
Signos
Los partidos políticos son negocios de poder. Si la buena fe no fuera apenas una pírrica excepción en la política (cual perenne utopía de los ingenuos), entonces la justicia y la igualdad dominarían y harían la plena felicidad social en sus territorios. Los ricos más codiciosos no impondrían sus condiciones de mercado, y las grandes mayorías pobres no serían tantas ni tan pobres gracias a la equidad distributiva laboral y fiscal de la riqueza. La demagogia y la impostura no serían los recursos esenciales de la lucha por el poder del Estado, que tampoco sería ni encarnizada ni dolosa. Y si los poderes dominantes de los Estados fueran un mínimo de más humanistas y menos bastardos de lo que son y han sido en su vasta mayoría, la civilización humana no estaría en el umbral del debate científico que advierte el colapso apocalíptico del descontrol entrópico de la Inteligencia Artificial. Pero la vileza política somete a su fuerza enemiga más virtuosa y espiritual, y asume lo que tiene que acabarse en la frontera terrenal dentro de la inevitable lógica matemática del fin y el nacimiento de los mundos en el orden cósmico. Las ideologías son, por eso, hoy día, anacronismos en vertiginoso tránsito de extinción hacia lo más pragmático y utilitario y caótico del frenético manoteo de unos y otros intereses por lo que va quedando de la energía y los bienes comerciales del planeta. Y la rudeza del cinismo, de la vulgaridad, de la propaganda y las mentiras morales de las pugnas por el poder político se exhibe en el universo digital con más impudor que el de la barbarie de las guerras tribales del principio de los tiempos, con cargo a la progresiva incivilidad generacional y a la enajenación masiva de una conciencia ciudadana donde las democracias son sólo verdades a consignación de los grupos confrontados en defensa de sus particulares intereses con la espuria representación de la voluntad mayoritaria; donde la conciencia crítica está a merced de los flujos mediáticos al mismo tiempo más influyentes mientras más superficiales, frívolos y vacíos de concepto y contenido, y donde las verdades más rotundas y objetivas de la corrupción y la perfidia de la delincuencia en el poder público pueden no ser más que noticias pasajeras y anecdóticas para un electorado sometido a las dádivas compradas con el usufructo del erario y del control institucional. Porque hoy día hay dos preocupaciones mayores en las élites políticas que deciden el destino de la Humanidad: la contención de los cada vez más caudalosos flujos migratorios de la miseria hacia los paraísos económicos del ‘Mundo libre’, y los inventarios armamentistas de última generación para la guerra global definitiva. La democracia va haciendo ganar en las urnas a los extremistas y supremacistas y neofascistas. Y la diplomacia renuncia a las soluciones humanas de los conflictos y acuerda lo que ya apenas se puede en las fronteras visibles del exterminio genocida.
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En el México antidemocrático y autoritario de ayer, el de la moral era un discurso del que los liderazgos se mofaban (el árbol de las moras, de los rupestres cacicazgos tricolores, o el de la renovación moral de la sociedad, de los modernizadores neoliberales delamadridistas también tricolores) y que los ciudadanos asumían como mera expresión del costumbrismo y la cultura de la corrupción de siempre, desde el entendido de Gonzalo N. Santos de que la moral en la política ‘sirve para una chingada’. Lo que valía eran los mecanismos fácticos de control institucionalizado del poder en sus órdenes jerárquicos (hasta que el pluralismo democrático del nuevo milenio partidizó la corrupción en tantos bandos caciquiles como bandas regionales del crimen organizado pulverizaron la paz social en el país asociados con los liderazgos constitucionales). Sólo que en la era democrática y de la moral política de la ‘cuarta transformación’ de México lo que menos hay es moral y control presidencial de la corrupción de los nuevos cacicazgos políticos, los que financian con el presupuesto y con aportaciones de los socios del crimen organizado sus propias candidaturas y procesos sucesorios, mientras la misma jefa presidencial de la moralización de izquierda voltea para otro lado y ‘hace la vista gorda’ durante los cínicos y vergonzantes repartos del pastel electoral entre los grupos gobernantes que hacen de esas banderas del pudor obradorista y de las investiduras superiores del mandato nacional, el mayor ejercicio de impunidad jamás visto en la historia posrevolucionaria. No hay ahora, entonces, ni lo menos malo del control presidencialista para la estabilidad política y la seguridad (o la ‘paz social’ de la divisa autoritaria de los viejos tiempos que ahora tiene que imponerse desde la amenaza estadounidense de defensa de su propia seguridad nacional), ni el mínimo recato ni la discreción formalista de la demagogia de la medianía juarista (también de aquellos viejos tiempos) para matizar o simular los escándalos de la voracidad y los excesos de los pregoneros de la honestidad y el compromiso progresistas como forma de ser y de representar al Pueblo en el poder del Estado mexicano. Las encuestas de popularidad y las normativas conductuales y de aptitudes éticas y vocaciones de humildad, de austeridad y filiaciones ejemplares vuelan en pedazos por los aires de la opinión pública entre el chacoteo burlón de la canalla verdemorenista, cual la del invencible Niño Verde, que acalambra con sus amenazantes sordideces rupturistas y separatistas de pacotilla a un grupo y un liderazgo presidenciales sin la más remota idea de cómo se ejerce la autoridad real y el poderío superior del Estado en una democracia iletrada y plagada de rufianes del oportunismo, el mayoriteo legislativo y todos los demás incontables y rentabilísimos y oscuros negocios del poder. Y mientras siguen ganando los truhanes más poderosos de la causa de la Regeneración Nacional y su verdismo asociado, y los candidatos perdedores se quedan a la deriva de su suerte en el desierto del futuro con la Presidenta que ni los mira y que ni fu ni fa y que los deja a la deriva de rascarse con sus uñas porque así son las cosas de la democracia -donde el obradorismo se hace leña entre su vociferante izquierdismo moral y la rapacidad extrema de sus poderosos legionarios regionales, cada vez más sostenido por los financiamientos electoreros del Bienestar, el erario a merced de los Gobernadores, los repartos de frituras populares del proselitismo verde y los cheques de sangre del crimen organizado- el país sigue siendo el de la misma especie de los filibusteros de la política de todos los tiempos pero con poderes extraordinarios regionalizados e impunidades históricas que hacen de las suyas a espaldas de la promesa idílica y falaz de la redención moral, que con la bandera del soberanismo en mano y la campana de la Independencia sonando a todo vuelo no cesa de agitar la Presidenta de ‘La transformación’ mexicana.
SM