‘La hojarasca’ y ‘el diluvio’ de nuestro tiempo

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Signos

‘Hemos llegado a un grado de vulgaridad intolerable’, diría José Arcadio.

Hemos llegado al punto en que el debate electoral sólo identifica dos esquinas: la de la idolatría obradorista donde cualquier candidato de su partido gana -así sea el mayor de los delincuentes verdes asociados-, y la de ganarle a ese candidato con cualquier payaso conocido que sume los intereses de todos los jefes partidistas que pudieran morder el polvo con la victoria del otro (el delincuente postulado desde el altar del movimiento de la regeneración moral).

A Mara o Palazuelos, por ejemplo, parece reducirse la elección. Entre la marioneta del obradorismo guadalupano y el ‘mirrey’ de la telebasura, estaría el destino de Quintana Roo.

¿Tal sería el nivel crítico del pueblo elector?

Entre la ruina humana y el lodo bíblico acabó el reino de Macondo, tras la ‘peste del olvido’ y el sortilegio de milagrería de los gitanos.

SM

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