¿Y cómo vamos con la transformación (educativa) y la regeneración nacional?

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Signos

Enérgicos pronunciamientos presidenciales contra Hernán Cortés. Defensas presidenciales heroicas contra la Justicia estadounidense por su demanda de extradición de presuntos delincuentes políticos mexicanos del partido presidencial. Campañas acusatorias y protestas del grupo y el partido presidenciales contra la Gobernadora de Chihuahua -de la oposición- por su combate al narcotráfico auxiliada por el espionaje estadounidense. Rectificaciones presidenciales sobre la rectificación de la autoridad educativa federal que había acordado con las estatales rectificar el calendario escolar para ampliar un mes el periodo vacacional veraniego y hacerlo compatible con el calendario del Campeonato Mundial de Fútbol y para proteger a los escolares del intenso calor de la temporada.

Esas cosas…

Bien se sabe que la evolución y el progreso de los pueblos reside en gran medida en los valores del conocimiento y las capacidades deductivas, críticas y autogestivas de sus individuos. Y que no hay Estado transformador de su destino y gestor del bienestar de sus  comunidades, cuando son víctimas de la pobreza, la desigualdad y el atraso civilizatorio, si no revoluciona y reforma -como una prioridad estructural en la base de todas las demás demandas de la coexistencia humana: la salud, la alimentación y la seguridad, por principio; que ya los derechos políticos y las libertades religiosas y democráticas son conquistas propias de las guerras ideológicas y de los grupos de poder, con sus dogmas, sus intereses, sus demagogos y sus verdades absolutas-, si no mejora de manera significativa y trascendente ese Estado su institucionalidad educativa y su sistema docente y formador primario de conciencias letradas y recursos profesionales modernizadores de su realidad social. Recursos educativos de cuya calidad dependen los valores cívicos, ciudadanos, políticos y representativos de una sociedad; su potencial evolutivo y su calidad de vida y desarrollo.

México anda en niveles de indigencia educativa dentro de los parámetros internacionales que los miden.

Reporta la UNESCO, por ejemplo (la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), que un cuarenta por ciento de alumnos que terminan la primaria no tienen habilidades mínimas de lectura. Que más de la mitad no aprenden lo necesario, tampoco, según los estándares generales de la enseñanza. Y que de ochenta países evaluados en su educación básica México anda en el lugar cincuenta. Y según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, de sus treintaiocho países miembros México tiene el lugar número treintaicinco en calidad educativa.

Parece un fracaso rotundo en lo que a la educación, la civilidad y la calidad ciudadana, política y electoral se refiere. Y de ahí que se haya realizado una reforma judicial para democratizar el sistema de Justicia del país -corrompido en todas sus instituciones y niveles republicanos: Policías, Fiscalías y Tribunales- y sólo el diez por ciento del electorado haya acudido a las urnas a elegir a centenares de nuevos Jueces, Magistrados, Ministros y funcionarios tan absolutamente desconocidos en sus nombres, perfiles y cargos, como el sistema mismo a reformar ahí, donde justamente esa ignorancia, propia del precario sistema educativo, propicia que también la impunidad litigiosa alcance niveles cercanos al cien por ciento -cuando la remota denuncia se pierde, además, en la certeza de los viciados y oscuros laberintos jurisdiccionales-, y que la delincuencia política y el crimen organizado hagan del país uno de los más violentos e inseguros del mundo; un país de la ilegitimidad electorera donde la nueva y democratizada Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la lógica de toda la cultura y la vida pública, aprueba modificaciones constitucionales para que ningún alumno de primaria sea reprobado en sus calificaciones por su bajo rendimiento escolar, lo que para la nueva Corte es injusto, atenta contra la dignidad de los menores, y debe enmendarse por el bien de ellos, de los valores de la educación y del progreso de México. Porque ¿no acaso eso se hace en países como Finlandia y Dinamarca, que son potencias educativas y democráticas? ¿No es eso lo que debe hacer un Estado transformador, como el de esa Corte emanada de las iniciativas de reforma del Gobierno y las mayorías parlamentarias del partido llamado de la ‘cuarta transformación’?

SM

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