Más allá de Rocha y Mara, la senda del país

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Signos

¿Por qué la Presidenta encubre la corrupción de manera tan selectiva y vergonzante?

En una primera lectura, parece simple:

¿Quién controla Quintana Roo, por ejemplo: los Poderes del Estado, sus decisiones, sus sistemas y estructuras institucionales, sus presupuestos, y los vastos recursos públicos que de ellos son desviados para financiar candidaturas y actividades políticas convenientes a los intereses de la élite del poder, como los del verdemorenismo que más utilidad electoral puede redituarle al partido presidencial, el de la renovación moral y la Regeneración Nacional?

¿No ha sido y es, Jorge Emilio González Martínez, el Niño Verde, el verdadero jefe al mando del control total de las principales fuentes de decisión pública y presupuestaria del Estado de Quintana Roo?

¿Puede, sin él, la Presidenta Sheinbaum, tomar decisiones distintas y hacer que su partido preserve la hegemonía en la Entidad caribe?

¿Tiene ella una estructura propia y alternativa de poder ahí?

¿Tiene representantes acreditados y confiables de su liderazgo?

El aspirante obradorista y exjefe aduanero federal, Rafael Marín Mollinedo, enemigo acérrimo del grupo gobernante del Niño Verde, ¿es del entorno propio de la Presidenta, o pertenece a esas tantas herencias del Maximato de su mentor, el exPresidente, AMLO, que ella intentaría trascender para gobernar por cuenta propia?

¿Tiene Marín liderazgo, estructura electoral, financiamiento y poder competitivo comparable a los que controla el Niño Verde en el Gobierno y los Poderes estatales y municipales?

¿Por qué sí decidió deshacerse, Claudia Sheinbaum, de la calamidad que le representaba el ahora exGobernador sinaloense, Rubén Rocha Moya, y no de la Gobernadora quintanarroense Mara Lezama, exhibida por excesos de corrupción a partir de su estrafalario vicio por los vuelos privados a costosos destinos recreativos estadounidenses y con cargo aparente -y que debiera mandarse investigar- a contratistas favorecidos por su régimen?

La lógica y las evidencias no tienen pantallas:

Primero, porque lo de Rocha le salió gratis.

Él cometió la pifia de regresar por iniciativa propia a la gubernatura por miedo a la persecución trumpista en su contra y con la intención de mantener el fuero constitucional, y a la Presidenta dicha decisión inconsulta le sirvió para deshacerse de ese ‘encargo’ de su mentor y predecesor y como ejemplo de fuerza propia en tanto sumó a los iguales de Rocha en los Gobiernos estatales y en todos los ámbitos representativos del partido presidencial que le dieron la espalda al ahora exGobernador y se fueron a la ‘cargada’ claudista -unos con miedo de correr la misma suerte del caído y otros aprovechando el oportunismo protagónico de la ocasión- en la línea aparente y simuladora de las mejores tradiciones priistas de ‘muera el rey, viva el rey’, o la reyna, en el caso.

Pero Rocha era una mera imposición autoritaria.

Lo había dicho él mismo a los cuatro vientos, al inicio de su gestión, hace cinco años: no ganó la encuesta interna del partido por la candidatura. Andrés Manuel decidió que fuera él y punto.

De modo que no era un líder ni un gobernante con jerarquía y popularidad.

Era un títere que se movía entre los intereses del padrinazgo tabasqueño y las alianzas con los poderosos grupos criminales de Sinaloa.

Ninguna fuerza propia.

Para la Presidenta, su siguiente renuncia al cargo y al fuero significó noción de autonomía y aproximación con Trump.

¿Y Mara?

¿Por qué la vulgaridad de la tolerancia presidencial a ella y a sus lerdas e iletradas justificaciones?

¿Por qué la apuesta por el descrédito, en este caso, donde los abusos aberrantes del encargo público y la complicidad claudista terminan por despedazar los restos tan desperdigados e ilustrativos de la demagogia estridente de la ‘austeridad republicana’, y de las prédicas de ‘por el bien de todos primero los pobres’, y de ‘no robar, no mentir, no traicionar’?

¿Por qué?

¿Porque la Gobernadora caribe sí tiene poder propio y capacidad y garantía y fuerza política y electoral y sobrada disponibilidad del erario para mantener la causa de la regeneración moral en la Entidad y no padece las debilidades de Rocha Moya ante el crimen organizado ni es tan vulnerable como él a la persecución de Trump?

Mara también fue una imposición de Andrés Manuel, como el sinaloense. Y ha probado ahora ser más abusiva del poder que aquel.

No tiene valor político propio. Pero gobierna en nombre del Niño Verde y eso es otra cosa.

Él sí opera toda una industria del poder político-electoral.

Tiene décadas haciéndolo, y ni siquiera sus más escandalosos vicios y sus más conocidas y punibles conductas criminales han mermado su poderío.

Y perder esa relación es lo que cuidan la Presidenta y las dirigentes cupulares de su partido, sometido en Quintana Roo a los negocios de poder del Niño Verde, quien les da tres vueltas y  media en materia de condicionamientos aliancistas. Y de ahí la evidencia de la complicidad, la tolerancia y la justificación presidencial en torno de las excéntricas ruindades de la Gobernadora.

El Niño Verde es el sostén de la causa verdemorenista y de corazón humanista de la regeneración moral en Quintana Roo.

Las encuestas para elegir al defensor de la transformación y la soberanía y esas yerbas que hacen de tapadera de la más impune violación de la inútil ley electoral para decidir candidaturas, son tan transparentes, como dijera en su tiempo el priista Fidel Velázquez y como dice ahora la morenista Citlalli Hernández, que no se ven.

(‘Porque una cosa es que no sean transparentes las encuestas de selección de candidatos y otra que no se hagan públicas, dice la Secretaria de Elecciones del partido presidencial’, exactamente como las urnas transparentes de los procesos internos priistas cuando presidía el tricolor y lo democratizaba el campechano Carlos Sansores Pérez.)

Y mientras más se cuecen las habas de la inmoralidad en el partido y el movimiento de la Regeneración Nacional y más se enseña el cobre de su perdición, más el Niño Verde va cobrando peso en la toma de decisiones del país.

Ahora bien, ¿estaría Claudia Sheinbaum en condiciones de imponer y establecer sin lugar a dudas un verdadero estilo personal de gobernar con presupuesto político y electoral propio, libre y por encima de Andrés Manuel, el Niño Verde y herencias que se le imponen y a costa de cargar quiebras, abandonos y desafecciones de oportunistas y considerables militantes y seguidores?

Pues sí, de que podría, podría.

En una segunda lectura del espectro tendría que hablarse de una noción científica: visionaria, estratégica y serena.

Habría qué ver. Si pasa algo o no pasa nada después de su Segundo Informe de Gobierno y sus acciones y definiciones.

Que en Quintana Roo gane o no el coordinador de la defensa de los intereses del Niño Verde la candidatura al Gobierno del Estado, definirá con claridad si la Presidenta y su partido se mantienen en el camino del derrumbe o si México, con ellos, tiene alguna oportunidad de superación.

SM

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