
Signos
A Jorge Emilio González Martínez, el Niño Verde, le importa un comino si los integrantes de su banda o su Partido Verde ganan posiciones de poder como verdes o como obradoristas de izquierda y defensores de la prédica moral del partido guinda de la Regeneración Moral de la Presidenta de la República.
La izquierda, la moral y la calidad del Estado Nacional con todos sus Poderes republicanos federales y locales incluidos, igual que el ambientalismo y lo que eso signifique, le valen asimismo un puro y reverendo comino, como le valen todos los derechos sociales y de los ciudadanos a los que dicen defender los partidos y los representantes populares en una democracia.
Eso es tan claro como que a los electores que sustentan sus negocios sucios cual aliado de este o aquel partido -de la izquierda o la derecha, PRI o PAN o PRD que lo mismo son y de cuyos dueños o cúpulas dirigentes ha sido socio por conveniencias e intereses personales o de negocios mutuos- también les importa un comino, y es tan evidente como que ese electorado, igual que los partidos y los liderazgos asociados a la mafia verde, son de su misma catadura.
E igual no hay más remedio que asumir que en una democracia enana como la mexicana, donde la calidad educativa -de las peores del mundo civilizado- y la política y sus discursos son de la misma talla, las normas y las reformas sobre derechos y procesos electorales lo mismo dan, y no valdrán nunca más que un soberano comino en beneficio del progreso y la justicia y la verdadera transformación necesaria del país mientras sigan siendo legisladas por grupos de depredadores tan elocuentes y tan impunes y tolerados por los votantes mayoritarios como los obradoristas verdes y expanistas y expriistas y experredistas que se apropian de la vida pública y la convierten en el gran negocio privado de sus vidas mientras la Presidenta defiende la hegemonía ética de su partido y canta el Himno Nacional ante las presuntas amenazas intervencionistas del imperialismo.
Porque mientras unos obradoristas mercenarios y sin pertenencia ideológica ninguna imponen candidatos y continúan su apropiación de Gobiernos, Poderes locales y representaciones parlamentarias, y otros verdes convertidos en lo mismo refuerzan su control sobre el partido de la Regeneración Nacional y como morenistas consumados y simbiotizados dominan más y más Municipios como los turísticos del Caribe mexicano -lo mismo tan ricos y tan rentables como tan caóticos y consumidos por la marginalidad, la degradación ambiental y la criminalidad-, el izquierdismo presidencial sigue arengando sobre la causa de la moral transformadora de su movimiento y su partido.
Es decir, ¿qué defiende la Presidenta como propio, como legítimo, como representativo de su poder político, de la fuerza de su liderazgo doctrinario y de su capacidad de control institucional y de autoridad contra los intereses y peligros que se ciernen sobre los espacios de poder de la nación?; ¿qué defiende y con qué vigor y competencia cuando una fuerza alternativa y delictiva y vividora de los bienes nacionales como la del Niño Verde y al frente del partido mismo de la Presidenta, del Morena, impone o sigue imponiendo sus condiciones absolutas y sin réplica ninguna sobre las decisiones de las autoridades republicanas, mediante personeros que en su nombre se hacen cargo de los gobiernos estatal y municipales, del Congreso, la Fiscalía, el sistema de Justicia y de todo cuanto supone negocios y enriquecimiento para quien ha tenido la gracia perversa de hacerse de todo eso y de seguirlo consolidando como propio, y que cualquiera puede saber que eso lo mismo se llama jerarquía real y superior que sobrada impunidad en favor del crimen organizado?
¿Qué gana el país, y qué gana la señora Presidenta Claudia Sheinbaum cuando en su nombre y el de su partido de la moral los peores truhanes de la política imponen sus fueros en cada vez más territorios sin que ella tenga el mínimo control efectivo sobre ninguno de ellos y ellos siguen ladrando las mismas consignas de ‘La transformación’ cuando bien puede saberse que se burlan de ella, que el obradorismo morenista no está siendo ya sino una marca-tapadera para lucrar bajo su nombre con los medios y los fines más repudiables, los mismos de aquel neoliberalismo voraz y privatizador del Estado mexicano contra el que nacieron y se fortalecieron ese partido y ese movimiento con que ahora se reproducen de la peor manera los viejos vicios de la corrupción eterna y que están en vías de sepultar para siempre la imagen y las expectativas cifradas en el proyecto de la Regeneración Nacional?
¿Por qué?
Porque cuando la institucionalidad democrática no prospera y no avanza en sus ofertas esenciales de progreso y paz social en un Estado de bajos umbrales educativos y de civilidad política y ciudadana -y de sólidas tradiciones personalistas y totalitarias del poder, en consecuencia-, se requiere la alternativa -para el cambio democrático necesario- de un autoritarismo constructivo y supletorio de las debilidades constitucionales frente a los poderes más perniciosos y más usufructuarios de la ingobernabilidad y la ilegalidad; un autoritarismo popular (o un liderazgo de altas capacidades fácticas para la imposición de decisiones políticas convenientes que no deben ser adulteradas a voluntad por los grupos de poder que medran con las legislaciones equívocas o manipulables o política y dolosamente usables para sus fines particulares, del tipo de las electorales y las judiciales, tan lesivas del sufragio y la justicia) como el del cardenismo que favoreció el tránsito entre el caudillismo castrense y la institucionalización civilista del Estado revolucionario, y como el del mismo obradorismo que se vislumbraba y que apuntaba hacia el porvenir: esa esperanza en el nuevo Estado social que se creía que podía ser una realidad y ya no fue -entre el neoliberalismo privatizador y corrupto y una nueva era, de alta concurrencia pluralista y electoral, y libre de la delincuencia política gestora de la violencia y el crimen organizado-; la que, por lo ya dicho y de sobra sabido, no será más lo prometido por Andrés Manuel.
Porque el partido que promovería ‘La transformación’, con el nombre de Movimiento de Regeneración Nacional, está acabando peor que aquel Revolucionario Institucional del que emergió su fundador. Porque Gobernadores del peor morenismo y empresarios partidistas delictivos de la mayor influencia en el negocio de las asociaciones de sus partidos más chicos con los más grandes para los mayoriteos parlamentarios y electorales, como Jorge Emilio González Martínez, el Niño Verde, dueño de la franquicia Verde, imponen como candidatos del partido presidencial a los mejores representantes de sus vilezas y sus intereses, mientras la Presidenta de la República exhibe los harapos cada vez más deshilachados de su verdadero poder transformador y de mando y liderazgo nacional arengando a esos candidatos del obradorismo suyo a “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
SM