La soberanía mexicana y el Destino Manifiesto

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Signos

En defensa de la soberanía nacional -tan invocada ahora en la protección federal de los derechos de los delincuentes políticos mexicanos identificados por Estados Unidos como culpables de delitos que atentan contra su régimen legal y su seguridad nacional- la Presidenta Sheinbaum refiere a toda voz que el Estado de la Unión Americana debía ocuparse primero de contener el mal de sus propios drogadictos antes que acusar a otros Estados Nacionales de la criminalidad que produce el abasto de drogas que es la medida de su descomunal demanda.

Y todo gira en razón de una verdad que, de un lado y del otro de la frontera, se sabe de sobra o debiera saberse con la claridad de la lógica más simple, y que si se niega que se sabe es porque se es cínico o estúpido:

Las adicciones y todos los vicios de la sociedad estadounidense -los más grandes del mundo; del tamaño de su poderío imperial- son propios de una patología espiritual congénita e incorregible: la de su hedonismo y su adrenalina insaciable de conquistar y de tener (o la del fanatismo de adquirir todo el dinero del mundo que sea posible por el placer incomparable de poder hacerlo y de tenerlo y de pagarse, como nadie más puede hacerlo, el entorno más perfecto de vivir y de morir sobre el planeta Tierra). Y si eso cuesta tener hijos drogadictos y vecinos alcohólicos incurables o sicópatas homicidas, pues qué más da. ¡Es el Destino Manifiesto!

Pero para eso es la funcionalidad sistémica de sus instituciones anticrimen: para que el mal de la ansiedad y la locura genética no los ahogue.

Su sistema de Justicia funciona y sus criminales pagan lo que deben (con los excesos y la inevitable corrupción de ese sistema, lo que no hace la regla, sin embargo, a diferencia de las democracias más inciviles y disfuncionales).

El problema en México es que los sistemas de Justicia no funcionan, que están a merced de la corrupción institucional y la delincuencia política, y que eso forma un inmenso escudo de impunidad que estimula la violencia y los negocios invencibles del huachicol y del narcoterror.

Los yanquis pretenden defender el imposible de que lo que a ellos les funciona, funcione en México.

Y la Presidenta responde que primero ellos corrijan lo que también les es imposible corregir.

Lo que tendrían que entender las partes son sus propias debilidades y acordar puntos de convergencia y cooperación.

Porque con acusaciones sentenciosas los yanquis seguirán ganando con su poderío, a menudo colonialista y criminal, pero sustentado, él sí, en un sistema institucional y representativo consolidado en su cultura, su idiosincrasia y sus competencias educativas y críticas.

Que ‘en México sólo manda el pueblo’ es una frase que hace reír a narcopolíticos chocarreros y defensores de la regeneración moral, y a aliados suyos, como los del club de pervertidos del Niño Verde, y acaso puede convencer a las militancias guadalupanas y más empedernidas del Bienestar que ni siquiera saben lo que significa eso.

Pero Trump y la plaga de espías de su país que andan metidos en todos los negocios ilícitos que les importan y que conocen mejor que nadie a los jefes políticos y policiales y ministeriales y judiciales que los operan; y los ciudadanos comunes y corrientes que no se chupan el dedo, ¿pensarán en que esa frase es algo más que lo único que se tiene en el armario discursivo para defender una causa perdida?

SM

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