aire y bajo su tinglado a sus grandes enemigos del poder político. Claudia no tiene ese perfil pugilístico y de barrio. Y ni siquiera sabe hacerse a la idea de que lo suyo no es la guerra retórica. Tendría que aprender que los conflictos mayores de su liderazgo y del país se dirimen en las mesas de negociación y no frente a las luces de la opinión pública. Allá en los intercambios con la diversidad de los interlocutores del poder y de viva voz tendría que hacer sentir sus fueros, los de su investidura y su verdadero carácter personal y de su dirigencia, al margen de todo legado y de toda fuerza representativa derivada de quien la entronizó realmente en la silla más alta del Estado mexicano. Debería asumir que ceder la voz y la autoridad y retirarse de las contiendas y de los acuerdos que deben atenderse tras la escena de los discursos y con absolutamente todos los actores importantes con quienes debe medir sus competencias, es un grave error político y de Estado. Porque la luz del escenario presidencial unívoco puede prodigar ganancias publicitarias inmediatas con el concurso y el aplauso incondicional de la galería fanática, pero también evidenciar inconsistencias y equívocos mayores -hasta estructurales e históricos- entre la audiencia crítica.

Está bien delimitar las fronteras del soberanismo constitucional en la guerra binacional contra el ‘narco’. Sí, pero sin exhibir al mismo tiempo la posible contradicción en el terreno de las mismas: las verdades intrínsecas de unas operaciones yanquis en territorio mexicano tan mutuamente consentidas como serviciales como inevitablemente extraconstitucionales. El mal no está en que, como en los tiempos de Calderón cuando la DEA tenía un vínculo abierto y visible y positivo con la Armada de México, los elementos extranjeros participantes en las operaciones anticrimen tengan todas las condiciones necesarias para hacerlo de la mejor manera si eso deriva en éxitos y si los criminales caen y sus padrinos del poder político lo hacen con ellos. El mal no está en las ambivalencias del discurso soberanista, las flexibilidades reales del mandato representativo, y las verdades del alcance de la participación ‘americana’ con las autoridades mexicanas anticrimen. El mal está en las insuficiencias argumentativas, en la descoordinación, en el descontrol informativo, en la falta de rigor presidencial y federal en el entorno de las autoridades estatales; en la ausencia objetiva de códigos eficientes de responsabilidad, por ejemplo, y en lo que bien se advierte como un liderazgo impotente o renuente a asumir recursos y decisiones pragmáticos y eficaces y ajenos a convencionalismos ideológicos y rentabilidades militantes para imponer sus fueros políticos reales, constitucionales y metaconstitucionales, en favor de la discrecionalidad y la discreción necesarias para el alcance de los objetivos superiores de todas las partes involucradas, como los del exterminio del crimen organizado.

A la Presidenta le falta revolverse entre el caldero de unos y otros intereses, unas y otras rudezas y procacidades y tan malsanas como poderosas intenciones. Hablar de tú a tú y cara a cara con el enemigo -el infiltrado y el opositor- y pactar con cualquiera arreglos indecibles pero necesarios de los que al cabo pueda saber decirse lo importante y lo conseguido para el bien público y el interés común. Le hace falta meterse en las honduras negociadoras de su mentor, pero atreviéndose a ser ella misma, negándose a las presiones de la delincuencia política -la propia y la ajena y señalándola con el dedo- por miedo a perder financiamientos locales y territorios electorales (como frente a las incontinencias depredadoras siempre impunes e invictas de los verdes y los narcoGobernadores y los narcoAlcaldes y los caciques huachicoleros de la regeneración moral), y hacerse más al uso y al ejercicio del poder en los terrenos en los que siguen imperando los intereses de los malos defendidos por jilgueros de la Renovación Nacional, y desde las tribunas de las Mañaneras renunciar a defender lo indefendible, a pretender hacer creer que las banderas ideológicas y moralizadoras por sí mismas quitan lo pendejo y lo corrupto, y dejar de insistir en que la política, y sobre todo la tan poco edificante política nacional, es la arena de los prodigios donde sólo se baten los defensores de las buenas causas contra los condenados y neoliberales malhechores.

SM

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