
Signos
Las doctrinas, como fundamentos teóricos de creyentes en ideologías de salvación humana, están en extinción. Y más que nada en la política, donde las guerras por el poder público y las investiduras de ‘representación popular’ despliegan hoy día las mayores vilezas de la historia, y sobre todo en pueblos donde la escolaridad no da mucho para pensar, leer y mejorar el espíritu de superación de la cultura y de la democracia.
Porque el humanismo y las virtudes intelectuales y estéticas, lo mismo que la demagogia sobre la defensa del los derechos de todos y del bien general y esas abstracciones retóricas, se desacreditan en un raudo proceso de decadencia tan inevitable y tan visible y conocido en sus entornos de opinión pública como la transparencia y la inmediatez mismas de la comunicación digital de los tiempos, donde tampoco queda espacio para las reflexiones ideológicas de los buscadores del poder político que pudieran tenerlas, ni para los discernimientos críticos de las mayorías ciudadanas y electoras destinatarias de su propaganda, plagada de blasfemias y mentiras cada vez más iletradas y peor dichas; donde el sufragio es sólo la esperanza ensobretada de recibir más o menos beneficios según advierta el elector entre los candidatos que se los prometen, y donde lo que menos importa es la moral doctrinaria del ofertante, sino la marca del negocio partidista que vende y cuya popularidad vende más que la de sus opositores (porque cuenta con más recursos lícitos e ilícitos para repartir y comprar sufragios, como los del Banco del Bienestar, o los desviados del erario, o los de los grupos del crimen organizado).
Se le llama pragmatismo.
Y nada tiene qué ver, entonces, con ideologías y promesas de superación del porvenir del ‘pueblo’ y mucho menos de defensa de causa justa alguna ni de nadie más que de sí mismos, el trasiego o el cambio de unos y otros liderazgos y ‘militantes distinguidos’ de un negocio partidista a otro para seguir lucrando.
Si una marca deja de proveer, trátase de buscar una más exitosa.
Es el mercado de la política moderna, sobre todo en ámbitos de valores educativos y cívicos tan rupestres y regresivos como el mexicano, donde el realismo digital revela todo, y donde el sufragio y la moral y el electorado y la democracia se amontonan en el aparador (o las redes sociales) de las baratijas de la cultura de las postrimerías civilizatorias.
La política ha perdido para siempre sus componentes ideológicos, sus programas y proyectos de convencimiento electoral, sus competencias negociadoras y oratorias. Y en el vacío institucional y sistémico, los grupos delictivos y sus influencias y poderes de compra y condicionamiento imponen la nueva hegemonía política y el dominio mayoritario emergente del Estado.
¿Excepciones nacionales? No. Serían anomalías sin recorrido ni porvenir posible. Acabaría con ellas el crimen organizado.
SM