Entre el sofisma y el ‘estadismo’ de la mediocridad

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Signos

-Defender la soberanía evitando la persecución de otro Estado sobre la delincuencia propia.

-Violar la soberanía aceptando la persecución de otro Estado sobre la delincuencia propia.

-La Conquista española debe seguir condenándose como una tragedia de colonización imperdonable que padecieron los ‘pueblos originarios’ de hace quinientos años y cuyas nefastas consecuencias sigue pagando el ‘Pueblo’ tras tres siglos de Colonia y dos más de país independiente, cuya cultura, idiosincrasia, injusticias y desgracias civilizatorias son consecuencias de ese trauma histórico perpetuo.

-La Conquista española debe agradecerse porque es la simiente del ser, del idioma y de las principales instituciones iberoamericanas, como la de la evangelización y la moral misma. (Y tiene que reconocerse como la fuente de la identidad mestiza y de los valores de un pueblo que, como todos, no puede renunciar a sus orígenes ni a sus herencias porque ni ese es un destino elegible ni hay pueblo ninguno, tampoco, que no haya padecido vasallajes y sincretismos turbulentos asimismo forjadores de su espíritu -o de su naturaleza o su modo de ser- para superar su circunstancia nativa y para evolucionar, desarrollarse y trascender entre las injusticias y las desigualdades propias de la condición humana y de la dialéctica inevitable de la modernidad.)

-El debate de la Conquista no llega a ser siquiera un debate ideológico. Y los bandos de la querella inútil no han entendido siquiera que el absurdo de la disculpa exigida al Reino de España y el diferendo diplomático alentado por Andrés Manuel sobre el tema no pasaba de ser un caprichoso histrionismo panfletario de su historiadora esposa y una de las tantas tretas demagogas de él para echarle leña al fuego populista de su propaganda y de su protagonismo dirigente de la regeneración moral, donde su causa partidista tenía por sustento el utopismo falaz de la pureza espiritual de absolutamente todos los ‘pueblos originarios’ mancillados por los españoles y cuya corrupción habría de desterrar para siempre su Movimiento de Regeneración Nacional.

-Y el debate de la soberanía tampoco es un debate ideológico, sino un altercado de intereses entre quienes no tienen más remedio que defender a sus indefendibles socios de la delincuencia política (asociada al crimen organizado) alegando la defensa de la patria, y los opositores acusados por los soberanistas de vendepatrias; opositores que encuentran en la delincuencia política enemiga el ‘tendón de Aquiles’ del soberanismo izquierdista que los acusa a ellos, y se visten de libertadores poniéndose de lado de un intervencionismo imperial que tendría que defenderlos de las violaciones constitucionales a la soberanía de su país en aras de acabar con los delincuentes que atentan contra la seguridad de ese país.

-Porque sin soberanía no hay país, ni han de servir de nada las luchas de ‘los héroes que nos dieron patria’, defienden unos.

-Pero sin seguridad y con Gobiernos delictivos, la soberanía tampoco existe, defienden los contrarios.

-El problema superior de todo es quién gana tras el sofístico tiroteo. Y el país no es.

El soberanismo presidencialista no está defendiendo al Estado mexicano desde derechos y causas justas inapelables, como las que se alzaron contra el anexionismo imperial del territorio mexicano o contra la también imperial ocupación francesa en el siglo diecinueve.

En el caso de la Conquista ha defendido necedades. Y en el de las causas judiciales habidas y probables contra presuntos delincuentes políticos mexicanos en Estados Unidos está exhibiendo imposturas y defensas del Estado Nacional que más se identifican en favor de los implicados que del ‘Pueblo’ violentado por ellos, y cuyas consecuencias pueden ser muy lamentables para el grupo presidencial, pero sobre todo para el país, que perdería los equilibrios políticos y se quedaría sin alternativas de verdadera defensa del interés nacional.

Porque el obradorismo moralizador está arriesgando la relación de México con Estados Unidos desde la defensa de unos personajes de cuando menos muy dudosa reputación, con sobrados indicios de vinculación con el crimen organizado, y a los que más valdría al Gobierno mexicano dejar que se defiendan en las Cortes estadounidenses que los requieren aduciendo evidencias que los incriminan (y que más de medio mundo entiende que el Gobierno mexicano quiere desconocer).

Claro que el sofisma soberanista puede alegar que se trata de un ataque contra México, y el sofisma enemigo que se trata de un ataque contra la complicidad del soberanismo presidencial que en realidad defiende con esa postura y esa propaganda de juaristas y Niños Héroes al crimen organizado.

Pero el caso concreto y de sentido común es que la fuerza del nacionalismo progresista se está pulverizando en América Latina.

Que si los bastiones izquierdistas caen en Colombia y Brasil, como parece, el Gobierno de México se queda sin aliados respetables o de algún valor democrático.

Que una oposición neoliberal desvalida y derrotada por su propia historia de corrupción pudiera reponerse y prosperar con el progresivo descrédito del soberanismo defensor de la delincuencia política, y con la suma y los beneficios consecuentes del divisionismo y el oportunismo desertor en el partido de la regeneración moral (que hoy proclama una limpieza de sus filas donde no tendrán cabida, dice, los corruptos, muchos de los cuales son, sin embargo, los líderes y operadores más aptos de la izquierda y que se irían con sus trastos electorales a otra parte, como a la oposición favorecida por Trump como su alternativa capital para combatir al crimen organizado y a la delincuencia en el poder político que lo hace fuerte en México).

Y el caso, en fin, es que no hay mejor sendero para encontrarle los tres pies al gato y darle alas a los alacranes que metiéndose en pleitos de cantina como el de la Conquista irremediable y en honduras tan peligrosas como la de la confrontación con la superpotencia cuando tanto convendría a la relación bilateral y a la seguridad de ambos países acabar con la delincuencia política y la impunidad que brinda al crimen organizado, poniendo a buen recaudo los panfletos del progresismo inmaculado y calzándose los tenis de la verdadera soberanía necesaria y útil: la de no necesitar vejigas (obradoristas y verdemorenistas) para nadar, no defender causas (judiciales, diplomáticas y políticas) perdidas, y no anteponer el decadente ideologismo militante y moralizador a las prioridades de una gobernanza cuyas obras y acciones concretas y convincentes por su propia envergadura y por su propio peso deben convertirse en las máquinas electorales y en los factores de promoción más importantes de quien las gestiona para cambiar y mejorar la calidad de vida de las grandes mayorías.

No entender que inmolarse en una falsa guerra patriótica para resistir la demanda de captura y extradición de unos presuntos narcopolíticos -como si se tratara de la defensa del Palacio Nacional ante el asedio de tropas extranjeras de los tiempos del Castillo de Chapultepec y los Fuertes de Loreto y Guadalupe- pinta más bien un retrato de estadista de poca monta, cuyas debilidades terminarán aprovechando, más bien, granujas tan experimentados y habilidosos como los ‘aliados’ presidenciales del Niño Verde, quienes defenderán de mil amores la heroica causa presidencial sólo a cambio de algunas menudencias compensatorias, como las candidaturas a Gobernadores que piden, por lo menos cinco de las diecisiete que estarán en juego en las elecciones del próximo año, y que el partido de la Presidenta debe entregarles, para empezar la de Quintana Roo -el territorio de saqueo por excelencia del patriarca verde y que quieren seguir controlando en absoluto como impostados militantes guindas del partido del Bienestar y la Regeneración Nacional humanista y de corazón feminista-, si quiere preservar de su lado ese impulso moral y ese mayoriteo parlamentario que necesita para que las fuerzas nacionales se sigan cubriendo de gloria.

SM

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